Del laberinto al treinta
Apuntes inconexos sobre terremotos, mariposas,causas y azares.
jueves
Entenderlo todo
Le encantaban, por ejemplo, las columnas salomónicas, las pilastras tronco-piramidales invertidas o las bóvedas que trascienden el espacio que ocupan.
Yo, que siempre he tendido a la introversión del románico, no entendía de qué me hablaba cuando, emocionada, me explicaba de la trascendencia del claroscuro o de la ruptura de las normas espaciales.
Hasta que una tarde de verano, a la hora de la siesta, con la luz del sol colándose por las rendijas de las persianas, comenzó a dibujarme cada rayo de luz solar sobre mi cuerpo y a experimentar sobre él (sobre mí) la ruptura de las leyes geométricas.
Terry Salgado
La lluvia a los dieciséis
Había tardes de lluvia en las que el barrio alcanzaba otra forma, no sólo eran distintas las plazas, las calles o los bancos del parque, también cambiaban las conversaciones y hasta las decisiones.
No era raro, a mis dieciséis años, pasarme la tarde en mi cuarto y salir afuera en cuanto la lluvia se hacía intensa y el paisaje que se veía desde mi ventana estaba lo suficientemente emborronado.
Había traseras, descampados y paredes agrietadas espléndidas para una tarde lluviosa, en esos lugares no hacía falta encontrarse con nadie, o sí, en realidad lo importante era la calle mojada, el ambiente húmedo, los vecinos resguardados en casa y el agua repiqueteando en la acera y rehaciendo cada esquina.
Cuando la tarde caía y se encendían las primeras luces, que por entonces eran amarillas, todo era aún mejor, la temperatura bajaba y a veces era necesario moverse y pasear hasta la avenida, hasta que el barrio se acababa, y decidir si continuar o parar bajo la lluvia.
Nazaré Lascano
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miércoles
La alegría
Darío Varona no descubrió el sótano porque todo era tan literario que no fue capaz de encajar las piezas, y porque por aquella época ya había agotado su mejor facultad, la alegría.
Nazaré Lascano
Estúpido Pigamalión
Snail Girl confundía los amaneceres con las puestas de sol, las playas con los desiertos, la tristeza con la melancolía, febrero con abril.
Cuando trataba de explicárselo me miraba sonriendo y con cierta condescendencia seguro que pensaba "Aún no sabes que son lo mismo", pero no me decía nada para no herirme, para que yo siguiera creyéndome una especie de estúpido Pigmalión.
Terry Salgado
Tomás 1:1
Cuando Tomás consigue para su obra una actriz en una escala 1:1 con el personaje la trampa es perfecta, la representación de la realidad se confunde con la propia realidad, y esto es lo más falso que puede conseguir.
Es así como consiguió encontrar el sótano, escondiendo a dos actrices en un hoyo prefabricado y cavando hoyos falsos por toda la ciudad.
Nazaré Lascano
martes
El plan B
Estoy segura de que no gritó, ni llamó, ni dio voces porque un inspector de policía no se queda encerrado en un baño. Puede quedarse en un ascensor averiado o tener un accidente con el coche, pero no poder abrir una puerta de un baño es algo que no se puede permitir alguien con autoridad y un arma.
Esperó, lo intentó de forma silenciosa, miró a su alrededor buscando algo que le sirviera para forzar la puerta, abrió el armario y, seguro, encontró unas pinzas con las que forzar la puerta. No hubo manera.
Finalmente miró hacia la ventana, se asomó al patio de luces y vio que era posible pasar a la ventana contigua, la de mi dormitorio. Si no conseguía abrir en menos de cinco minutos tendría que tomar el plan B.
Mientras tanto yo copiaba a toda velocidad los datos de los presuntos delincuentes.
Nazaré Lascano
Atalaya de obervación
Estuve toda esa mañana de lunes levantándome de mi sitio para ir hacia el perchero y tomar ese lugar de la oficina como atalaya de observación. Desde allí podía ver a Saúl con claridad, aunque tuviera que disimular haciendo como que buscaba algo en los bolsillos de mi abrigo cada vez que algún compañero pasaba por delante.
