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jueves

Olvidar

Mi psicóloga me ha pedido que le haga una relación cronológica de momentos importantes en mi vida. Me ha parecido fascinante para mi ego y he hecho un narración limpia y extensa que a las dos nos ha dejado satisfechas.

Pero al llegar a casa, antes en realidad, caminado hacia el metro y subiendo por las escaleras mecánicas, me he acordado de repente de que, lamentablemente, había olvidado hablar de un par de trabajos importantes, de un viaje del que siempre presumí y de dos amantes. 

Llena de rabia he tratado de dar la vuelta y regresar a la consulta, después me he visto a mí misma como una obsesiva y he pensado en que era mejor llamar a mi terapeuta cuando llegara a casa.

Una vez en mi apartamento me he dado cuenta de que aquel ejercicio de terapia había salido mucho mejor de lo que pensaba.

Nazaré Lascano

lunes

Sin vergüenza

Me he cruzado en el Metro con una ciega.

Era hermosa como el recuerdo de Amparo. Tenía los labios gruesos y la frente despejada, se movía con un ritmo propio, como se mueven los ciegos, pero con cierta seguridad y mucha elegancia. 

Aproveché que era ciega para mirarla sin disimulo, a mi alrededor un hombre joven, con ojos oscuros y barba mal afeitada también la miraba. 

La ciega escuchaba algo a través de un auricular y estaba atenta al mundo con el otro oído, a veces bajaba la mirada como hay que hacer cuando se viaja sentada en Metro, para no molestar a los demás o para que nadie fantasee contigo.

No llevaba gafas de ciega, pero sus ojos, de una azul casi transparente ocultaban lo que sentía y lo que pensaba de que alguien como yo, menos hermosa, menos hábil, menos interesante, la mirara sin vergüenza.

Nazaré Lascano

miércoles

El juego del escondite

Al contrario que las personas, los personajes pueden ocultarse en cualquier parte. 

Yo mismo he tenido que salir a buscarlos y he visto cómo se ocultaban detrás de las estatuas de los parques, debajo de los platitos de las tazas de café de los bares, detrás de los espejos de los probadores de las tiendas de moda o acurrucados "entre coche y andén" en las estaciones más profundas del Metro.

Las personas se esconden peor, pero se tarda más en encontrarlas.

Terry Salgado

viernes

De ángeles y diablos

La chica sabía bastante de ángeles y de diablos porque había dedicado muchas horas a su estudio después de que un día, en el metro, alguien le hubiera dicho que era un ángel. 

Se trataba de una mujer que al dirigirse a la puerta del vagón, dispuesta a abandonarlo, y aprovechándose de las estrecheces de la hora punta, había acercado sus labios a uno de los oídos de Julia, casi como si fuera a besarla, para susurrarle:

— Chica, eres un ángel.

Juan José Millás, La mujer loca

jueves

Perder el tiempo

 


—Y eso es precisamente lo que más me gusta del asunto —dijo el gordo.
 —¿El qué?
 —¿Pues qué va a ser? Perder el tiempo en los trenes y autobuses. ¿De qué otra manera se me hubiera ocurrido semejante idea?


viernes

Ser parte del plan

Durante mi primera semana en Nueva York escribía por las mañanas y daba vueltas en metro por las tardes. No tenía un destino en mente, pero sé que, mientras el tren atravesaba rugiendo las entrañas de la ciudad, el corazón me palpitaba más deprisa, y mi libertad recién descubierta parecía casi imposible. Un billete costaba cincuenta centavos y, mientras no me dirigiera a la salida ni subiera las escaleras, podía ir cambiando de línea sin comprar otro. 

Me desplazaba tranquilamente entre el centro y las afueras en la IRT (...) Sentada o de pie en uno de los vagones, dando bandazos y sacudidas con los frenazos y los arranques, rendía homenajes a los grafitis omnipresentes, no por su belleza sino por su espíritu insurrecto (...) Disfrutaba con los trenes estrepitosos y con la voz del hombre cuyos anuncios se convertían en un ininteligible pero sonoro chirrido que se oía por el altavoz.(...) 


Yo quería ser parte del plan, quería ser todos.


Siri Hustvedt, Recuerdos del futuro

El ruido y la furia


Chica encontrada en el Metro de Madrid con
'El ruido y la furia' en la mochila

La primera parte de El ruido y la furia es como una prueba de fuego. Si consigues leer eso y no arrojar la novela por la ventana con gesto de cólera infinita, pasas la prueba. 


Esta vez me he saltado la prueba de fuego, porque a mi edad ya no estoy para pruebas, y me he ido a la segunda parte, que me gusta más. Puedes hacer eso con las joyas de la literatura universal. Ellos, los escritores, no lo notan, porque están muertos.


Manuel Vilas


domingo

Canillejas

Cogí el metro en Canillejas, me senté y fui pasando las estaciones con expresión devota. Torre Arias, Suanzes, Ciudad Lineal, Pueblo Nuevo, Quintana, El Carmen, Ventas... Si entre túnel y túnel vas repitiendo el nombre de las estaciones con los ojos cerrados, la retahíla acaba transformándose en una oración. 


Por lo menos, eso es lo que le decía el tipo que iba a mi lado a un discípulo pálido. Los miré de reojo y vi que bajaban los párpados y comenzaban a susurrar: Diego de León, Núñez de Balboa, Rubén Darío, Alonso Martínez, Chueca... Cuando llegaban a Ópera, empezaban otra vez por Canillejas, y la cosa sonaba como un salmo que te iba apartando de las miserias de este mundo. De súbito, abrieron los ojos y se quedaron mirando al vacío.


— ¿Qué has visto?— preguntó el maestro.
— No sé, un rostro. San Juan Bosco, quizá.


Juan José Millás, Oraciones metro a metro, El País


viernes

Usted no vive aquí


Cuando empezaron a confundirme con Carlos mi vida cambió. 

En el metro, una exnovia de Carlos empezó a gritarme que volviera con ella, un matón me dio una semana para pagar mis deudas y una anciana sacó un revólver mientras decía “Lo pagarás caro, Carlos”.

Llegué a casa desesperado, llamé y abrió una mujer que debía ser mi esposa.         
— Usted no vive aquí, si sigue molestando llamaré a la policía.

Ahora duermo en la calle, todavía oigo que murmuran “Pobre Carlos”. No sé cómo decirles que soy otro, alguien que perdió un metro que no ha vuelto a pasar.

A. Palacios, Dulces juegos de identidad



lunes

Dónde irán

Viajas en metro y en tren (...) a mí eso me encanta. 

Ves a gente rara, gente que va al médico, que sale, que va a comprar o a ver a sus abuelos, y tú vas enfrente, sentado, adivinado sus vidas o dónde irán. 

Vireta