sábado

El Dorado

Llevo dos días viendo westerns, ese género del Oeste que muchos espectadores consideran indispensable para quedarse fritos en el sofá después de comer. 

Supongo que tengo necesidad de espacios abiertos, de grandes horizontes, de jinetes en el amanecer o en la tormenta, de conversaciones nocturnas al lado de la hoguera en la que se dicen cosas que siempre se acallaban, historias épicas o de supervivencia, lirismo transparente o subterráneo. 


Vuelvo, cómo no, al plano final de Centauros del desierto (The Searchers), con ese Wayne tostándose bajo el sol del desierto, mudo y cercano en su gesto a la desolación, sin ya nada que hacer ni que sentir después de haber pasado gran parte de su obsesiva existencia buscando a la niña que raptaron los apaches, sabiendo que ya nada le espera, viendo cómo se cierra la última puerta y que, como el viejo caballero del que hablaba Allan Poe, ha terminado su inútil búsqueda del Dorado.

Carlos Boyero, El País

Amigos imaginarios

Suso Mourelo: ¿Usted ha tenido amigos imaginarios?

Juan José Millás: Muchos. No en un grado patológico, como los que se ven en las películas de terror. Pero sí, desde la infancia he hablado con alguien que se ha ido transformando con el paso del tiempo. 
Desde que estuve en Tokyo hablo mucho con un japonés que conocí en una gasolinera. Se me metió por alguna razón en la cabeza y no se apea de ella. Era dibujante de manga. Eso me dijo en español, pues había estudiado en Barcelona. En nuestras conversaciones imaginarias me dice todo el rato que se va a ocupar de que mis libros triunfen en Japón. Cada semana llamo a mi agente para ver si ya he triunfado, pero no.

Entrevista de Suso Mourelo a J.J. Millás.


viernes

No admitimos dinero

El Hacho es un restaurante que se encuentra en una vía de servicio entre Sevilla y Málaga, concretamente en el kilómetro 113.500 de la A92. Es un lugar de paso habitual para transportistas y un viejo conocido por su café.


El restaurante se ha dado a conocer por el vídeo de un camionero en el que cuenta cómo este restaurante, que ahora tiene que permanecer cerrado por el decreto de alarma del Gobierno, ha decidido apoyar a todos los conductores que pasen por la linde del establecimiento.


Han colocado unos carteles en los que indican:
“Estamos con los camioneros. Esta lucha es de todos. No podemos abrir, pero sí apoyar”. Y “Transportista gratis. Autoservicio. Por favor, coja lo que necesite. Estamos aquí las 24 horas”.
Al lado hay un food truck en el que los dueños han dejado agua, refrescos, dulces, leche y café insistiendo mediante otros carteles que “no admitimos dinero, gracias”.

miércoles

Cinta americana

Advierten de los contagios dentro de casa por no aislar a los que presentan síntomas. Quienes tienen pisos de 30 metros pueden usar cinta americana y pegar a sus enfermos en las fachadas. Hombres crisálida los llamaremos.

Películas soviéticas

- ¿Qué es lo que más le gusta de escribir novelas?

- Llegar a los límites de la indiscreción. Claro que, al final, lo que más me divierte es ser indiscreto sin límites. Luego, hay gente que se me enfada. Gente que no sabe leer.

- ¿Qué sabe de Pokémon?

- ¿Qué es eso? ¿Una película soviética en blanco y negro en la que salía un carrito de bebé rodando escalinatas abajo?

Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, 1948) 


Historia de España III

Al que no conozca la historia de España le recomiendo que se dé una vuelta por cualquiera de nuestras épocas, esa mezcla entre Un perro andaluz, Juego de Tronos, Murieron con las botas puestas y La casa de Bernarda Alba.
Les aseguro que no se decepcionarán.

Hay episodios para todos los gustos: guerras de conquista e independencia, bandidos y conquistadores (que cada cual distinga), imperios inabarcables y decadencias más inabarcables aún, enfrentamientos cainitas cada ciertos años, odio a territorios del propio Estado, gritos a favor de las cadenas... todo ello aderezado por cierto espíritu de fatalidad y sujeto bajos sus faldas por una iglesia clasista y amiga del poder y por la Derecha más retrógada de Europa que se dedica a tratar de impedir cualquier ley que suponga un avance (ejemplo cachondo: unos de sus políticos más conocidos se oponían a la Ley del Divorcio y ya la ha usado tres veces) y cuyos miembros aún se sienten orgullosos (y herederos) de una dictadura fascista y/o pseudofascista que duró 40 años de nada.

Todo esto es tan largo y tan intenso en nuestra historia que este texto se queda en nada... 
Mejor vean la viñeta, y para los que no estén familiarizados con nuestra simbología les explico: el escudo que se forma en medio del puzle es el que Franco impuso durante su dictadura y que sus herederos tienen tatuado en el cerebro (?) y sacan a escondidas cada vez que pueden. Y al águila imperial que nos acoge entre sus garras a todos los españoles la voz del pueblo la llama 'el pollo'... lo demás es un sencillo juego de palabras.

Ahora, mientras dicen con la boca pequeña que apoyan al gobierno se dedican a tratar de sacarlo del poder aprovechando que el puto virus pasaba por ahí.

martes

Gracias Uderzo por alegrarnos la infancia

Dicen que Los Simpson previeron muchas cosas de las que ocurren en el mundo, y seguro que es verdad, pero yo llevo, desde que era niño, acudiendo a Astérix.

Sospechosos útiles


El amor casi siempre debilita una novela policiaca, pues introduce una especie de suspense contrario a la lucha del detective por resolver el problema. Es algo que falsea las cartas, y nueve veces de cada diez supone la eliminación de al menos dos sospechosos útiles. En este caso, la única forma de amor eficaz es la que añade un elemento de peligro personal al detective. Pero, al mismo tiempo, percibimos institivamente que se trata de un simple episodio. Un buen detective no se casa jamás.