No podía creerme la cantidad de circunstancias que se abrieron ese día al estar colocada junto al perchero. Hablé con gente, con la que no había intercambiado más allá de saludos formales en un año, que me hicieron confesiones domésticas y hasta me invitaron café en la máquina del pasillo y a tomar una cerveza esa misma tarde.
Yo resistí como un soldado en misión de reconocimiento en territorio enemigo, traté de vaciar mi cabeza de enredos laborales y fijé mi vista en mi objetivo. Conseguí tras muchos intentos fallidos ver con nitidez el bigote de Saúl Álvarez manchado con la espuma del café con leche que en ningún momento trató de limpiarse.
Volví a mi mesa y lo anoté en mi agenda, contenta de tener algo que presentarle a Darío Varona.
Nazaré Lascano
Teoría de la obra
Para ser perfecta, la idea de tirar el escenario en cada representación sólo podía tener lugar en lo teórico, por eso cuando se planteó la posibilidad de hacerla real Tomás tuvo un problema de conciencia.
Enseguida cayó en la idea simplista de que no podía dejar escapar una ocasión como esa y se decidió a montar la obra como si fuera algo posible e irremediable.
Pero la obra, herida desde el primer momento por el juego de palabras (obra como trabajo de construcción y obra teatral) supuso un reto de montaje más que de ideas, y aunque era todo un acontecimiento el hecho de derribar el escenario en cada función, es decir, el polvo acumulado en el patio de butacas fue más trascendente que una trama en la que había que esforzarse por darle un sentido a aquella proeza mecánica.
Las dos primeras funciones fueron un éxito, la primera por la novedad, la segunda porque nadie esperaba que aquello tuviera sentido más allá de la propia novedad. Sin embargo el escenario reconstruido a toda prisa durante la madrugada tenía un cariz, quizás una personalidad aún más teatral en esa segunda representación y el éxito fue descomunal.
Tomás estaba entre entusiasmado y defraudado, porque sabía que aquello sólo tenía que haber triunfado en lo teórico, como las grandes ideas económicas, y el hecho de que resultara factible en la puesta en escena le descolocaba y en cierto modo suponía un fracaso.
Tenía que hacer lo posible porque aquella maquinaria parara, pero no le fue fácil.
Nazaré Lascano
lunes
El lunes siguiente
El siguiente lunes entré en la oficina como el que entra en una biblioteca esperando que el libro con el que lleva fantaseando todo el fin de semana siga allí.
El libro era Saúl Álvarez y el capítulo en el que deseaba pararme era su bigote.
Ya estaba allí, sentado detrás de su mesa, frente a su ordenador, con un vaso de café en una esquina.
Nunca lo hago, pero es lunes dejé mi abrigo en el perchero porque me permitía pasar unos instantes en un lugar desde el que poder fijarme en Saúl.
Miré, con mi mano derecha aún sujetando el cuello del abrigo, con mis ojos disimulando entre el puesto de Saúl y el infinito. No se movía, parecía parte del mobiliario, quizás todos parecíamos parte del mobiliario.
Alguien tocó mi brazo.
— ¿Todo bien, cariño?
Me fascina la gente que es capaz de transmitir afecto. Eugenia, era mi favorita entre todos los compañeros de la oficina, le sonreí.
— Todo bien ¿Qué tal tu finde?
— Llovió y salimos a la calle para que los críos se mojaran.
Me imaginé una escena de película americana en tecnicolor con Eugenia regando a sus dos niños con una regadera enorme de color verde. Lo imaginé de forma tan clara que no supe qué decirle.
— No sé qué decirte.
— Es normal, el próximo día que llueva sal a la calle a mojarte con nosotras.
Sonreí de nuevo y volví la mirada hacia la mesa de Saúl que ya no estaba en su sitio.
Nazaré Lascano
Los rincones de las casas
Cuando entraba en una casa donde nunca había estado, Snail Girl siempre recorría con la mirada todas sus esquinas, todos sus rincones.
Veía en cada arista y en cada ángulo un mundo de posibilidades, un hábitat calentito desde donde escuchar las conversaciones familiares, sentir el run run de la tele por las noches y los ruidos de la casa cuando todos estuvieran fuera.
Cuando salíamos de una de esas casas, Snail Girl me agarraba de la mano y la movía hacia atrás y hacia adelante, como si fuera una niña sobreexcitada, a la vez que me hacía montones de preguntas:
¿Por qué no se darán cuenta esos estúpidos de todo lo que se esconde en las esquinas de su casa?
