Mucho antes de llegar Joana Yurineva ya había una mujer fatal en la pensión de Carem. Su aspecto no era el de las actrices americanas de los años 40 o 50, pero sí su actitud, de pasos fuertes acompañados por el movimiento de unas caderas contundentes a los que ninguno de los huéspedes podía dejar de mirar.
Su nombre era Manuela, tenía una de esas edades indeterminadas en las mujeres en las que se quedan a vivir durante varios lustros y que están entre los treinta y muchos y los cincuenta y pocos, una edad media poderosa y oscura como la que soñaban los escritores románticos del XIX que, en realidad, lo ignoraban todo de la historia real y de las mujeres inventadas.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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