Nunca supe quien era el compañero o compañera que dejaba un chicle pegado debajo del pupitre de clase de física.
No sé si él o ella sabían quién era yo, si esa persona misteriosa conocía que era yo, la chica de cuarto la que despegaba cada martes y jueves el chicle pegado debajo de la mesa y a cambio dejaba el mío en la esquina contraria.
Nunca quise saber de quien se trataba, supongo que no habría sido difícil saberlo, dos mañanas a la semana acudíamos al laboratorio de ciencias, los martes teníamos que esperar a que saliera el Grupo A para entrar nosotros, y el jueves eran ellos los que esperaban en el pasillo a que saliera mi clase. Un día el chicle estaba más duro, el otro aún tenía restos de saliva y mucho más sabor.
Nazaré Lascano
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