¿Por qué nadie se para a oír a las casas por las noches?
¿Por qué no se le da importancia a las palabras que retumban en los techos?
Terry Salgado
Puntos de encuentro
Manuela y Luis G. se encuentran a primera hora de la mañana o última de la noche, lo hacen sin citarse, sin pretenderlo, en ocasiones sin acordarse siquiera.
Su punto de encuentro es la ducha de la pensión, pero el acercamiento no tiene lugar al mismo tiempo, a veces ocurre en horas distintas, (uno acude a las ocho de la mañana y la otra a las ocho de la tarde) otras en días o en semanas diferentes.
La ducha es un punto de confluencia donde los dos encuentran sus cuerpos, se acarician, se besan y se derriten entre el agua caliente.
Cuando al mediodía se cruzan en el comedor a penas se miran, avergonzados.
Nazaré Lascano
domingo
Empezar a funcionar
Las actrices, y en menor medida los actores, constituían un problema para Tomás. Encontrar el rostro del personaje, su voz y sus gestos era para él más complicado que escribir la obra.
A menudo los castings eran un sacrificio lleno de frustraciones en el que no era capaz de encontrar a la persona que necesitaba. Esto alargaba el comienzo de los ensayos y, en ocasiones, le llevaba a suspender el montaje de la obra.
En otras ocasiones la situación se daba la vuelta y Tomás encontraba a las actrices de sus personajes caminando por la calle, en el Metro o en un ascensor, entonces se apresuraba a hablarles, y a contarles su proyecto y todo empezaba a funcionar.
Nazaré Lascano
El comienzo
Cuando lo hice supe que aquello, además de un problema legal con un inspector de policía, sería un magnífico comienzo para una carrera literaria.
Todo debía partir de ese hecho absurdo, pero con un fin muy claro, quedarme con el álbum de los delincuentes o, por lo menos, tener tiempo para copiarlo.
Nazaré Lascano
sábado
La promesa de la alegría
Tomás escribió su mayor obra dramática cuando consiguió que se realizaran cientos de agujeros por toda la ciudad para buscar el sótano oculto.
Cada hoyo cavado era una escena única.
Siguiendo las pistas que iba descubriendo día a día, y que iba comunicando a través de la prensa, la gente comenzó a perforar con picos, palas, con azadas o con sus propias manos sus patios y jardines, los parques públicos, los márgenes del río y hasta sus propios sótanos en busca de las dos muchachas presas.
El premio no importaba, como siempre importaba el hecho de cavar la tierra húmeda y la promesa de la alegría del descubrimiento.
Nazaré Lascano
Saúl Álvarez
Saúl Álvarez, un compañero de trabajo, un hombre grande, más joven de lo que representa, con bigote bien recortado, de esos que dejan el aroma de su aftershave marcando su territorio, tenía su foto en las primeras páginas del álbum de la policía.
¿Qué hacía Saúl allí? ¿Tendría algo que ver con la viuda? ¿Tendría algo que ver conmigo?
Saúl Álvarez había intentado acercarse a mí varias veces. Acabé enterándome de que se dejó ese bigote pasado de moda para parecer mayor, más varonil. Me daba pena saber que ese hombre llevara ese horrible bigote por mí. Y que en la foto de los sospechosos ya lo luciera hacía pensar que hacía un año máximo que lo habían fichado.
¿Qué habría hecho para estar allí?
Pensé que Saúl tenía algo que ver en aquel caso, y posiblemente yo también aunque aún no sabía cómo ni porqué.
Nazaré Lascano
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Saúl Álvarez
La perfección
Amparo siempre llevaba unas medias negras preciosas, con una raya en la parte trasera, perfectamente colocada en medio de la pierna.
Yo me quedaba obnubilada por la perfección, por esa simetría que para una ciega debería ser imposible.
— ¿Cómo es posible que lleves la raya de las medias tan bien colocada?— Si no la llevara justo donde debe ir no me pondría medias.— Yo nunca lo consigo, si quiero llevarlas tengo que aguantar esa imperfección.— Tápate los ojos y búscate, como yo, a alguien que te ayude a vestir.
