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domingo
Mancharse las manos
En medio de un caso se vio obligado a meter las manos en un barreño lleno de restos de pescado para recuperar una pistola que un pescadero al que perseguían desde hacía tiempo había escondido entre restos putrefactos.
Cuando Darío encontró el arma buscó desesperado y sin éxito algo con lo que limpiarse, pero no encontró nada. Con las manos llenas de restos de tripas de pescado podrido caminó a través de la trastienda de la pescadería hasta que llegó a un cuartito donde había un váter y un lavabo.
Darío Varona sonrió, entró en el aseo y giró el grifo del lavamanos del que enseguida salió un chorro de agua limpia. Cuando estaba a punto de terminar de lavarse las manos la puerta del baño se cerró de un portazo y alguien, desde el otro lado cerró con llave y le dejó encerrado.
Nazaré Salgado
Obstinación
La revelación está en la tinta que ocupa los apenas cuatro dedos del capilar que se deja ver a través de la carcasa transparente (se trata de un Bic Cristal).
Ahí, lo sé, hay un poema que no me acaba de salir, una obra maestra que se resiste a ser escrita. Escribo como quien se empeña en abrir una puerta que apenas cede unos milímetros. No es fe, ya es pura obstinación.
Juan José Millás, Escritura y pánico, El País 17/07/26
lunes
Portazos
En la infancia el aroma de los primeros días de verano o el humo de las hogueras de los gitanos, en la adolescencia los movimientos de las faldas de las chicas o el confeti en el estadio, y en la edad adulta las corrientes de aire que cierran las puertas y quiebran los cristales de las ventanas.
Nazaré Lascano
jueves
Éxito
En muchas ocasiones Enrique se vio caminado por una calle desconocida con dos bolsas llenas de fruta en las manos. También le ocurrió en sus viajes, dos kilos de naranjas, tres kilos de manzanas y oros dos de ciruelas se bamboleaban colgadas de sus manos por plazas y avenidas desconocidas.
A veces se sentaba en un parque, comía y ofrecía a los viandantes que casi siempre decían que no. Otras se ponía a las puertas de un colegio, a la salida del metro o en una estación de ferrocarril. Sólo tuvo éxito cuando decidió repartir la fruta por las noches a las puertas de los bares.
Nazaré Lascano
viernes
La puerta abierta
Casi nadie sabe, porque a casi nadie se lo he contado que me han robado varias veces.
De chica robaron en nuestro apartamento una tarde de domingo que salimos al campo. Lo más raro no es que robaran sino que saliéramos al campo porque nunca lo hacíamos. Más curioso aún fue que volviéramos a salir al domingo siguiente.
No recuerdo nada de lo que se llevaron, excepto a nuestro gatito que ni siquiera lo robaron, pero que salió de casa cuando los ladrones dejaron la puerta abierta.
Nunca regresó, aunque cada domingo saliéramos al campo con la esperanza de encontrarlo a la vuelta, durmiendo sobre el sofá.
Nazaré Lascano
domingo
Señalar la puerta de salida
Ir poco a poco yéndose, sin dejar mucho rastro, como si se pudieran descender unas escaleras y se llegara cada vez más abajo y fuera posible fundirse en la hierba del campo o en la tierra del jardín. Cada vez ser menos, más transparente, con poco peso ya en el mundo, como si fuera una maniobra de distracción para regresar más adelante, quizá, con nuevos bríos o con esperanza.
Pero la sensación que manda es la de derrota, algo salió mal, algo se torció, toca la retirada, pero una retirada silenciosa, realmente no quedan fuerzas, cuanto me rodea se ha vuelto extraño y ya decir cualquier cosa es como tirar unas palabras sobre una mesa en la que los demás las ven con una distancia escéptica, como calderilla que ya nada aporta.
Incluso alguien, en esas circunstancias, podría levantar la cabeza, estirar un brazo y señalar la puerta de salida. Se acabó.
José Andrés Rojo, La tentación de desaparecer, El País 20/02/2026
martes
El plan B
Estoy segura de que no gritó, ni llamó, ni dio voces porque un inspector de policía no se queda encerrado en un baño. Puede quedarse en un ascensor averiado o tener un accidente con el coche, pero no poder abrir una puerta de un baño es algo que no se puede permitir alguien con autoridad y un arma.
Esperó, lo intentó de forma silenciosa, miró a su alrededor buscando algo que le sirviera para forzar la puerta, abrió el armario y, seguro, encontró unas pinzas con las que forzar la puerta. No hubo manera.
Finalmente miró hacia la ventana, se asomó al patio de luces y vio que era posible pasar a la ventana contigua, la de mi dormitorio. Si no conseguía abrir en menos de cinco minutos tendría que tomar el plan B.
Mientras tanto yo copiaba a toda velocidad los datos de los presuntos delincuentes.
