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lunes
sábado
Las cartas de Darío Varona
Cuando supe que Darío Varona había sido el policía que fracasó en la misión del sótano llegué a pensar que toda mi implicación en el asunto de la viuda lo había preparado él mismo con alguna finalidad que aún no era capaz de saber, pero que acabaría cayendo por el propio peso de los acontecimientos.
Sin embargo, el tiempo pasaba, el caso de la viuda se enredaba y no había ningún momento que Varona considerada propicio para hacerme entender o pagar su fracaso. No tuve, por tanto, más remedio que ser yo misma la que descubriera las cartas.
Nazaré Lascano
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miércoles
Capacidad estratégica
Los superiores de Darío nunca supieron, y si lo supieron no lo quisieron creer, que el inspector Varona implicaba a testigos de todo tipo en las investigaciones de los casos de los que era responsable.
Podía ser por pereza, por inconsciencia o por tener una capacidad estratégica fuera de lo común, el caso es que Darío Varona echaba mano de forma ilegal, pero natural de diferentes personajes vinculados a la investigación para que le ayudaran a buscar soluciones.
Así ocurrió conmigo en el caso de la viuda asesinada, pero no fui la única.
Nazaré Lascano
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sábado
Propósitos
¿Era posible que el bosque de pelos duros como alambres sobre el labio superior de Saúl fuera una prueba creíble con la que acusarle de ser el hombre que entró en casa de la viuda Terroni?
¿Bastaría con esto para pensar que era un asesino?
No lo sé, pero ese era mi propósito y esa era mi misión, que debía cumplir con un sentido del deber que hacía años que no sentía en el estómago.
Corría muchos peligros con aquel encargo policial, el menor era que me descubriera, porque siempre podía pasar por una loca y mi imagen en la oficina no debía estar muy lejana.
El mayor peligro era que Saúl confundiera mis propósitos y pensara que en realidad me interesaba ese cepillo recortado con forma de corchete, que creyera, en definitiva, que en vez de querer meterle en la cárcel quería meterlo en mi cama.
Nazaré Lascano
Saúl Álvarez
Saúl Álvarez, un compañero de trabajo, un hombre grande, más joven de lo que representa, con bigote bien recortado, de esos que dejan el aroma de su aftershave marcando su territorio, tenía su foto en las primeras páginas del álbum de la policía.
¿Qué hacía Saúl allí? ¿Tendría algo que ver con la viuda? ¿Tendría algo que ver conmigo?
Saúl Álvarez había intentado acercarse a mí varias veces. Acabé enterándome de que se dejó ese bigote pasado de moda para parecer mayor, más varonil. Me daba pena saber que ese hombre llevara ese horrible bigote por mí. Y que en la foto de los sospechosos ya lo luciera hacía pensar que hacía un año máximo que lo habían fichado.
¿Qué habría hecho para estar allí?
Pensé que Saúl tenía algo que ver en aquel caso, y posiblemente yo también aunque aún no sabía cómo ni porqué.
Nazaré Lascano
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viernes
Resoluciones
— Cuando empecé a creerme mi papel, empecé también a encontrar pistas constantemente.
Carolina Suances cruza las piernas encima del sofá y mira a Darío por encima de las gafas.
— ¿Tu papel de policía?
— De inspector, cuando me creí que yo era lo que en realidad nunca fui.
— ¿Cómo puedes decir que nunca lo fuiste. Resolviste un montón de casos.
A Darío le vienen flashes de algunos de sus casos, imágenes sin orden, azarosas, que no significan nada.
— No es cierto, investigué muchos casos y mandé a la cárcel o puse delante del juez a muchos, pero en realidad no resolví ningún caso.
— Ni el de la viuda Terroni.
— Ese caso me pasó por encima y solo entonces se resolvió.
— Lo resolviste tú.
— No, se resolvió solo.
Nazaré Lascano
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Lo tengo
Varona se presentó en mi apartamento con una bolsa grande de tela. Por un momento pensé que podía ser un regalo para mí. Le invité a sentarse en el sofá y cuando fui a la cocina fantaseé con el contenido de la bolsa y si debía sacar el vino sin decir nada o preguntarle antes.