Nazaré Lascano
viernes
Resoluciones
— Cuando empecé a creerme mi papel, empecé también a encontrar pistas constantemente.
Sonia cruza las piernas encima del sofá y mira a Darío por encima de las gafas.
— ¿Tu papel de policía?
— De inspector, cuando me creí que yo era lo que en realidad nunca fui.
— ¿Cómo puedes decir que nunca lo fuiste. Resolviste un montón de casos.
A Darío le vienen flashes de algunos de sus casos, imágenes sin orden, azarosas, que no significan nada.
— No es cierto, investigué muchos casos y mandé a la cárcel o puse delante del juez a muchos, pero en realidad no resolví ningún caso.
— Ni el de la viuda Terroni.
— Ese caso me pasó por encima y solo entonces se resolvió.
— Lo resolviste tú.
— No, se resolvió solo.
Nazaré Lascano
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Sonia Ricco
Vulgarizado
Me inquietaba que estuviera allí dentro, en un espacio donde yo me bañaba, y usaba el váter.
También me pregunté si se sentaría en la taza o haría pis de pie, o si se reflejaría en mi espejo donde yo me había reflejado en situaciones íntimas y donde seguro seguía mi imagen desnuda escondida en algún resquicio mirando con curiosidad la intimidad de un inspector vulgarizado en mi cuarto de baño.
¿Dejaría la pistola en el mueble del lavabo mientras usaba el váter o la sujetaría con una mano mientras orinaba?
¿Se lavaría las manos y se secaría con mi toalla? ¿Miraría en el armario?
Me habría quedado en estos pensamientos hasta que Darío saliera del baño si no hubiera tenido que darme prisa en hacer algo con el registro de delincuentes que había puesto en mis manos sin saber que, en esas circunstancias, soy capaz de cualquier cosa.
Nazaré Lascano
La oportunidad fugaz
Hubiera pasado la noche y la vida con cada uno de aquellos tipos que me miraban desde las páginas de aquel catálogo. Sus vidas ya estaban asaltando mi cabeza, si me dejaba estudiarlos su historia sería la mía, su pasado, o lo que sea que tuvieran dentro, se desparramaría por mi cabeza como la lluvia.
Cada imagen, pero también cada letra del abecedario, cada fecha de nacimiento, cada medida y cada ciudad de origen eran un terremoto en mi imaginación.
Me acerqué a Darío Varona todo lo que el pudor me permitió, se lo pedí por favor, le ofrecí más vino, le hablé con mi voz más grave y me insinué como nunca lo había hecho.
Varona se sintió halagado, avergonzado e incómodo, se agarraba a su copa como a una figura de una virgencita negra salvadora. Yo sólo esperaba una oportunidad y, si sabes esperar y estás atenta, las oportunidades siempre llegan, aunque sean mínimas, estúpidas o fugaces.
Y llegó cuando Darío Varona fue al baño y me dejó sola.
Nazaré Lascano
Lo tengo
Varona se presentó en mi apartamento con una bolsa grande de tela. Por un momento pensé que podía ser un regalo para mí. Le invité a sentarse en el sofá y cuando fui a la cocina fantaseé con el contenido de la bolsa y si debía sacar el vino sin decir nada o preguntarle antes.
Decidí hacer sonar el cristal de las copas, chocándolas entre sí, para que fuera él quien tuviera que hablar. No dijo nada. Saqué el corcho sin hacer ruido y me presenté con las dos copas entrecruzadas en la mano derecha y la botella en la izquierda. El inspector había sacado ya el contenido de la bolsa. Un álbum enorme, de pastas verduzcas y gastadas descansaba sobre la mesita.
— ¿Qué es eso?— Los sospechosos.
Coloqué las dos copas junto al álbum y serví el vino con cuidado, tratando de mantener el equilibrio, el mío y el del cuello de la botella sobre la primera copa. Lo conseguí sin derramar una sola gota.
— ¿Qué sospechosos? ¿Los de la viuda Terroni?
Varona asintió y tomó su copa antes de que yo llenara la mía, le miré un instante para ver cómo bebía y derramé un par de gotas sobre el álbum.
— No pasa nada, dentro hay muchas más manchas.
