viernes

La revolución

En mi época juvenil de salvar el mundo mi viejo quiso darme una bofetada de realidad mostrándome a un indigente que se pasaba las horas sentado en un banco en la placita junto a nuestra calle.

— Ve y sálvale a él, Naza. Deja a los obreros de las fábricas y a las criadas que limpian la mierda en las casas de la burguesía, deja a los africanos, a los haitianos y a los que cruzan la frontera con Estados Unidos, todos ellos se pueden proteger a sí mismos. Salva al del banquito, Naza.

Lo hice, rabiosa como sólo puede estar una adolescente con conciencia social bajé las escaleras de dos en dos y me acerqué al hombre que siempre estaba sentado en el banco de la placita. Recuerdo que según me acercaba me parecía inmenso, como un planeta que se acerca a la Tierra, que su ropa me daba repulsión, que sus rasgos se iban dibujando y a la vez borraban los que yo había imaginado para él desde la distancia. Me situé casi enfrente de su cuerpo voluminoso y le hablé con decisión pero en voz muy baja.

— Señor — le dije sin saber si era la manera más adecuada de dirigirme a alguien que se pasa el día sentado en un banco—  señor ¿necesita que haga algo por usted?

El hombre del banco parecía dormido y por su aspecto y su olor podría parecer que estaba muerto, sin embargo podía oír su respiración. Finalmente abrió los ojos y pudo verme.

— ¡Señor! — volví a dirigirme a él esta vez subiendo el tono de mi voz— le preguntaba si necesita algo.

El hombre me miró un instante y después volvió a cerrar los ojos murmurando unas palabras que no entendí bien pero que supe lo que quisieron decir. 

Cuando volví a casa mi viejo estaba en la cocina bebiendo un vaso de vino. Ni siquiera se dio cuenta de que su hija venía de perder la revolución.

Nazaré Lascano



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