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miércoles

Durmiendo juntos

Una noche en la que Amparo no estaba en casa le pedí a Jorge que durmiera conmigo. Por alguna razón por entonces me gustaba la idea de compartir la cama, hablar antes de dormir, leer, abrazarnos.

Jorge puso cara de extrañeza, pero aceptó sin problemas. Nos acostamos relativamente pronto, yo fui al baño, me puse un camisón y me lavé los dientes. Cuando volví al dormitorio él hablaba por teléfono. Aún estuvo cinco minutos hablando cuando yo ya estaba acostada a su lado.

— ¿Con quién hablabas?
— ¿Qué?

La respuesta fue realmente mala.

— Qué con quién hablabas por teléfono.
— ¡Ah! ¿Ahora? Con Amparo.
— ¿Y qué quería?
— Me pedía que fuera a su casa.
— ¿Y eso? ¿Le pasa algo?
— Decía que tenía la sensación de que había entrado alguien.
— ¿A su casa? ¿Cree que ha entrado un ladrón?
— Bueno no sé si un ladrón.
— ¿Y qué vas a hacer?
— ¿Yo? Nada, no puedo hacer nada, ya le he dicho que esta noche la paso contigo.
— Pero... Puede que esté pasándole algo.
— ¿Tú crees?
— Amparo es muy intuitiva, si dice que cree que ha entrado alguien en su casa seguro que es verdad.
— No sé, no sé.
— Pero, ¿cómo que no sabes? Tienes que ir a ver qué pasa.
— ¿Tú crees? Amparo es muy fantasiosa.
— Nadie se inventa algo así.
— Vale, vale. — Jorge se levantó de la cama, aún llevaba los pantalones puestos—  me acercare por si pasa algo.
— Genial, así me quedo más tranquila.
— Llamaré un taxi, tengo el coche averiado.
— ¿Cuánto crees que tardarás en volver?
— ¿De casa de Amparo? No me esperes despierta.

Nazaré Lascano

sábado

Pánico

Un domingo por la mañana desperté demasiado tarde. En el salón, tirado en el sofá, aún repleto de alcohol estaba Jorge. 

Si Jorge estaba así de mal me entró pánico imaginándome dónde y cómo estaría Amparo.

Traté de preguntarle, pero no había manera de despertarle. Angustiada decidí vestirme y salir a buscarla, pero cuando fui al baño me la encontré allí mismo, tirada en la bañera, vomitada, desnuda y preciosa, con los ojos perdidos en su mundo. 

Tampoco pude despertarla, me bastó ver que respiraba y que dormía. Salí a la calle pensando en no volver, pero a mediodía ya estada allí.

Nazaré Lascano

martes

Lo de la saliva

Amparo no era capaz de conocer a nadie palpando con las yemas de los dedos la forma de su cara, pero nos conocía a todos por el olor del pelo o de la boca, por como arrastramos o alzamos los pies, por como movemos la cabeza o las manos, por como respiramos o tragamos saliva. 

A mí, en concreto, me conocía por lo de la saliva.

Nazaré Lascano

jueves

Mentiras de ciega

La pobre ciega pensaba que el tacto es el único sentido que no engaña. 

Tuve que demostrarle que bocas, lenguas, dedos y manos pueden mentir tanto como los gestos, las caras, los gemidos y las palabras.

Nazaré Lascano

miércoles

Eso que vemos

Amparo echaba pocas cosas de menos porque, aunque no nació ciega, apenas recordaba el sentido de la vista, tenía por tanto una imagen propia y que no sabía si se correspondía o no con la realidad del rostro de su madre, de la luz de la mañana o de los colores.

Amparo temía que ese rostro femenino que ella tenía en su memoria visual no fuera realmente el de su madre, o que eso que ella pensaba que era la luz fuera otro elemento que ni siquiera sabía definir. Amparo también sabía que a todos nos pasa lo mismo, incluidos los videntes, pero no somos conscientes del engaño porque creemos que eso que vemos es la realidad.

Nazaré Lascano

Infinita

Amparo atraía (como un imán, como el vacío, como una hembra en celo) a todo el que cruzaba su vida con la vida de ella. 

Nadie podía darte una explicación a la primera, "¿Amparo? ¿La ciega?", pero después la mayoría olvidaba la duda y  pronunciaba la palabra misterio. 

Pero... ¿Qué misterio puede haber en una ciega? La respuesta era como el universo y como el propio misterio: la oscuridad inabarcable.

Nazaré Lascano

Los que ven

Una noche, después de emborracharme con Amparo, soñé que la ciega era yo. 

En el sueño hablaba con autoridad de ciega y explicaba cómo no echaba de menos la vista y que incluso había empezado a olvidarme de los rostros de la gente que conocía. 

Entonces Amparo, que ahora veía y que nunca había sido ciega, me preguntaba cosas idiotas como si podía sentir deseo sexual sin ver un cuerpo o apetito sin ver un plato.

Me dio tanta vergüenza que me desperté. Y cuando desperté me dio más vergüenza.

