Auto halago
Jamás vi a Jorge llevando a la ciega del brazo. Al contrario, era ella la que le dirigía, la que le indicaba, la que manejaba la escena cuando estaban juntos.
Un día que yo estaba celosa o de mal humor traté de picarle.
— ¿Le ayudas a cruzar los pasos de peatones?
Jorge negó con la cabeza.
— Ya sabes cómo es, se sentiría ofendida si lo hago.
— ¿Ni cuándo necesita tu ayuda?
— Nunca la necesita.
— Siempre busca mujeres más listas que tú.
— ¿Eso es un halago o un reproche?
— Un auto halago o un auto reproche.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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