Decidí hacer sonar el cristal de las copas, chocándolas entre sí, para que fuera él quien tuviera que hablar. No dijo nada. Saqué el corcho sin hacer ruido y me presenté con las dos copas entrecruzadas en la mano derecha y la botella en la izquierda. El inspector había sacado ya el contenido de la bolsa. Un álbum enorme, de pastas verduzcas y gastadas descansaba sobre la mesita.
— ¿Qué es eso?— Los sospechosos.
Coloqué las dos copas junto al álbum y serví el vino con cuidado, tratando de mantener el equilibrio, el mío y el del cuello de la botella sobre la primera copa. Lo conseguí sin derramar una sola gota.
— ¿Qué sospechosos? ¿Los de la viuda Terroni?
Varona asintió y tomó su copa antes de que yo llenara la mía, le miré un instante para ver cómo bebía y derramé un par de gotas sobre el álbum.
— No pasa nada, dentro hay muchas más manchas.
Lo abrió, me senté a su lado y pasó la primera página. Un escudo enorme de la policía ocupaba el centro de la hoja. En la segunda ya aparecía el primer sospechoso, su apellido empezaba por A y me pareció que lo conocía. Me fijé un rato en sus ojos claros, en su nariz chata y en su pelo escaso. Después vi su nombre, la fecha de nacimiento y una serie de números sin sentido bajo su foto. Lo leí todo.
— Así no funciona esto señorita Lascano.— ¿Y cómo funciona?— Como los cromos de los niños ¿nunca coleccionó cromos?— Me gustaban mucho los cromos.— Pues es igual, se dice, sí, sí, sí, lo tengo, lo tengo... hasta que salta el que necesitamos y entonces decimos ¡para! ¡ese no lo tengo!, ¡lo quiero!
Nazaré Lascano
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martes
Cambio de nombres
Escribí así su nombre inventado en mis papeles cuando trataba de hilar con él una historia que, sin quererlo, se me había presentado con componentes irresistibles de novela negra con un poli despistado en su interior y una chica a la que le quedaba mucho recorrido para ser una femme fatal.
La historia fue construyéndose sin problema con el inspector Moreno, que en mi ordenador era mucho más interesante y con más aristas que en la realidad, pero todo cambió el día en el que Darío me corrigió y pronunció su apellido con cierta amargura. Esa noche, a la hora de ponerme a escribir, cambié Moreno por Varona en todas las páginas.
Desde ese momento la historia empezó a perder interés.
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domingo
La montañita
La inspección de la cocina fue aún más entretenida.
Los billetes guardados en bolsas de plástico en la nevera no fue lo más llamativo que encontramos. En uno de los armarios había un bote de cristal de unos cincuenta centímetros lleno hasta arriba, demasiado lleno.
En otro armario gemelo había un bote de azúcar exactamente igual.
Descubrí el primero, abrí la tapa, metí los dedos índice y corazón y me llevé unos granos a la boca.
— Sólo es sal.
Darío que estaba mirando el armario de la izquierda miró con un interés que yo pensé que sólo era pose de inspector.
— ¿Sólo? Aquí hay uno con azúcar.— Azúcar y sal.— Es raro que no ponga lo que es en los botes.— Bueno, están separados, simplemente sabía que el azúcar estaba a la izquierda y la sal a la derecha.
Cuando lo dije me di cuenta de lo que me cuesta ponerle género masculino al azúcar.
Darío Varona abrió la tapa de cristal del bote de azúcar y lo vació en la mesa de la cocina. Al hacerlo algo chocó contra la madera. Era un reloj de pulsera, con sus dos agujas moviéndose de forma imperceptible. Estaba lleno de granitos, Darío lo sacudió con delicadeza y miró la esfera que retrasaba una hora exactamente.
Cuando terminó me pidió el tarro con la sal, lo vació encima de la montañita de azúcar sobre la que cayó un segundo reloj, igual que el primero con la diferencia de que este marcaba una hora más de la oficial y dos más que su compañero del azúcar.
Nazaré Lascano
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