Nazaré Lascano
Monstruos
En el dormitorio teníamos un enorme armario empotrado de puertas correderas que ocupaba toda la pared. Cuando se levantaba de la cama y se iba de casa Jorge lo dejaba siempre abierto, y a mí me entraba una angustia enorme e inexplicable dormir con las puertas del armario abiertas.
Se lo dije varias veces, se lo pedí por favor, al principio riendo y cuando vi que no me hacía caso se lo rogué, casi angustiada como una niña pequeña. Jorge se sonreía y me decía que no me preocupara, que la próxima vez lo dejaría cerrado para que ningún monstruo pudiera salir de allí.
Pero siguieron saliendo monstruos hasta el último día.
Nazaré Lascano
sábado
Llaves
Y yo me he pasado la tarde buscando las llaves de casa.
Terry Salgado
domingo
Mediana edad
La camarera vivía en una casa rodeada de barrotes. Cuando recibía visitas primero se extrañaban, después preguntaban y por último se estremecían.
El bloque donde vivía la camarera había sido un sanatorio para enfermos mentales, se había ido reformando, se había añadido un piso, se había cambiado la fachada, derruido las habitaciones y construido los baños. Pero los barrotes rodeando el edificio seguían allí.
Nadie se atrevía, ni tampoco querían quitarlos. Algunos, los vecinos más mayores, por la idea absurda de que siempre estuvieron allí, los de mediana edad porque se sentían seguros y los más jóvenes porque les daba una especie de originalidad, de recuerdo trágico, como el que tiene un tatuaje carcelero en el antebrazo o un antepasado muerto en la guerra.
La camarera, que no era mayor ni de mediana edad, algunas noches olvidaba las llaves de la verja en casa.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
Sin previo aviso
El tema tan manido pienso salvarlo a base de mezclar indiscriminadamente y sin cualquier aviso previo en el montaje los acaeceres de la protagonista, lo que pasa en la realidad, con las fantasías e impulsos morbosos que ella imagina.
Según avanza el filme va aumentando la frecuencia de esas interpolaciones y al final, en la última secuencia, el espectador no puede saber si lo que está pasando pertenece al mundo objetivo o al subjetivo de la protagonista, a la realidad o a sus pesadillas.
Luis Buñuel sobre su largometraje Belle de Jour (1966)
martes
Evaluar el detalle
miércoles
Cambiar la cerradura
[…] quisieras regalar todas las noches que
conducen a ninguna parte, a rostros que jamás conociste;
sombras pasando por la puerta de tu casa. Quisieras
cambiar
la vieja cerradura,
si es que aún
estás a tiempo.
Antonio Luis Ginés, Costumbre
sábado
Nitidez
La mujer abrió la puerta y entró en el departamento con los pies mojados. Sin pensarlo se quitó los zapatos y los llevó en su mano izquierda mientras revisaba la casa.
Sin apoyar los pies por completo en el suelo, lo primero que hizo fue correr las cortinas por si había alguien escondido. Después fue hasta el dormitorio y miró debajo de la cama.
La cocina tenía una mesa metálica bajo una campana extractora y dos taburetes, la nevera estaba repleta de botellas. Sacó una de espumoso y la abrió. Nunca había abierto una botella de champán ella sola y, al descorcharla, sintió por primera vez, con nitidez, que estaba engañando a su marido.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
lunes
Curiosidad fútil
Mi curiosidad, que antaño me había parecido el resorte mismo de mi pensar, y uno de los fundamentos de mi método, solo se ejercía ahora en las cosas más fútiles; abría las cartas destinadas a mis amigos, que acababan ofendiéndose; aquella ojeada a sus amores y a sus querellas conyugales me divirtió cierto tiempo.
Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano
sábado
Puertas abiertas
Me gustaba aquella mujer porque olía bien. No sé definir qué es oler bien, pero su olor me llenaba, me embriagaba al alma, azotaba mi interior hasta hacerme alcanzar algo así como un orgasmo olfativo.
Podía decir, en una aproximación mediocre, que olía a un pedacito de dulce de leche recién sacado de la nevera, a almendras verdes masticadas, a carbón mojado, a cuando se abre una puerta de un patio a las cuatro de la mañana, a la leña de una chimenea en el punto exacto en el que va a empezar a arder y se queda en nada.
Terry Salgado, El informe amarillo
viernes
Manojos
Mamá siempre perdía las llaves de casa. Creo que eso define bien a una persona. Es en lo que más me parezco a ella, cada vez más.
Entre las dos hemos perdido más de una docena de manojos de llaves. No cuento las monedas, carteras, billetes y celulares.
El viejo siempre nos abroncaba, nosotras a penas nos disgustábamos, aunque fuera un lío tener que hacer copias o dar de baja las tarjetas de crédito.
"Un día nos van a entrar en casa, tenemos que cambiar la cerradura" Por supuesto pasaban los días y no la cambiábamos, aunque mamá y yo fantaseábamos, por separado con que alguien entrara.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
lunes
Tomar partido
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultual por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Gabriel Celaya, La poesía es un arma cargada de futuro, ("Cantos iberos", 1955)
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