Lo abrió, me senté a su lado y pasó la primera página. Un escudo enorme de la policía ocupaba el centro de la hoja. En la segunda ya aparecía el primer sospechoso, su apellido empezaba por A y me pareció que lo conocía. Me fijé un rato en sus ojos claros, en su nariz chata y en su pelo escaso. Después vi su nombre, la fecha de nacimiento y una serie de números sin sentido bajo su foto. Lo leí todo.
— Así no funciona esto señorita Lascano.— ¿Y cómo funciona?— Como los cromos de los niños ¿nunca coleccionó cromos?— Me gustaban mucho los cromos.— Pues es igual, se dice, sí, sí, sí, lo tengo, lo tengo... hasta que salta el que necesitamos y entonces decimos ¡para! ¡ese no lo tengo!, ¡lo quiero!
Nazaré Lascano
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jueves
Pelos de loca
Estuve durante toda la infancia y parte de la adolescencia con una melenita lisa, recortadita y bien cuidada, que me impedía saltar, gritar y moverme como los demás niños. Sólo cuando, tras varios engaños, conseguí que mi madre se olvidara de mi melena pude empezar a moverme como si fuera otra.
Fue ella, mi vieja, la primera que me lo dijo al verme volver del instituto "Tienes pelos de loca, Naza". Y aquello fue como un triunfo, un subidón íntimo de niña buena, una oportunidad para que Caperucita se desviara por el bosque, se comiera el tarro de miel de la cesta y olvidara que la esperaba su abuelita.
Nazaré Lascano
El adjetivo exquisito
En casa, cuando vivía con mis viejos, siempre había una jarra de cristal llena de agua con unos cubitos de hielo. Estaba en la cocina, en una esquina de la encimera cerca del fregadero. Nunca se vaciaba porque alguien, que no era yo ni era mi padre, se encargaba de que siempre tuviera agua y siempre tuviera hielos.
Estaba exquisita, si es que ese adjetivo puede usarse para el agua.
En todas las casas donde he estado, incluso en las que no eran mi casa y estaba de forma eventual, compraba una jarra, la llenaba a diario y la mantenía fresca echándole cubitos.
No hay nada que me gustara más de niña que el hielo flotando en el agua.
Hoy, en mi apartamento, tengo una jarra muy parecida, el agua no es la misma y soy yo la que la tiene que lavar, rellenar y sacar las piezas de hielo del congelador, pero cuando salgo de casa bebo un vaso de agua con la misma pasión y recogimiento con que un católico se santigua, aunque ya no puedo usar el adjetivo exquisito.
Nazaré Lascano
Una trucha en mi cuarto
Se la habían regalado o la había ganado jugando al póker en una timba que se hacía los jueves en un reservado del restaurante chino. Sólo me acuerdo de ver por la mañana a un pez enorme nadando con torpeza y con furia en la bañera.
Ese día, antes de ir al colegio estuve un rato sentada en el váter, aterrorizada, mirando cómo la trucha daba bandazos y salpicaba todo echando agua fuera de la bañera. Me prometí no volver a entrar al cuarto de baño hasta que aquel pez no saliera de allí.
No pude cumplir mi promesa.
Fueron tres días terribles, por la noche me la pasaba oyendo a la trucha nadando en la oscuridad y apenas podía dormir, y por el día tenía que entrar corriendo a lavarme las manos o a hacer pis sin quitarle ojo. Recuerdo a mamá bromeando al ver que le tenía miedo a la trucha y decirme que iba a prepararla para la cena.
La noche que murió soñé que la trucha entraba en mi cuarto, deslizándose, con mucha elegancia, y que me llamaba por mi nombre, y que tenía una voz de mujer muy bonita, como la de las actrices que doblan las películas americanas.
No recuerdo nada de lo que me dijo, sólo que no me preocupara, que no me iba a molestar más.
Por la mañana estaba flotando, boca a arriba, mirando al techo.
Nazaré Lascano
miércoles
Conocer a los viejos
Odiaba cuando mamá decía que si el viejo no se hubiera ido antes con su amante habría sido ella la que se hubiera marchado.
— Él sólo se adelantó, Naza. En realidad siempre fue muy habilidoso.
¿Habilidoso? Mi vieja estaba herida de muerte y sólo le salía decir que su marido era habilidoso. Tiempo después se me ocurrió preguntar a la pelirroja si realmente era habilidoso y lo que me contó me hizo ver que, como sospechaba, no conocemos a nuestros padres.