 Raymond Chandler, Apuntes sobre la novela policiaca (1949)


lunes

Algo que me pasó (XI)

Ahora parece que ha pasado un millón de años, pero solo hace unas cuantas noches Joana olvidó sus llaves o las perdió, o primero las perdió y luego las olvidó. A las dos de la mañana estábamos delante de su casa rebuscando en cada bolsillo y en cada pliegue de nuestra ropa. Joana vació su bolso en el descansillo y durante un instante parecía que hubiera vaciado su memoria o su subconsciente. 
 Me produce mucha ternura cuando alguien pone a la vista de los demás detalles mínimos de su existencia, de su cotidianidad. Ese fue uno de esos momentos. Ente todos los pequeños objetos que rodaron por el suelo apareció una cajita de cerillas con el nombre de un pub cercano a la Gran Vía. 
La cogí sin pedirle permiso y recordé que en muchas películas policíacas el detective encuentra un hilo por el que seguir un caso en cajitas como aquella.
‒ ¿Y estas cerillas? Pensé que no fumabas.
‒ Hay muchas cosas que no sabes de mí- me dijo haciéndose la misteriosa y sin dejar de buscar.
‒ Creo que nunca he estado en ese bar.
‒ ¿Qué?‒ El pub este de las cerillas, que no lo conozco.
‒ Ah, yo sí lo conozco.
‒ ¿Vas mucho por allí?‒ le pregunté con un tono de hombre celoso.
‒ Trabajé allí hace unos meses… ya sabes soy una adicta al trabajo.
‒ Quizás estén allí tus llaves.
‒ ¿En el bar? ¿Por qué iban a estar en el bar? Hace meses que no piso por allí.
‒ No sé, ha aparecido esta caja, yo creo que es una señal.
‒ Si quieres vamos a tomar algo, pero no veo la señal por ninguna parte.
‒ Vale, seguro que aparecen por el camino.
Cogimos un taxi en Martínez Campos, me gusta ir en taxi por las noches, mirar a los transeúntes desde las ventanillas, ver a gente que nunca sabrá que has pasado a su lado, que les has visto que has compartido con ellos un trocito de espacio. Joana apenas miraba por la ventanilla, de vez en cuando miraba en el interior de su bolso y sacaba algún objeto inexplicable, o cogía su móvil lo encendía, miraba un rato la pantalla y volvía a apagarlo.
‒ Empecé a trabajar en el bar por Carlos.
‒ ¿Quién es Carlos?- le pregunté mientras miraba a una pareja de veinteañeros esperando para cruzar un semáforo.
‒ Carlos fue un novio que tuvo que irse de Madrid.
Sentí un pinchazo cerca del estómago, en una zona imprecisa que solo se manifiesta cuando recibo alguna noticia inesperada. Por suerte conseguí darle una respuesta neutra, de hombre maduro.
‒ ¿Por qué tuvo que irse?
‒ Carlos jugaba mucho… apostaba mucho, quiero decir, y una noche perdió un motón de dinero.
‒ ¿Poker?
‒ Ruleta.
‒ ¡Hostias! ¿Iba al casino?
‒ No, no ¿qué casino?
‒ ¡Yo qué sé! A Torrelodones…
‒ Carlos jugaba a la ruleta en el bar. El pobre se dejaba el sueldo todos los meses.
‒ ¿Se apostaba el sueldo?
‒ Fue un invento de Javi, uno de los dueños… 
‒ ¿Teníais una ruleta en el bar?
‒ Javi nos ofrecía la posibilidad de jugarnos el sueldo a doble o nada.
‒ ¿De verdad? No me lo puedo creer...
‒ Créetelo, hasta yo me lo jugué una vez.
‒ ¿Ganaste?
‒ ¿Tú me ves cara de ganar a a ruleta?
‒ ¿Perdiste tu sueldo?
‒ Bueno, nadie me obligó a jugar.
‒ Alucinante, el tío ese...
‒ Javi.
‒ El Javi ese de los cojones, le ha dado una vuelta de tuerca más al capitalismo, ha inventado el azar en la plusvalía.
Yo estaba muy excitado y tuve que bajar la voz, el taxi paró en un semáforo, un grupo de chicos y chicas pasaron riéndose y empujándose hasta que uno de ellos cayó contra el capo de taxi, entonces el taxista bajó la ventanilla y le insultó, los chicos se enfrentaron a él y el conductor empezó a gritarles y amenazó con bajarse del coche, por suerte el semáforo se puso en verde y el resto de conductores comenzaron a pitar.
‒ No te pongas así, la estupidez humana es así, no puedes sentirte mal por lo que hagan los demás. 
No entendía nada, creía que Joana se refería al episodio de los chicos con el taxista, pero yo no quería decir nada para evitar una situación desagradable con él.
‒ A penas se ha apoyado contra el capó del coche‒ le dije a Joana en voz muy baja.
‒ Me refiero a que nos jugáramos el sueldo en la ruleta, todos somos mayorcitos.
‒ Ya, pero la ruleta pertenecía al tal Javi... a ver, ¿alguna vez ganó alguien?
‒ Pues claro.
‒ Ya... ¿cuántas veces?
‒ No lo sé, pero Javi no es tonto, si no dejaba ganar alguna vez nadie volvería a jugar.
No pude por menos que echarme a reír y Joana también se rio a carcajadas, hasta que se dio cuenta de que estábamos en un taxi y guardó silencio, quedaba poco para llegar a Plaza España y yo sentí unas ganas enormes de conocer a ese genio de la economía lúdica.


domingo

Historia de España II

“Tenemos que adaptar nuestros modos de vida”, dice el rey. Posteriormente, ha salido riéndose a su jardín de 2.000 metros cuadrados.

Marina Lobo

sábado

Sor Goretti

No hay nadie en las calles de Madrid. Por eso mismo, los cuatro gatos que salimos lo hacemos en pelota picada, más contentos que una chinche. Incluso Sor Goretti, madre superiora del vecino y anejo Convento de María Auxiliadora de los Kommandoführer, con la que me cruzo. Meditación: o ya empiezo a estar majara de soledad, o me imaginaba, erróneamente, que sor Goretti era mayor de lo que aparenta. 

Hoy, por otra parte, he solicitado un permiso del Ministerio del Interior para salir a la calle e ir a comprar un soplete de presión y, ocho gestiones, matasellos y permisos después, he conseguido practicarle el butrón a mi estanco clausurado.

Importante: pinta que la crisis del WC se va a solucionar. O, al menos, el presi Torra ha dado órdenes a William Bligh, capitán del HMS Bounty, para que vaya a Tahití, en nombre de la Humanidad, y recolecte cientos de árboles del papel higiénico. Se inicia una Edad de Oro para el tisú en Occidente.

Recordar para no volver a fallar


Va a venir un muy mal momento para la gente que se irá al paro y las familias que sufrirán esto. Y un momento buenísimo para recordar que la banca todavía nos debe un rescate que nunca devolvió. Que se saque de donde haga falta, pero que no se vuelva a dejar tirada a la gente.

Así estamos


jueves

Historia de España

"A rey muerto, rey puesto. Con el rey Juan Carlos muerto socialmente desde el pasado domingo, el marketing monárquico pedía que Felipe VI saliera en aparición estelar a conectar con el sufrimiento del pueblo..."