Nazaré Lascano

lunes

Señalar

Las noches en que Jorge se perdía y Amparo volvía a casa sola y con los zapatos de la mano se acostaba a mi lado y me hablaba sin esperar a saber si yo estaba despierta o dormida.

Una vez metida entre las sábanas me contaba cómo todos sus amantes se pierden porque no saben caminar junto a una ciega, ni comer frente a una ciega, ni dormir, ni follar con una ciega, ni señalar a alguien con el dedo.

Recuerdo que me reí al oír lo del dedo y que Amparo, muy seria, me preguntó si yo era igual de tonta o si sabía señalar.

Nazaré Lascano

domingo

Borracha y vulgar

Me daba una pena inmensa ver a Amparo borracha y vulgar.

A pesar de que un poeta malo o un prosista posmoderno hubiera pudiera encontrar en sus excesos alcohólicos un contraste bello, yo sólo podía apenarme el verle manchas oscuras ensuciando sus blusas blancas, las pupilas nubosas desviadas y su (perfecta) mandíbula desencajada.

Aún en medio de la borrachera Amparo se sujetaba a su ser casi consciente y me pedía calma.
— Esto también pasa Naza, no hay botella sin final.

Y, con sonrisa bobalicona, volcaba la última de champán en su copa sin derramar una sola gota.

Nazaré Lascano

sábado

Las piezas del relato

Jorge apareció en casa de madrugada con la cara hinchada, en parte porque le habían golpeado y en parte porque había estado llorando durante mucho rato.

No lo oí llegar, pero desperté cuando tocó mi espalda con delicadeza y me llamó en susurros. Le vi a contraluz y me pareció otra persona, después al verle demacrado y golpeado volvió a parecerme él.

Me explicó, con tono de quinceañera, que había perdido a Amparo en medio de la noche, en un tugurio oscuro lleno de gente, donde ella siempre se empeña en ir y donde en un descuido despareció entre la multitud.

Mis preguntas de recién despertada fueron lo poco coherentes y lo mucho vulgares que se esperaba de mí. Sus respuestas fueron de niño pequeño.

No sabía quién ni dónde le habían pegado, aunque debió de ser por preguntar por Amparo de forma poco educada, o quizás fue en otro momento, Jorge no conseguía juntar las piezas del relato.

Sólo estaba seguro de que se había pasado mucho tiempo llorando, dos horas decía, sujetándome la mano, sentado en el umbral del portal.

Tampoco eso estaba claro, si hacía dos horas que había estado sentado hubiera visto a Amparo salir de nuestro apartamento.

Nazaré Lascano


miércoles

Susurros de ciega

Entre las cualidades de ciega de Amparo estaba el dormir siempre con la cabeza hacia el norte, beber agua mirando al fondo del vaso, escuchar palabras sin imaginarlas escritas o ser capaz de sentir placer en el espacio que queda entre dos susurros.

Entre los defectos, una sonrisa estúpida congelada en sus labios tras una borrachera de champán.

Nazaré Lascano


jueves

Estúpidos

Viviendo con Jorge perdí un anillito de plata que me regaló mi vieja, fue lo que más me molestó, pero perdí más cosas, varios libros, una pluma estilográfica, una blusa de seda, dos camiseta, dos braguitas y unas gafas de sol. También cosas que no recuerdo que tenía y que cuando las recuperé ya no eran mías.

Todo lo perdí en su apartamento y en tan poco tiempo que empecé a obsesionarme y a pensar que alguien me estaba robando. A Jorge no le podía preguntar sobre todo aquello, primero porque era propenso a la mentira y no quería caer es ese ambiente espeso que crea cuando me miente a la cara; segundo, porque lo más probable es que fuera él quien por alguna razón incomprensible estuviera llevándose mis cosas.

Pensé en que quizás estuviera vendiendo mi ropa interior y mis camisetas a algún fetichista, pero lo de los libros y la pluma no le veía sentido, así que lo dejé pasar.

Hasta que una mañana al levantarme vi que había desaparecido mi reloj de pulsera de la mesita de noche. Aunque sabía que siempre lo dejaba allí cuando me iba a dormir lo busqué por todas partes. Cuando tuve que salir a toda prisa para ir al trabajo me crucé con Jorge que entraba en casa con Amparo, los dos reían como dos adolescentes estúpidos pillados en una travesura.

Nazaré Lascano


martes

La perfección de Amparo

Los ojos de Amparo no eran los de una ciega corriente. 

Cuando se quitaba las gafas oscuras sus pupilas brillaban como el sol en la carrocería de un coche nuevo y bizqueaban como los de una modelo perfecta a la que el fotógrafo le busca un punto de fuga.

Entendí que las imperfecciones de Amparo eran tan necesarias que la ceguera la convertía en un ser único. Quizás por eso se hizo amante de un personaje como Jorge, quizás por eso bebía hasta la náusea.