Nazaré Lascano
Planos de carretera
Cualquiera de sus amantes podía seguirlo y encontrar a lo largo de su cuerpo autopistas sin peaje, nacionales transitadas con curvas peraltadas, rotondas engañosas y olvidadas vías comarcales.
Si le preguntabas decía que sólo era un plano para conductores noveles, una guía que alguien a quien no recordaba le dibujó hace años para poder encontrar, sin perderse, el camino de vuelta a casa.
Más de una vez le pregunté a Jorge por los detalles del plano de carreteras de la ciega, pero siempre se hizo el despistado. Hasta que una noche que habíamos bebido demasiado lo sorprendí marcando con su dedo índice una ruta nueva que recorría todo mi cuerpo dando tantas vueltas que olvidó su propósito y su destino.
Nazaré Lascano
Otro patio interior
Darío Moreno tenía una amante de piernas largas y mecha corta que trabajaba de camarera en un bar y a la que veía a veces durante y otras veces después del trabajo, y que nunca le preguntaba por los casos que estaba investigando.
Darío Varona tenía una amiga periodista con la que pasaba las noches, con la que hablaba de cómo le había ido el día y que sabía disimular esperando el momento propicio para que Darío le revelara algo importante.
Moreno le dejaba jugar a su amante con su pistola reglamentaria, mientras que Varona le sacaba las balas y ponía el seguro a su revólver antes y después de acostarse con la periodista.
La casa de Darío Moreno tenía mucha luz por las mañanas y un contraluz perfecto al atardecer, ideal para tomar decisiones importantes, aunque no fueran acertadas.
La Casa de Darío Varona sólo tenía ventanas que daban a un patio interior.
Nazaré Lascano
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martes
El hombre estúpido
Las noches en las que me sentía mal porque había fracasado en algún proyecto o volvía enfadado del trabajo me acostaba pronto, encogía las piernas y me hacía un ovillo entre las sábanas.
Era entonces cuando llegaba Snail Girl, estuviera donde estuviera aparecía en silencio, se deslizaba por el dormitorio sin hacer ruido y de desnudaba sin decir nada antes de meterse en mi cama y rodearme con sus brazos.
Entonces yo, que pensaba que aquello no era parte de lo eterno, me hacía el dormido.
Terry Salgado
Cambio de nombres
Escribí así su nombre inventado en mis papeles cuando trataba de hilar con él una historia que, sin quererlo, se me había presentado con componentes irresistibles de novela negra con un poli despistado en su interior y una chica a la que le quedaba mucho recorrido para ser una femme fatal.
La historia fue construyéndose sin problema con el inspector Moreno, que en mi ordenador era mucho más interesante y con más aristas que en la realidad, pero todo cambió el día en el que Darío me corrigió y pronunció su apellido con cierta amargura. Esa noche, a la hora de ponerme a escribir, cambié Moreno por Varona en todas las páginas.
Desde ese momento la historia empezó a perder interés.
Nazaré Lascano
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Rebeca Terroni
lunes
El hostal
Un piso por debajo de la casa de Lucía Monsalvo había un hostal. Era barato, ocupaba toda la planta y los balcones daban la mitad a la avenida y la otra mitad al patio interior.
Luis G. pidió una habitación exterior pero la patrona le mintió y le dijo que todas estaban ocupadas y que sólo le quedaba una con vistas al patio. Para compensarle le dio un cuarto con lavabo aclarándole que bajo ningún concepto podía orinar en él.
Nazaré Lascano
A punto de cerrar
El viejo de Lucía sólo tuvo mala suerte cuando uno de los compañeros de timba, un portugués que exportaba café al que llamaban el roble, barajó un número impar de veces el mazo de cartas, y en una de esos movimiento mezcló de forma irremediable la sota de espadas con el as de bastos, el dos de copas con el caballo de oros y tres naipes más de valor muy bajo cambiaron de lugar en el último momento.
Cuando el viejo de Lucía Monsalvo cortó el mazo la suerte ya estaba echada.
No está bien confiar el azar de una partida de cartas a un portugués con las manos acostumbradas a separar billetes y el destino de la fatalidad en los genes. Ese día, el viejo de Lucía lo perdió todo, pero el roble se encontró con su destino en un burdel a punto de cerrar, a las cuatro de la mañana.