Revista Contexto y Acción. Periodismo en libertad. 

Algo que me pasó (X)

- Mi mayor secreto es que soy una ladrona.

El tiempo había empeorado, el cielo tenía un gris intenso y en la claraboya del baño habían empezado a caer unos goterones que golpeaban el cristal sin compasión.

- ¿Eres una ladrona y no me habías dicho nada?

Yo estaba recortándome la barba frente al espejo del baño, Joana hablaba sumergida en la bañera, la temperatura era cálida y olía a mil potingues distintos, como tiene que oler un cuarto de baño.

- No te burles, estuve mucho tiempo robando, fue una época muy mala en mi vida, siempre con miedo a que me cogieran.

- ¿Quién te buscaba? ¿la policía?- La policía, el ejército, investigadores privados... yo que sé.- ¡Estás tú buena...!- ¿No te lo crees?- ¿Tú te has visto? Pues claro que no.

Joana se empezó a mirar las manos lenas de espuma, y buscó su reflejo en el espejo.

- A ver... retírate un poco para que pueda verme... No sé yo me veo perfectamente capaz de ser un ladrona.

- Una ladrona enjabonada, muy escurridiza, sin duda.

- Sí que soy escurridiza, nadie me atrapó nunca, ya te digo.

- Te atrapé yo.

- No rico, tú que vas a atrapar, fui yo la que te atrapé a ti.

- Eso sí es verdad.

Joana salió de la bañera, si no fuera una cursilería diría que era igual que la Venus de Botticelli, pero sin los cabellos tan largos como para cubrirse. Sus pasos mojados sonaban como los de un animal saliendo de una charca, se acercó hasta mí y me rodeó con sus brazos. Los dos quedamos enmarcados en el espejo.

- Todavía no me has preguntado qué es lo que robaba.

- ¿Corazones?

- No seas cursi.

- ¿Diamantes?

- No seas simple.

- ¿Tréboles?

- ¿Te estás riendo de mí?

- Solo quedan picas.

- Sí, creo has acertado                                                                        

¿Crees?

Y tras quitarme las tijeras de la mano tapó mi boca para que callara de una vez.


miércoles

Pactar con el diablo


- ¡Hola! ¿Cómo estás?
Una chica sonriente de acento argentino, envuelta en un abrigo gris y con un gorro de lana, me paró por la calle. El gesto de mi cara debió ser un poema porque enseguida se dio cuenta de que no la conocía.
- ¡No me digas que no te acuerdas de mí!
- Lo siento... no te recuerdo.
- ¡Oh, que disgusto me das!- bromeó.

Yo trataba de recordar a toda prisa, su cara me sonaba, sí, pero era incapaz de acordarme de ella..

- No, ahora mismo no caigo, lo siento.
- No te preocupes, han pasado muchos años... pero tú has debido hacer un pacto con el diablo, ¡estás igual!

Aquella chica sabía cómo hacer sentir bien a alguien que ni siquiera la recordaba.

- Bueno sí, el otro día me dijo lo mismo una amiga del instituto con la que encontré- le dije sin pensarlo, como si yo hubiera tenido alguna vez amigas en el instituto.
- Yo soy Beatriz- y se acercó hasta mi para darme dos besos- soy amiga de Antonio.
- ¡Antonio! -dije,contento por recordar a alguien- ¿sigues viéndolo?
- ¡Que va! Hace mil años que no veo a nadie.
- ¿Has estado fuera de Madrid?
- He estado fuera, he vuelto... llevo aquí ya mucho tiempo, pero es difícil volver a ver a los viejos amigos.
- Es verdad yo a Antonio también hace mucho que no le veo.
- Me habían dicho que estuviste saliendo con su hermana, con...
- Con Elena, sí, sí, estuvimos juntos un par de años.
- ¿Un par?
- Sí, un par- sonreí, nervioso.
- Un par... qué bueno, como unos zapatos, o unos pendientes.

La mirada de Beatriz era entre divertida y acusatoria.

- Hace también mucho tiempo que lo dejamos.

Beatriz cruzó los brazos, en una mano llevaba una bolsa con el asa de cuerda trenzada , como las que dan en las perfumerías.

- Nos conocimos en una asamblea, el último año de facultad, cuando las huelgas.
- Ah sí, las huelgas.
- Tú eras de un sindicato de estudiantes y yo pensaba que erais unos blandos, no creía una sola palabra de lo que decíais.
- Creo que empiezo a acordarme de ti.
- Haz memoria, siempre he llevado gorro.
- Me acuerdo, llegaste con Antonio a la asamblea de la facultad de Medicina, llevabas un gorro rojo y una falda muy corta, enseguida pediste la palabra.
- Y tú no me la dabas nunca.
- Y te subiste en el pupitre y empezaste a dar voces... y me amenazaste con tirarme un zapato.
- Sí. -Beatriz empezó a reír con ganas- esa loca era yo.
- Bea, la roja.
- Sí... Bea la roja.
- Estás desconocida Bea.
-Tú también, Roberto.
- Sí, yo también.





martes

Algo que me pasó (IX)


Ahora tenemos tiempo para hablar y para tocar.

Hemos visto una  película en la que los protagonistas comían fresas y bebían champán y se nos han antojado como a una embarazada. No ha habido manera de encontrar fresas, pero Aurora guardaba en su despensa varias botellas de cava. Ha sido un descubrimiento más importante que el de la telefonía móvil, nos hemos puesto a enfriarlas en el congelador y de vez en cuando íbamos a tocar las botellas como el que va a ver a un bebé dormido.

Aurora que, definitivamente, es la mejor amiga que alguien pueda tener, nos ha dejado dos tumbonas de rayas azules que hemos colocado en la terraza, junto a la que ella utiliza para escandalizar al vecindario, y los tres hemos tomado el sol durante toda la tarde del domingo, hasta que nos hemos quedado dormidos con el rumor del silencio en la calle, en oleadas directas desde la Castellana.

A veces sentía la necesidad de ver las noticias en el móvil o poner la tele, pero cada vez que tenía esa tentación, Aurora me acercaba una copa y Joana me miraba con esos ojillos rasgados donde quizás me quede encerrado más tiempo del que pensaba.

El lunes anuncian lluvia.



Escritores en casa

Los escritores llevamos unos cuantos miles de años quedándonos en casa, sin salir, en soledad solidaria. La literatura cura a la gente desde la noche de los tiempos. 

