En el dormitorio teníamos un enorme armario empotrado de puertas correderas que ocupaba toda la pared. Cuando se levantaba de la cama y se iba de casa Jorge lo dejaba siempre abierto, y a mí me entraba una angustia enorme e inexplicable dormir con las puertas del armario abiertas.
Se lo dije varias veces, se lo pedí por favor, al principio riendo y cuando vi que no me hacía caso se lo rogué, casi angustiada como una niña pequeña. Jorge se sonreía y me decía que no me preocupara, que la próxima vez lo dejaría cerrado para que ningún monstruo pudiera salir de allí.
Pero siguieron saliendo monstruos hasta el último día.
Nazaré Lascano
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