En el barrio había casas que crujían, cada una lo hacía a su manera, en su propio idioma y con su acento particular.
De las que yo conocía la que más me gustaba como lo hacía era la de los viejos de Lucía Monsalvo.
Al contrario que la mayoría de las casas, a las que sólo se las oía hablar por la noche, esta tenía un crujido que se podía sentir a cualquier hora del día. Se trataba de un murmullo con cierto ritmo de vals que recordaba al chasquido de una piedra de pedernal contra la madera seca.
Ellos, los habitantes de la casa, no podían oírlo, pero si les hacías callar y les señalabas con paciencia el tono y los cambios de ritmo, podían desconectar el piloto automático y sentir ese compás con un patrón de 3/4, con un crujido fuerte en el primer tiempo y dos suaves en los siguientes.
Nazaré Lascano
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