Carlos Marzal

domingo

La dimensión paralela C19

Estamos surcando una dimensión paralela.

Hay un país que sigue surcando el mes de marzo de forma natural, trabajando, riendo, llorando, saliendo a la calle, odiando y amando. Y hay otro que es el de esta dimensión en la que nos encontramos, que se dedica a ver las noticias y comprar de forma compulsiva en los supermercados.

Estamos creando un pliegue en nuestra historia que tendrá consecuencias que ni imaginamos. ¿Dónde estaríamos si no hubiera llegado esta broma de la historia? Seguro que no comprando como locos, seguro que nos habrían ocurrido millones de cosas, muchas de ellas malas y muchas otras no tan malas, seguro que estaríamos mejor.

Mientras tanto exploremos esta dimensión paralela como el que explora un nuevo mundo, estad atentos porque pasarán cosas vulgares y extraordinarias.

sábado

Madrid cerrado


Enfilar la calle de la Ruda rumbo a la plaza de Cascorro resulta descorazonador, si no fuera porque pensar hoy en que te quedas sin tus cañas resulta mezquino. 
Cascorro, zona cero del Rastro, vacío. Los Caracoles, nada. El plan b es moverse hacia plaza de la Cebada, algo que regularmente se hace porque no hay sitio aquí. La cafetería San Millán, frente a la parada de taxis, está abierta. En la barra se acodan tres parroquianos que, por su forma de trabajar las consonantes, deben llevar ahí unas cuantas horas. Uno le cuenta a otro que ayer alguien se enfadó porque lo tocó en el metro. Otro nos dice que la solución a esto se halla en las drogas, que los camellos tienen el antídoto.

Cruzamos la plaza de la Cebada (cuatro humanos con papel higiénico). Enfilamos la Cava Baja (dos humanos más con papel higiénico). “¿Te tomas la última con nosotras?”. La puerta de un local moderno, tres jóvenes aún invitan a los transeúntes a entrar en al bar. “A ver, yo cierro a medianoche. Si me dejan quedarme más, me quedo”, nos dice el camarero mientras nos sirve una cerveza con guantes azules. Aquí solo hay jóvenes y casi todos extranjeros. “Tío, tú sabes que esto es como una bomba de esas químicas. Ahora todo bien, pero si explota… Solo con respirar moriremos”, nos cuenta Mark, un inglés que está junto a dos amigos y que tiene frente a sí tantos vasos de cerveza medio llenos que, tras hablar, le cuesta decidirse de cuál beber. Al lado, una pareja estadounidense sorbe cócteles y se enseñan el uno al otro las fotos que se acaban de sacar. “Es la primera vez que salimos del Airbnb desde que llegamos. Teníamos miedo, pero hay que salir, estamos de vacaciones”, nos dice ella. Le contamos que hoy cierran los bares. Sonríen. Viajar es sonreír. Salimos.”Nos vemos en 15 días”, nos grita una de las chicas que siguen apostadas en la puerta.

Xavi Sancho, Adiós a las barras

Si quieres hacer reír a Dios cuéntale tus planes

"El cielo y la tierra son implacables. Los seres de la creación son para ellos meros perros de paja. Si los seres humanos perturban el equilibrio de la tierra serán pisoteados y abandonados".


"Yo compararía a Kant con un hombre que tras intentar toda la noche conquistar a una belleza enmascarada en un baile, cuando esta por fin se despoja de la máscara, descubre que se trataba de su mujer". (Schopenhauer). La esposa que se hacía pasar por belleza desconocida era el cristianismo. Hoy es el humanismo.


En los últimos cientos de años, la religión ha decaído, pero nosotros hemos seguido obsesionados con la idea de imprimir un sentido humano a las cosas. La actitud dominante ante la vida ha sido un idealismo secular: la vida espiritual no es una búsqueda del sentido, sino una liberación de todo significado.Los demás animales no necesitan propósito alguno en su vida. Siendo, como es, una contradicción para sí mismo, el animal humano no puede vivir sin uno. ¿Tan inconcebible nos resulta que el objetivo de la vida sea sencillamente ver?

John Gray

miércoles

Exponencial

El coronavirus consiguiendo lo que no pudo hacer la CNT: mejora exponencial en derechos laborales y caída del capitalismo.

Carlos Boyero

Llamadas reales

Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar.

Paul Auster, Ciudad de cristal, La trilogía de Nueva York

martes

De cuando bajabas por mi calle

Bajo un poco mi calle y está otra asomada a la ventana que te dice siempre lo guapa que vas y lo bien que te sienta el pelo hacia atrás, así como decía mi abuela, "sin que te tape esos ojos, niña" y yo que voy recién maquillada y me siento tan bien le digo que qué razón tiene y entre risas, me dice que qué arte que tienes, que solo me asomo para mirarte. 

lunes

Ficción en movimiento

Uno de los personajes define el libro en el que está trabajando como una "novela estroboscópica". Dice tratarse de una ficción repleta de ternura y violencia, de sexo y arbitrariedad, de azar y destino. 

(...) El principio del estroboscópico es la repetición de fragmentos, de figuras parecidas, no idénticas, porque en la diferencia radica la percepción del movimiento cinematográfico.

Arturo García Ramos, La perfección inconclusa

sábado

Vuelvo en cinco minutos

En el sueño eterno, la eternidad
es lo mismo que un instante.
Quizá yo vuelva
dentro de un instante.

Antonio Porchia

Algo que me pasó (VIII)

- Entré a trabajar en la casa de Rosa y Antonio con veinte años. 
- ¿Los conocías de algo?
- Me los presentó un amigo, sabía que ellos estaban buscando una chica y les habló de mí.
- No sabía que habías trabajado de empleada de hogar.
- He trabajado de muchas cosas, Roberto, si afinas bien los oídos tendrás para unos cuantos relatos, eso sí, todos surrealistas.

Aurora se echó a reír, tenía una risa limpia y fresca, como el agua de un arrollo, y perdón por la metáfora. Estábamos sentados en un sofá verde muy viejo y muy cómodo que tiene en la cocina, ella en una esquina cubriéndose el pecho con un cojín, yo en la otra agarrado a mi taza de café, y Joana sentada a la mesa central rellenando impresos y repasando las cuentas de su trabajo.