Nazaré Lascano
domingo
Esto qué es
Si la función de la literatura es darle unidad a lo fragmentario. ¿Esto que coño es?
Marque la opción correcta:
👉La literatura siempre es fragmentaria
👉La literatura nunca consigue la unidad de nada
👉Esto no es literatura
👉Esto no es fragmentario
sábado
Sentido de la responsabilidad
Calafell tiene la mesa de su despacho llena de papeles. En realidad no es un despacho sino un rincón, un buen rincón junto a una ventana orientación sur en la comisaría del Cuerpo de Investigación y Vigilancia.
Desde hace unos días, desde que todos son conscientes de que lo que están viviendo es una guerra, hay una luz distinta sobre Madrid, un sol como de agua, como de principios de primavera a pesar de que el verano está llegando a su fin.
Debajo de su ventana pasa todas las mañanas una mujer con una caja de naranjas en la cadera, canturrea una canción que Calafell desconoce, pero con un tono fácil y pegadizo. Casi todos sus compañeros se asoman cuando la oyen pasar, es joven, lleva un vestido claro, de manga corta, y la llaman la frutera.
Algunos días, los viernes sobre todo, la frutera se para junto a las ventanas de la comisaría y les lanza naranjas a los policías. Calafell lo observa desde su mesa, ve a sus compañeros, algunos muy jóvenes, dar gritos, y a la frutera reír a carcajadas.
— ¿No te asomas Manuel?
Calafell no se asoma por timidez y por una especie de sentido de la responsabilidad. Para evadirse hunde su mirada en los informes, en los nombres sin cara de una víctima y dos testigos, de una calle, un día y una hora. Después oye como una naranja rompe un cristal y vuelve al mundo.
Nazaré Lascano
Los hijos y las casas
No sé si es uno, o varios, o ninguno, pero sé que hay alguien en el piso de al lado. No, no es normal porque hasta hace menos de un mes ahí vivía una mujer, una anciana que desapareció y ahora hay alguien y sé que no es ella porque un día vinieron sus hijos y se llevaron la ropa, y seguramente el dinero y todas las cosas que los hijos se suelen llevar de las casas de los padres porque creen que les pertenecen.
Ahora hay alguien en la casa, alguien que no pertenece a nadie y que se escucha, como un rumor áspero, de madrugada.
Nazaré Lascano
viernes
La foto de Calafell
Ojalá tener una foto de Calafell, para poder ver sus ojos, por lo menos, antes de escribir sobre él.
Tomás piensa que es mejor así, sin imágenes, el pobre se piensa a sí mismo como escritor y aún conserva la idea básica de la literatura decimonónica en la que cada uno debemos tener un Calafell en la cabeza y ese es el mejor Calafell, el único posible entre los infinitos rostros de un personaje.
Pero la historia de ese hombre, un inspector de homicidios durante una guerra, está ahí fuera, flotando en el tiempo, con su propia cara, y en ese tiempo (¿en círculo, en espiral, en eterno retorno?) él tiene un rostro, no el que tú, lector, estás imaginando.
No debe ser demasiado complicado ir a un archivo histórico y tratar de encontrar una ficha con su nombre y su cara. Es algo que antes o después ocurrirá y eso hará que todo lo que escribamos (Tomás o yo misma) o no valga para nada, o tome su propio camino.
Nazaré Lacano
Antes de ser gordo
H. no siempre fue gordo. Pero eso no quiere decir nada. Tampoco fue siempre serio, ni triste, ni lleva desde siempre una pistola cargada en la bolsa de deporte.
Pero ahora lo es, gordo, serio, triste y con una pistola en la bolsa. Y eso es lo que lo define porque no se reconoce en ningún en otro lugar.
Nazaré Lascano
jueves
Enrique se sumerge en la ocasión
Enrique ve a una mujer sola, sentada frente al velador de una terraza, con un vaso de cerveza al alcance de su mano y otro enfrente junto a una silla vacía y separada unos centímetros de la mesa.
Enrique toma la ocasión que se le ofrece, amplia y limpia, y se sienta enfrente de la mujer. Ambos se miran con una expresión que está entre la sorpresa, la risa que provoca lo absurdo y la incredulidad. La mujer es mayor, quizás más que la pupila, pero tiene los ojos más vivarachos y el gesto más decidido.
