Con Sonia en primer plano, ocupando casi toda la superficie del espejo, H. se ve a sí mismo reflejado como un ser mínimo, como una figurita ridícula que mira a Sonia desde el fondo de un objeto que no tiene más de dos dimensiones.
H. trata de apartar la mirada, pero Sonia está concentrada en el corte y él se siente en la obligación de acompañarla, de no dejar de mirarla.
Cuando, después de que Sonia se haya ido, H. recoge los pelos del lavabo vuelve a sentirse pequeño, como un pelele.
Nazaré Lascano
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