La casa de Lucía Monsalvo daba al parque. El balcón, grande, con barrotes de hierro oxidados parecía presidir el edificio, como si en cualquier momento el presidente del gobierno o un general uniformado fueran a salir a dar un discurso.
Los chicos del barrio no dejaron pasar la ocasión, un día uno de ellos pasó por debajo y tiró una piedrecita, otro día otro arrojó una lata y así, casi sin querer fueron haciendo del balcón de Lucía un vertedero.
Aquello no era sólo una diversión de adolescentes, si tiraban basura al balcón de Lucía Monsalvo era por todo el asunto de su viejo muerto que lo había perdido todo en una timba y, sobre todo, porque ellas eran unas locas.
Yo, que era amiga de Lucía, tiré una lata en una ocasión, iba acompañada del Rumi y no fue él quién me provocó sino que yo misma, aprovechando su compañía y envalentonada por el calor de la tarde arrojé la lata como el que lanza un insulto "¡Locas de los cojones!"
Días después fui a casa de las Monsalvo con una docena de pasteles, Como siempre sobrevivían en la semioscuridad, como siempre la tristeza y el olor de aquella tristeza y aquella oscuridad. Pasé al salón, al fondo se veía el balcón abierto por el que entraban las latas, los botes, y las piedras y el suelo lleno de basura.
— ¿Por qué no recogéis toda lo que os tiran?
— Porque nos la merecemos.
Nazaré Lascano
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