Nazaré Lascano



viernes

Detrás de sus párpados

Siempre que se quedaba dormida me fijaba en su rostro muy despacio, si me acercaba mucho podía ver las gotitas lívidas de champán, o las más consistentes de la última copa de coñac que se habían secado sobre la piel de las comisuras de los labios. 

Si tenía suerte podía ver alguno de sus rizos cruzándole la cara como un signo ortográfico por inventar o, si tenía más suerte aún, podía descubrir sus ojos en plena fase REM, moviéndose detrás de sus párpados.

Como dos planetas lejanos.

Nazaré Lascano

Huellas atribuidas

Cuando Amparo no estaba en casa yo me dedicaba a buscar sus huellas. Es difícil encontrar las pistas de una ciega porque su paso por los días es distinto, como si transcurriera por otra dimensión.


Esa circunstancia, la de que Amparo viviera en nuestros días y a la vez en otra dimensión, me parecía muy excitante. Estar con ella era como convivir con un personaje de los que aparecen en los sueños, de esos que nunca has visto, pero que conoces perfectamente. Tal vez a ella le pasara algo parecido con los que estábamos a su alrededor, no sé, quizás debí preguntárselo.


Las huellas de Amparo podían aparecer en cualquier esquina, podían ser las marcas de un zapato sobre una mesa, un vaso olvidado en un lugar inverosímil o una ventana abierta de par en par en medio de una habitación a oscuras.


Pensé en frases que Amparo debería haber dicho y que quizás debiera atribuirle, pero todas me parecían demasiado fantásticas o poco relamidas.

Nazaré Lascano

jueves

Posmoderna

Amparo se quejaba cuando yo llevaba champán a casa, ya que, según sus teorías, una ciega sólo debería beber coñac, pero a mí me gustaba verla frotándose la nariz cada vez que se aproximaba la copa a la boca y las burbujas le hacían cosquillas. 

También porque movía más las manos como si fuera una actriz de cine mudo, sus movimientos se hacían más torpes, sonreía sin apuntar a nadie y hablaba mezclando los tiempos y los géneros, como un escritor posmoderna.

Solíamos beber tres o cuatro botellas, siempre empezábamos por el brut más caro y acabábamos con el más dulce, imitando el postre. Las conversaciones también empezaban secas con reproches y recuerdos vergonzantes y terminaban cariñosas, incluso con Jorge quien a partir de la segunda botella o la tercera copa trataba de ser el macho dominante y acababa suplicando atención.

Nazaré Lascano


lunes

Sin vergüenza

Me he cruzado en el Metro con una ciega.

Era hermosa como el recuerdo de Amparo. Tenía los labios gruesos y la frente despejada, se movía con un ritmo propio, como se mueven los ciegos, pero con cierta seguridad y mucha elegancia. 

Aproveché que era ciega para mirarla sin disimulo, a mi alrededor un hombre joven, con ojos oscuros y barba mal afeitada también la miraba. 

La ciega escuchaba algo a través de un auricular y estaba atenta al mundo con el otro oído, a veces bajaba la mirada como hay que hacer cuando se viaja sentada en Metro, para no molestar a los demás o para que nadie fantasee contigo.

No llevaba gafas de ciega, pero sus ojos, de una azul casi transparente ocultaban lo que sentía y lo que pensaba de que alguien como yo, menos hermosa, menos hábil, menos interesante, la mirara sin vergüenza.

Nazaré Lascano

Hábitat culpable

Otras veces, por las tardes, al volver de trabajar encontraba la casa vacía y la cama fría, con la ropa revuelta en montañas de sábanas arrebujadas y valles profundos donde estaban marcadas las huellas de Amparo y de Jorge. 

Antes de comer me quitaba mi ropa de oficinista, me desnudaba y me acostaba sobre aquel paisaje, me envolvía entre aquellas formas que mantenían el recuerdo de sus cuerpos, como figuras estáticas a las que yo, a través de mi piel, recuperaba el sentido. 

Y permanecía allí, moviéndome con lentitud, arrastrándome como un reptil seseante que va dándole calor a su hábitat. Hasta que calmaba mi excitación, o me dormía, o me sobresaltaba como una adolescente culpable, al oír cómo Jorge metía la llave en la cerradura de casa.

Nazaré Lascano

Amorosamente

La ciega dejaba en la superficie de las sábanas unos surcos profundos que parecían las roderas impresas en la tierra por un arado romano.

Cuando se marchaba yo los repasaba —lenta, amorosamente—  con el dedo corazón.

Nazaré Lascano

Mosquita muerta

Me gustaba cuando, después de hacer una de sus travesuras con el agua caliente, Amparo me esperaba tras la puerta del baño, sonriente, con una toalla enorme entre los brazos.

La cualidad de ciega hacía que te confiaras, que no sintieras pudor o miedo a que te acogiera con la toalla como si fuera una planta carnívora abrazando a una pobre mosca.

Y así era yo, la mosquita muerta a la que envolvía entre sus brazos de ciega mientras Jorge roncaba o hablaba en sueños, solo.

Nazaré Lascano