Siempre que cortaba pan con un cuchillo de sierra Jorge me miraba con curiosidad, de una manera que no se suele mirar a quien corta pan, arrobado como un santo católico, casi con placer.
Cuando le preguntaba por qué me miraba así sonreía, o se ponía colorado y trataba de explicarse con frases de todo tipo:
"Nunca vi cortar el pan tan bien como lo haces tú".
"En mi casa teníamos prohibido cortarlo con cuchillo".
"Me encanta cómo brillan tus ojos cuando me miras después de cortar el pan".
"Cuando estas cortando pan siempre estoy temeroso, esperando que te cortes en la mano y tu sangre nos salpique al pan y a mí".
"Cada vez que usas el cuchillo siento cada movimiento de la sierra en el interior del vientre".
"Me quedaría a vivir contigo para siempre por la manera en cómo pones la mano izquierda sobre la barra, ajustas el cuchillo con la derecha, introduces el pico y vas serrando, poco a poco, con firmeza, sin salirte de tu línea imaginaria".
La vida junto a Jorge fue como esa línea.
Nazaré Lascano
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