— ¿Te conozco?
La pregunta ha sido perfecta, Enrique sabe que tiene todo un abanico de respuestas y que si elige la correcta puede llevar aquel encuentro aun buen puerto.
— Tú a mí no, pero yo a ti sí.
La mujer duda, su gesto se vuelve menos seguro, tiene el pelo corto, pero hace el gesto de quitárselo de la frente, sonríe desconcertada.
— No caigo, la verdad.— ¿Estás con Jorge?— ¿Jorge?
Enrique señala la cerveza sin empezar y la mujer mira hacia los lados.
— ¿Jorge? No, no, estoy con Luis, ha ido a poner el ticket al coche.
Enrique sonríe, toma el vaso con la mano derecha y le da un trago largo. Le parece que está a la temperatura perfecta. La mujer se mueve inquieta en su silla.
— ¿Conoces a Luis?— ¿Luis es tu marido?
La mujer se queda mirando a Enrique tratando de averiguar qué está pasando.
— Sí, es mi marido.— Me parecía.— Perdona, pero es que no sé de qué nos conocemos.
Enrique le da otro trago igual de largo a la cerveza de Luis. Cuando termina deja un billete de diez en la mesa y se levanta.
— Dile a Luis que yo invito. él ya sabe.— ¿Quién le digo que eres?
Enrique ya se ha levantado, tiende la mano a al mujer y esta se la estrecha con firmeza.
— Enrique ¿Y tú?— Isabel.— Nos veremos pronto Isabel.
Nazaré Lascano
Estrellas
El primer hotel al que me llevó Lorenzo tenía tres estrellas en la puerta, una lámpara enorme en el recibidor con la forma del sol de la bandera argentina y, en el cuarto de baño unos botecitos dorados con champú, acondicionador y gel con un aroma intenso a frutos del bosque.
La recepcionista era una señora mayor que no hizo ningún comentario al ver mi edad en el carné. Vestía una camisa color tostado que parecía que formaba parte de su piel y una sonrisa blanquísima que no se sabía si era suya o venía con el uniforme.
A la mañana siguiente, muy temprano, volví a casa y me crucé con mamá en la cocina, me acerqué a darle un beso y se quedó con la cara tan blanca como la dentadura de la recepcionista.
— ¿Ocurre algo?— ¿Pasaste la noche en el hotel de la lámpara con forma de sol?
Me quedé paralizada, sin saber qué responder.
— ¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo dijo?— El lobo.
No sé porqué al oírle mencionar al lobo me puse colorada.
— ¿Qué dices? ¿Qué lobo?— El que huele a frutos del bosque.
Nazaré Lascano
El primer hotel al que me llevó Lorenzo tenía tres estrellas en la puerta, una lámpara enorme en el recibidor con la forma del sol de la bandera argentina y, en el cuarto de baño unos botecitos dorados con champú, acondicionador y gel con un aroma intenso a frutos del bosque.
La recepcionista era una señora mayor que no hizo ningún comentario al ver mi edad en el carné. Vestía una camisa color tostado que parecía que formaba parte de su piel y una sonrisa blanquísima que no se sabía si era suya o venía con el uniforme.
A la mañana siguiente, muy temprano, volví a casa y me crucé con mamá en la cocina, me acerqué a darle un beso y se quedó con la cara tan blanca como la dentadura de la recepcionista.
— ¿Ocurre algo?
— ¿Pasaste la noche en el hotel de la lámpara con forma de sol?
Me quedé paralizada, sin saber qué responder.
— ¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo dijo?
— El lobo.
No sé porqué al oírle mencionar al lobo me puse colorada.
— ¿Qué dices? ¿Qué lobo?
— El que huele a frutos del bosque.
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miércoles
Alguna idea
Ahora que ya no puede hacerlo, Darío Varona piensa que a lo largo de su carrera tenía que haber disparado más.
No piensa que tenía que haber disfrutado más, haber ido más a ver a su madre, haber tomado más vacaciones, haber reído o haber fornicado más. Sólo piensa en la de veces que no disparó su arma reglamentaria pudiendo hacerlo.
No sabe por qué piensa eso, pero tiene alguna idea.
Nazaré Lascano
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