- Era una pareja de unos cuarenta y pico años, pero parecían mucho más jóvenes, él era un hombre atractivo, simpático, vestía muy bien, llevaba siempre ropa cara, zapatos muy buenos, y un reloj enorme con muchas agujas...
- ¿Y ella? 
- Ella era guapa, pero un poco rara, era de piel muy blanca, muy rubia, no parecía española. Tenía un acento raro, pero nunca hablaba de su origen. Estoy segura de que no se llamaba Rosa.
- ¿Se llevaba bien contigo?
- ¿Ella? Sí, me trataba con mucha familiaridad, era más joven que él y le gustaba hablar conmigo, decía que yo la entendía mejor que su marido.
- ¿A qué se dedicaban?
- Pues tardé en darme cuenta.

Joana se levantó de su silla fue hasta los fogones y se sirvió una taza de café. Aurora la mira, deja su historia y le habla marcando su acento del sur.


- Joana, ¿sabes que eso es café?
- Sí, voy a ponerme un poco,
- Vale, mi amor, es que la última vez dijiste que no pudiste pegar ojo en toda la noche.
- Eso solo me pasa si lo tomo muy tarde.
- Son más de las nueve.

Joana miró el reloj de la pared, marcaba las nueve y cinco, puso un mohín de niña contrariada.

- No sabía que era tan tarde, pero creo que lo voy a tomar, tengo mucho que hacer esta noche.
- Tienes el azúcar en el armario.

Mientras Joana echaba azúcar en el café dejé de oír a Aurora que debía continuar hablando del oficio misterioso de aquella pareja. 


Cada gesto de Joana me parecía único y mis sentidos se concentraron en esa escena como si quisiera conservarla para siempre. Su brazo derecho alargándose hasta la puerta verde del armario de la cocina, el tarro de cristal con tapa plateada que desciende hasta la encimera, el gesto de girar la tapa, la cucharilla que penetra en la montaña de azúcar blanco, que se hunde y sale rebosante, que planea unos centímetros cargada hasta arriba, que vuela, que vuelca en el centro de la taza de café, que absorbe los cientos de granos ínfimos, y el rostro concentrado de Joana, sus orejitas con dos pendientes mínimos cada una, su boca pequeña, sus ojos rasgados... Y después la operación que se repite, que continúa con  la segunda cucharada.


- Si quieres comer algo tengo unos pestiños increíbles en esa bandeja.
- ¡Me flipan los pestiños!- dijo Joana tan contenta como si le hubieran ofrecido un pedacito de cielo.
- ¡Y a mí!- grité como un niño.
- Pues vamos a hacer más café y nos pegamos un atracón a pestiños.

Joana movía la cucharilla como si le diera cuerda al tiempo, tuve que buscar algo que decir para volver a ese instante.


- Los pestiños me recuerdan la casa de mis abuelos.

- Los pestiños son un pedacito de cielo.- dice Aurora, y siento que esa mujer tiene alguna clave sobre la vida o sobre la felicidad o quizás sobre algo importante que no sé qué es, pero que debe tener que ver con aquellos dulces bañados en miel y con el café caliente.

viernes

Algo que me pasó (VII)

Todo lo que tememos acaba cumpliéndose. 

Esa mañana había llovido, a mediodía salió el sol y después de comer se quedó un rato parado en el cielo, como si hubiera olvidado su camino. 
Aurora estaba radiante, iba descalza y llevaba un vestido rojo, muy ligero, a juego con su boca y con sus pies.

‒ La luz de mi tierra es más dura, más poderosa, el sol aparece sin miramientos, si no te llevas bien con él te golpea y te devora.
‒ Como un ogro.
‒ O como un padre.

La terraza estaba desierta, al fondo una sábana ondeaba muy sola, como una bandera pidiendo la rendición, abajo el murmullo del tráfico y arriba el sol invernal, sencillo y amable de Madrid.

‒ Los veranos los pasábamos en la orilla del río.
‒ En Andalucía sois unos clásicos.
‒ Tienes razón, antes al menos en los pueblos…
‒ Lo olivos, el sol machacante, la tierra árida, el zumbido de las moscas, el pan, el agua fresca, los tomates cortados en rodajas…
‒ Bueno, lo más clásico que tenemos es el río.
‒ Me flipan los ríos muy caudalosos… me impresionan mucho, casi me dan miedo.
‒ El río de mi pueblo no da miedo, es un río chico, con poca agua en verano.
‒ ¿Cuántos años tenías?
‒ ¿Aquel verano? Acababa de cumplir dieciséis.
‒ Ya habrías bajado otros veranos ¿no?
‒ Llevaba bajando al río toda la vida. Desde chica, con mis padres y los abuelos, con todos mis hermanos y los primos…
‒ Aquí no sabemos de nada de eso.
⎼ No importa, cada sitio tiene sus cosas.
⎼ Es verdad⎼ Le mentí.
‒ Desde muy jovencita iba con mis amigas y los primeros chicos.
‒ ¿No has vuelto?
‒ Volví hace un par de años.
‒ ¿Y qué tal?
⎼ Había tantos recuerdos en el ambiente que casi me desmayo.
‒ ¿Recordaste todo?
‒ Como si hubiera ocurrido esa misma mañana.
‒ Ya sabes, el tiempo queda atrapado entre los olores.
‒ Buf… el tiempo quedó destrozado en aquella orilla.

Aquella tarde Joana había ido a su primer ensayo, se había comprado unos zapatitos blancos de tacón bajo y unas medias brillantes. Me pareció que dentro de muchos años me acordaría de esas medias y eso zapatos.

‒ Yo nunca he visto un ahogado.
‒ Era un muchacho muy fuerte y muy guapo, lo conocía del instituto y había hablado con él un par de veces en las fiestas del pueblo, se llamaba Felipe y conocía mucho a mi hermano mayor.
‒ Qué putada.
⎼ Siempre llevaba un arete en la oreja izquierda.
‒ La gente mayor decía que el río era peligroso en la zona de la chopera, que había pozas y que en la guerra arrojaban allí los cuerpos de los fusilados.
‒ ¿Por qué se metió allí? ¿No lo sabía?
‒ Por impresionarme.

Cuando pronuncia esa palabra Aurora se levanta de la tumbona y mira a poniente, el sol sigue allí arriba, esperando a que ella acabe de hablar para moverse. Yo no me atrevo a decir nada.

‒ Felipe sabía que en el pueblo nadie cruzaba el río por esa zona, ‘la poza los muertos’ la llamaban.
‒ Pero él no era del pueblo, a lo mejor no lo sabía.
‒ Sí lo sabía.

Aurora habla de espaldas, su vestido tiene el color naranja del sol de última hora.

‒ Tú no tuviste ninguna culpa.
‒ Sí, Roberto, yo le exigí una prueba.
‒ ¿Una aprueba?
‒ Por aquella época nadie que no lo mereciera se podía acercar a mí.
‒ No creo que…
‒ Créelo Roberto, desde ese día dejé bajé el listón.
‒ No te maltrates Aurora.

