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jueves
Olvidar
lunes
Sin vergüenza
Era hermosa como el recuerdo de Amparo. Tenía los labios gruesos y la frente despejada, se movía con un ritmo propio, como se mueven los ciegos, pero con cierta seguridad y mucha elegancia.
Aproveché que era ciega para mirarla sin disimulo, a mi alrededor un hombre joven, con ojos oscuros y barba mal afeitada también la miraba.
La ciega escuchaba algo a través de un auricular y estaba atenta al mundo con el otro oído, a veces bajaba la mirada como hay que hacer cuando se viaja sentada en Metro, para no molestar a los demás o para que nadie fantasee contigo.
No llevaba gafas de ciega, pero sus ojos, de una azul casi transparente ocultaban lo que sentía y lo que pensaba de que alguien como yo, menos hermosa, menos hábil, menos interesante, la mirara sin vergüenza.
Nazaré Lascano
miércoles
El juego del escondite
Yo mismo he tenido que salir a buscarlos y he visto cómo se ocultaban detrás de las estatuas de los parques, debajo de los platitos de las tazas de café de los bares, detrás de los espejos de los probadores de las tiendas de moda o acurrucados "entre coche y andén" en las estaciones más profundas del Metro.
Las personas se esconden peor, pero se tarda más en encontrarlas.
Terry Salgado
viernes
De ángeles y diablos
La chica sabía bastante de ángeles y de diablos porque había dedicado muchas horas a su estudio después de que un día, en el metro, alguien le hubiera dicho que era un ángel.
Se trataba de una mujer que al dirigirse a la puerta del vagón, dispuesta a abandonarlo, y aprovechándose de las estrecheces de la hora punta, había acercado sus labios a uno de los oídos de Julia, casi como si fuera a besarla, para susurrarle:
— Chica, eres un ángel.
Juan José Millás, La mujer loca
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jueves
Perder el tiempo
—Y eso es precisamente lo que más me gusta del asunto —dijo el gordo.
—¿El qué?
—¿Pues qué va a ser? Perder el tiempo en los trenes y autobuses. ¿De qué otra manera se me hubiera ocurrido semejante idea?
viernes
Ser parte del plan
Durante mi primera semana en Nueva York escribía por las mañanas y daba vueltas en metro por las tardes. No tenía un destino en mente, pero sé que, mientras el tren atravesaba rugiendo las entrañas de la ciudad, el corazón me palpitaba más deprisa, y mi libertad recién descubierta parecía casi imposible. Un billete costaba cincuenta centavos y, mientras no me dirigiera a la salida ni subiera las escaleras, podía ir cambiando de línea sin comprar otro.
Me desplazaba tranquilamente entre el centro y las afueras en la IRT (...) Sentada o de pie en uno de los vagones, dando bandazos y sacudidas con los frenazos y los arranques, rendía homenajes a los grafitis omnipresentes, no por su belleza sino por su espíritu insurrecto (...) Disfrutaba con los trenes estrepitosos y con la voz del hombre cuyos anuncios se convertían en un ininteligible pero sonoro chirrido que se oía por el altavoz.(...)
Yo quería ser parte del plan, quería ser todos.
Siri Hustvedt, Recuerdos del futuro
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El ruido y la furia
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| Chica encontrada en el Metro de Madrid con 'El ruido y la furia' en la mochila |
La primera parte de El ruido y la furia es como una prueba de fuego. Si consigues leer eso y no arrojar la novela por la ventana con gesto de cólera infinita, pasas la prueba.
Esta vez me he saltado la prueba de fuego, porque a mi edad ya no estoy para pruebas, y me he ido a la segunda parte, que me gusta más. Puedes hacer eso con las joyas de la literatura universal. Ellos, los escritores, no lo notan, porque están muertos.
Manuel Vilas
domingo
Canillejas
Cogí el metro en Canillejas, me senté y fui pasando las estaciones con expresión devota. Torre Arias, Suanzes, Ciudad Lineal, Pueblo Nuevo, Quintana, El Carmen, Ventas... Si entre túnel y túnel vas repitiendo el nombre de las estaciones con los ojos cerrados, la retahíla acaba transformándose en una oración.
Por lo menos, eso es lo que le decía el tipo que iba a mi lado a un discípulo pálido. Los miré de reojo y vi que bajaban los párpados y comenzaban a susurrar: Diego de León, Núñez de Balboa, Rubén Darío, Alonso Martínez, Chueca... Cuando llegaban a Ópera, empezaban otra vez por Canillejas, y la cosa sonaba como un salmo que te iba apartando de las miserias de este mundo. De súbito, abrieron los ojos y se quedaron mirando al vacío.
— ¿Qué has visto?— preguntó el maestro.
— No sé, un rostro. San Juan Bosco, quizá.
Juan José Millás, Oraciones metro a metro, El País
viernes
Usted no vive aquí
Cuando empezaron a confundirme con Carlos mi vida cambió.
En el metro, una exnovia de Carlos empezó a gritarme que volviera con ella, un matón me dio una semana para pagar mis deudas y una anciana sacó un revólver mientras decía “Lo pagarás caro, Carlos”.
Llegué a casa desesperado, llamé y abrió una mujer que debía ser mi esposa.
— Usted no vive aquí, si sigue molestando llamaré a la policía.
Ahora duermo en la calle, todavía oigo que murmuran “Pobre Carlos”. No sé cómo decirles que soy otro, alguien que perdió un metro que no ha vuelto a pasar.
Cuando empezaron a confundirme con Carlos mi vida cambió.
En el metro, una exnovia de Carlos empezó a gritarme que volviera con ella, un matón me dio una semana para pagar mis deudas y una anciana sacó un revólver mientras decía “Lo pagarás caro, Carlos”.
Llegué a casa desesperado, llamé y abrió una mujer que debía ser mi esposa.
— Usted no vive aquí, si sigue molestando llamaré a la policía.
Ahora duermo en la calle, todavía oigo que murmuran “Pobre Carlos”. No sé cómo decirles que soy otro, alguien que perdió un metro que no ha vuelto a pasar.
A. Palacios, Dulces juegos de identidad
lunes
Dónde irán
Ves a gente rara, gente que va al médico, que sale, que va a comprar o a ver a sus abuelos, y tú vas enfrente, sentado, adivinado sus vidas o dónde irán.
Vireta
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