Y Aurora se da la vuelta con los ojos secos y el sol, muy naranja, comienza a moverse al fin.



martes

Pedazo de vida

Trueba, amante de epopeyas soñadas habla de lo que ve, con ternura, con sarcasmo, con frescura, sin solemnidad, sin buscar salidas definitivas, sin pedir nada, con inteligencia. 'Ópera prima', comedia, pedazo de vida, pureza en movimiento, salto al ruedo sin caparazones que espanten el peligro.

lunes

Aquí mis amigos no pagan

La gente pasa de la política, sólo quiere coca. 

El liberalismo es el que modifica la geografía turística del mundo. Y lo hace en función de todos nosotros, la clientela.


Bertín es gilipollas.


Estoy hasta los cojones de este fascismo desenmascarado y su censura. Nos hemos vuelto locos.


No conozco ninguna sensación tan gozosa y terapéutica como la risa. Me parece un acto de afirmación en la vida, la constatación de que tu ánimo se ha puesto de acuerdo con ella.


Atraco a las tres” es desternillantemente buena. Siempre me río mucho con ella. El reparto de actores es genial. José Luis López Vázquez era muy grande. Es una película espléndida.


Hermanos de sangre” es como ver ocho maravillosas películas bélicas de una hora. Es una de las mejores cosas que se ha hecho sobre la guerra.


Perfect Blue” es siniestramente poética, todo un thriller psicológico magnético y 

potente.

¿Por qué ese odio hacia mi persona? Sólo escribo lo que me hace sentir cada película. Os detesto.


Carlos Boyero

Leer

Muchas de las cosas que pasan en España y en el mundo se explican por la desinformación profunda. No hay conocimientos ni de historia general ni de literatura ni de arte ni de filosofía, etcétera.  Una especie de adanismo tribal. La gente se lo cree todo porque no lee nada.
Manuel Vilas

domingo

Montserrat

Se llama Montserrat porque su madre era muy devota de esa Virgen, es boliviana y llegó a Madrid en junio de 2006.
Vive muy cerca de mi casa, compra el pan en la panadería donde lo compro yo, cuida a una anciana justo en el piso que hay encima del bar donde, los días pares, tomo una caña y, los domingos un vermut con la misma devoción con la que los beatos van a misa. 
La conocí de tanto cruzarnos por el barrio, de tanto verla de acá para allá. Un día le escribí un cuento en la que le inventé un nombre andino y un pasado lleno de tierras altas y días mágicos en un barrio pobre de La Paz. 
Todo fue mucho mejor cuando la conocí, su realidad trastornó mi imaginación y convirtió mis cuentos en papel mojado. 

Montserrat me llama poeta y yo, aunque no lo soy, una tarde le escribí un soneto que le hizo sonreír, aunque no le gustara.
Dice que escucha a Sabina, que lee a Lorenzo Silva y me recomienda que deje la autoficción y que escriba novela policíaca. 
La última vez que tomamos un vermut me contó un par de secretos y, al hacerlo, le salieron unas manchitas rojas en las mejillas, se lo dije y se ruborizó tanto que se tuvo que marchar a casa.
Montserrat tiene un acento tan suave que ha adoptado las ces castellanas a su vocabulario. Cuando me la encuentro acompañada de sus compatriotas me mira con cierto orgullo y, después de pasar a mi lado, oigo unas risitas frescas, descaradas y vergonzosas de adolescente.
No sé su edad exacta ni ella sabe la mía.
Una mañana, después de que Montserrat terminara su trabajo de pasear a los perros, y antes de pasear a su anciana, la invité a comer a casa y le regalé uno de mis libros. Por la noche me escribió un wahtsapp "Me gustó más el almuerzo que el libro, aún te falta cocción, poeta".



Minúsculo


Tardé mucho en comenzar a escribir, tenía muchas cosas en contra. Mis modelos eran autores del siglo XIX, Chateaubriand, Hugo, con una lengua obsoleta pero también de gran estatura —con excepción de Rimbaud, que era un proletario como yo— y de ego desproporcionado. 
Pensaba que nunca podría hacer algo parecido. También tenía la limitación de mis orígenes proletarios, el hecho de que no había pasado por la Escuela Nacional Superior, que solo tenía una licenciatura terminada a duras penas. Quizá también mi tendencia natural al fracaso, que he ido superando poco a poco. 
Pierre Michon

sábado

Preguntas por la gente

Se trataba de uno de esos hoteles situados en medio de ninguna parte, rodeado por unas seis autopistas, ante el que pasas y te preguntas quién se alojará ahí y por qué.

Peter Cameron, This Pain Will Be Useful To You

Situaciones cotidianas




Situaciones cotidianas que se tuercen por  una jugarreta del destino, relaciones personales que llegan a ser bizarras son una constante...

Muchas de estas historias me han sucedido personalmente, o a amigos, o a familiares. Algunas veces he exagerado un poco el desenlace... pero no mucho.
Miguelanxo Prado

viernes

Mujeres felices

A veces me mandan emails, no todos son amistosos pero me gusta recibirlos, me hacen pensar, me hacen reír, y algunos los he publicado porque creo que merecen la pena.
Pero el miércoles recibí una llamada. No sé como consiguieron mi número, creo que debieron empezar a rastrear por Internet y acabaron desembocando en una pequeña asociación cultural en la que hace un par de años organicé un taller de escritura. Allí preguntaron por el profesor, y la secretaria que es una mujer estupenda, mayor y confiada le dio mi móvil.
Eran las cuatro o cuatro y media de la tarde y yo estaba remoloneando en el sofá, había  quedado en ir con un amigo a una exposición y tenía un par de artículos pendientes. Estaba cambiando de canal con el mando cuando sonó el móvil. Ni siquiera miré la pantalla, supuse que era Joana para quedar esa noche o Luis diciéndome que no podíamos vernos.
- ¿Roberto?
La voz era familiar, pero a menudo las voces telefónicas son familiares porque enseguida le ponemos una cara inventada que les queda como un guante. La mía era la de una mujer joven y pelirroja, con el pelo recogido y vestida con una camisa de hombre.
- Sí, soy yo, dime.
Aún creía que la conocía, debe ser por eso que seguí repatingado y que cambié de canal una vez más.
- Hola, mira no me conoces.
Su cara cambió, pensé que era una teleoperadora y que iba a venderme algo, me entró un pereza tremenda, pensé incluso en decir que sí a lo que me ofreciera.
- No sé -dije confundido- ¿quién es?
- Me llamo Marian.
Comencé a imaginármela de forma distinta, la cara más afilada, los ojos pequeños.
- Vale, ¿qué puedo hacer por ti?
- No me conoces -insistió y me intranquilizó que lo reiterara, que le diera importancia al hecho de que no no la conocía- pero yo sí... yo sí te conozco.
Hizo una pausa, su cara volvió a cambiar, volvió a ser pelirroja y sentí un cosquilleo raro en el bajo vientre, me reincorporé, pensé en colgar, pero no lo hice, en lugar de eso interpreté el papel de  hombre curtido.
- ¿A ver Miriam cuéntame, por favor, que tengo cosas...
- Marian.
- Disculpa Marian...
Aquello empezaba a ser muy extraño, me llamaba una mujer desconocida, me interrumpía en mi propia casa y era yo el que pedía disculpas.
- No te disculpes, la verdad es que me apetecía mucho hablar contigo.
La pelirroja empezaba a preocuparme, por una parte el hecho de que solo estuviera al otro lado del teléfono me tranquilizaba, pero las palabras caían como gotas gruesas sobre mí.
- Vale... ¿y qué puedo hacer por ti Marian?
- Me gusta mucho tu blog, te leo siempre.
- Gracias.
- También me... -Marian sacó fuerzas para acabar la frase- gustas tú.
Cuando no se sabe que decir lo mejor es no decir nada, o decir gracias que es lo que más se parece a no decir nada.
- Gracias.
- Gracias a ti, por tu blog y tus libros... ¿sabes una cosa? te vi en la biblioteca de xxxxxx el sábado pasado.
Me acojoné, es cierto que había estado en aquella biblioteca, había sido invitado por su club de lectura y pasamos una tarde muy agradable hablando de realidad y ficción.
- Me alegra mucho... qué bien... Escucha Marian, tengo que salir y... me ha encantado hablar contigo.
- ¿Podríamos vernos Roberto?
Sentí una punzada en algún lugar de mi abdomen, creo que me temblaba la voz.
- Lo siento. No creo que... bueno no quedo con desconocidas.
No debí decir eso, pero ese tipo de conversaciones son como un campo de minas y antes o después pisas una y mueres o sales herido.
- No me hagas eso Roberto, por favor, tú no.
-¿El qué? 
- Evitarme.
- No te evito, no es personal, te digo con claridad que no quedo con nadie.
- Te leo siempre. Tus artículos, el blog... Tus cuentos me ayudan mucho.
Debí sentir algo parecido al orgullo, pero el miedo era más fuerte, me sentía desnudo, vulnerable ante aquella voz.
-Ya , bueno gracias...
-Y sé que quedas con mujeres.
-¿Con mujeres?
- Sé tu historia con Joana.
¿Joana? Dios santo, Joana ¿por qué escribiría sobre ella? Estaba cagado, pensé en borrarlo todo. Traté de rehacerme.
- Está bien, está bien... mira te diré una cosa,un secreto que espero sepas guardarme...
-¿Sí?
- Joana... no existe.
Otra bomba. Otra mala pisada. Otra herida de muerte.
-¿Me quieres hacer pasar por tonta?
- No, no...
- Sé que existe.
- No, no, es ficción es...
- ¡Os he visto! ¡joder! 
Nos había visto.
- No puede ser, no puedes habernos visto, Joana es una invención.
- No me trates como a una loca Roberto -gritó- ¡No me trates como a una loca!
Tenía el botón con el telefonito rojo brillando en mi móvil, solo tenía que pulsarlo, pero traté de salvar algún trozo de aquella conversación, de aquella tarde.
-No me lo estás poniendo nada fácil.
-¿Qué? ¿qué? -cada vez gritaba más y podía oír su respiración agitada, sentir sus dientes, ver sus ojos muy abiertos, fuera de sí- ¿qué? ¿qué? ¿qué?
Colgué.
Colgué, puse el dedo pulgar en el botón  de apagado y desconecté el móvil.
Me quedé inmóvil en mi sofá, en la tele aparecía una mujer muy feliz utilizando un dentífrico muy bueno. Pensé que las mujeres no son tan felices. Pensé en Joana, ella tampoco parece muy feliz. Pensé en Marian, ella ahora era muy infeliz por mi culpa, pensé en muchas mujeres, algunas ya no estaban y otras creía haberlas olvidado, y pensé que a todas las había hecho infelices y me sentí mal, muy mal. 
Prefiero los emails.







miércoles

Máscaras

Un ejemplo supremo de esta comedia ontológica ocurrió en diciembre de 2001 en Buenos Aires, cuando los argentinos ocuparon las calles para protestar contra el gobierno y especialmente contra Cavallo, el ministro de economía. Cuando la multitud se reunió ante el edificio en el que vivía Cavallo, éste se escapó usando una máscara con su propia cara (que se vendía en casas de disfraces para que la gente pudiera burlarse de él poniéndose su máscara). Pareciera como si finalmente Cavallo hubiera aprendido algo del difunto movimiento lacaniano argentino: el hecho de que una cosa es su propia y mejor máscara.

Slavoj Zizej, Visión de paralaje (2005)

lunes

Marley estaba muerto

Marley estaba muerto, eso para empezar. No hay ni la más mínima duda. El certificado de su entierro había sido firmado por el sacerdote, el funcionario, el enterrador y el presidente del duelo. Scrooge lo firmó; y el nombre de Scrooge, en la Bolsa, era una garantía de cualquier cosa sobre la que él decidiera poner su mano. El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Ojo!, no quiero decir que yo sepa, por propia experiencia, qué hay de particularmente muerto en el clavo de una puerta. Podría haberme inclinado, por mi parte, a considerar el clavo de un ataúd como el artículo más muerto del universo de la ferretería. Pero el lugar común contiene la sabiduría de nuestros ancestros; y mis indignas manos no osarán perturbarla, o si no la patria se disolvería. Así que ustedes me permitirán que repita, enfáticamente, que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
Charles Dickens

sábado

El cielo que tenemos debajo

Ese cielo de Madrid (...) es el que guarda los sueños de todos los madrileños y de quienes, sin ser de aquí, cada día llegan a esta ciudad para conquistar el cielo. No el que nos cubre, sino el que debajo de él todos tenemos. Porque a Madrid, al contrario que a otras ciudades, la gente viene para conquistar el cielo.
Julio Llamazares


martes

Algo que me pasó (VI)

El martes llovió y aprovechamos para subir a ver a Aurora.

‒ Mi madre me llamó así porque cuando estaba embarazada soñó con su abuela y le pidió que me pusiera ese nombre. Siempre se debe hacer caso a lo que nos piden los muertos.

Aurora tiene una edad indeterminada, quizás se quedara atascada en los treinta y siete, tiene un acento del sur muy suave, siempre va descalza y lleva las piernas al descubierto. Hace unos años un hombre le hizo un chantaje extraño que nos contó mientras merendábamos en la cocina de su casa.

‒ ¿Y has adivinado por qué quiso tu abuela que te llamaras así?
‒ Aún no, pero estoy segura de que lo averiguaré.

La lluvia golpeaba contra las sábanas blancas tendidas frente a la ventana provocando un sonido sordo, como de dedos mojados. Joana se metió un trozo enorme de tarta de chocolate en la boca y comenzó a hablar.
‒ Aurora es muy popular en el vecindario.
‒ ¿Ah sí?- dije sin poder apartar los ojos de su boca manchada.
‒ Toma el sol desnuda en la terraza.
‒ ¡Vaya manera de presentarme, Joana! ¿Qué va a pensar este chico? Además solo lo hago de abril a septiembre.
‒ Esos meses son temporada alta en la terraza, Aurora tiene un montón de público.
‒ Eso es verdad. Voy a tener que empezar a cobrar entrada.
‒ Buena idea, ‒traté de intervenir‒  podemos poner una taquilla en la puerta.
‒ No estaría bien, mi público es muy discreto, miran desde las ventanas de sus casas o desde la terraza de enfrente, solo algunos se atreven a subir hasta la terraza con alguna excusa.
‒ ¿Qué excusas utilizan?
‒ Suelen venir a tender la ropa, a fumar o a tomar el aire. Alguno finge que se le ha perdido algo.
Creo que podía entender a esa panda de mirones, pero me hice el hombre digno.
‒ ¡Qué morro! No me lo puedo creer…
‒ Oh, no, no. No pasa nada, están en su derecho, si les gusta es normal que miren. Y se portan correctamente, muy educados.
‒ Menos mal. En realidad creo que yo haría lo mismo.
‒ ¿Y qué excusa pondrías?‒ Preguntó Joana con la sonrisa maliciosa, era la primera vez que le veía una sonrisa así.
‒ La de fumar, claro. 
‒ Claro… Oye Aurora, ¿sabías que Roberto y yo nos conocimos en un estanco?
‒ No está mal, a todas mis parejas las he conocido en sitios extraños.
‒ Me interesa mucho.
‒ Roberto es escritor, ten cuidado con lo que le cuentas o saldrá publicado.
‒ No, no. Soy un escritor discreto, siempre cambio los nombres a mis personajes.
‒ Ah, qué interesante, ¿a mí como me llamarás?‒ preguntó Joana con cara de niña mala.
‒ No sé… ‒estuve unos segundos pensando‒ quizás te llame Lola.
‒ ¿Lola? ‒se sorprendió‒ Lola no me pega nada.
‒ Sí que te pega, lo que pasa es que nadie te lo ha dicho.
‒ Lola está bien ‒dijo Aurora‒ si Joana no lo quiere me lo pones a mí.
‒ No, no, para ti necesito un nombre más etéreo.
‒ ¿Y eso por qué?
‒ Por tus pies, esos pies pasando sobre la claraboya del baño solo pueden ser de una mujer con un nombre etéreo.
‒ Bueno, antes de tomar una decisión espera  a verla tomando el sol.
‒ Si me ves tomar el sol no vas a tener más remedio que llamarme Lola.


domingo

Los contornos del territorio


Los contornos del territorio al que uno pertenece solo se vuelven visibles al abandonarlo.
Antonio Muñoz Molina

viernes

Algo que me pasó (V)

El padre de Joana tiene el aspecto de un actor de cine retirado, con uno de esos rostros familiares, de gesto amable y ojos vivarachos. Cuando lo vi me recordó tanto a Joana que me pareció que conocía a los dos desde siempre.

‒ Me llamo Pietro‒ me dijo estrechándome la mano con fuerza‒ y no soy italiano.

Pietro es madrileño y se llama así en honor al antepasado romano que dilapidó su fortuna en apuestas absurdas. Me gusta la mitología que ha montado esta familia con un fracasado de esa categoría.

‒ En esta familia siempre nos han gustado los perdedores‒ Dijo Joana con el rostro iluminado por los fluorescentes y por la cercanía de su padre.
‒ No sé cómo tomármelo ‒Le dije riendo, y se ruborizó como una adolescente.

Estábamos en un local antiguo de Embajadores, una droguería en la que Pietro llevaba trabajando toda la vida.

‒ Es un negocio familiar, mi abuelo en lugar de montar un restaurante italiano puso una perfumería, pero los malos tiempos acabaron convirtiendo el negocio en esta droguería.

‒ A mí no me importa, la verdad es que me encantan las droguerías.
‒ ¿Ah sí?‒ A Pietro se le iluminaron los ojos, cada vez se parecía más a Joana. No tuve más remedio que argumentar mi afirmación.
‒ No puedo remediarlo, este olor… es un viaje en el tiempo.

Los viajes en el tiempo son una tentación peligrosa, pero siempre caemos en ella. Aspiré con avaricia el aroma de aquel establecimiento, esa mezcla a plástico, pintura, perfume, detergente en polvo… Me olvidé de todo, y cerré los ojos, y  hasta me olvidé de Pietro y de Joana.

‒ ¡Rober! ¡Rober! ¿Sigues ahí?
Hacía tanto tiempo que nadie me llamaba Rober que parecía que no se dirigían a mí. Abrí los ojos, allí estaba Joana con sus ojos achinados brillando, mirándome como si yo tuviera doce años y ella hubiera venido del futuro a rescatarme.

‒ Despierta Rober, vengo del futuro a por ti.
‒ ¿Se acabó la soledad?
‒ Se acabó Rober, ya no volverás a estar solo.

Hasta que Joana no puso su cara delante de mí no volví al presente.
‒ Roberto, tengo que irme… el casting lo tengo en una hora ¿te acuerdas?
‒ Me acuerdo –le mentí‒ yo también tengo que ir al periódico.
‒ Si quieres nos vemos a la noche.
Pensé que ese “nos vemos a la noche” significaba mucho, mucho tiempo, demasiado tiempo sin ella.
‒ ¿No quieres que quedemos para comer?
‒ No puedo, amor, hoy tengo dos estancos ¿has olvidado que soy una chica anuncio?