lunes

Mosquita muerta

Me gustaba cuando, después de hacer una de sus travesuras con el agua caliente, Amparo me esperaba tras la puerta del baño, sonriente, con una toalla enorme entre los brazos.

La cualidad de ciega hacía que te confiaras, que no sintieras pudor o miedo a que te acogiera con la toalla como si fuera una planta carnívora abrazando a una pobre mosca.

Y así era yo, la mosquita muerta a la que envolvía entre sus brazos de ciega mientras Jorge roncaba o hablaba en sueños, solo.

Nazaré Lascano

Costa Rica quizás

Cuando bebía demasiado me levantaba antes de tiempo. Con la cabeza embotada y los ojos pegados me metía en la ducha. 

Debajo del agua caliente, sin abrir los ojos imaginaba que estaba debajo de una cascada en un país en el que no había estado nunca, Costa Rica quizás.

Mientras caía el agua sobre mi cuerpo pensaba, como todos los bebedores sin afición que el alcohol era lo más estúpido que había inventado la humanidad, después bajaba el listón y pensaba que yo era la estúpida y que no volvería a tomar una copa. 

Cuando estaba calculando lo que me había gastado el último mes en bebidas empecé a notar que, de repente, el agua se quedaba fría, di un respingo cuando de fría pasó a helada y un grito de terror cuando tras abrir al máximo el grifo de agua caliente esta recuperó la temperatura y me abrasé la espalda. En medio del pánico di varias vueltas sin orden a los grifos y finalmente salí de la ducha dando gritos, helada y abrasada a la vez.

Oí como Amparo se reía como una loca abriendo y cerrando el grifo de la cocina.

Nazaré Lascano

El ladrón

Si las palabras tuvieran aromas no harían falta los adjetivos en los libros. 

Las naranjas de la frutera llenan la oficina de un olor que aleja la pena y la incertidumbre de la guerra. También será el olor que un hombre grueso de cara picada por la viruela y ojos bovinos, al que han pillado robando esa misma mañana, asocie a partir de ese momento con la comisaría.

El gordo ha llegado escoltado por dos agentes de la Guardia de Asalto, lo han rescatado de las manos de un joyero que le había encontrado escondido en su taller a la hora de abrir el negocio.

Calafell se para a escuchar la declaración del detenido y de los dos agentes de calle.

—  Si no aparecemos a tiempo el joyero le hubiera matado allí mismo.
—  ¿Tenía arma?
—  Tiene permiso, pero le estaba pegando con sus propias manos.

Calafell se fija en el gordo, en efecto tiene la cara con varias contusiones y uno de los ojos, el izquierdo, apenas puede abrirlo. El agente que le toma declaración se sonríe cuando lo ve delante de su mesa.

—  ¿Qué ha pasado, amigo?  ¿te pilló el joyero con las manos en la masa?
—  Yo no soy un ladrón.
— ¿Ah no? — pregunta  con sorna el agente— ¿Qué hacías entonces en casa del joyero? ¿Le estabas preparando el desayuno?
—  El desayuno ya me lo preparó su mujer.

En la comisaría se hizo el silencio por un instante.

—  Tú eres un sinvergüenza, deja a la mujer y dinos qué hacías en la joyería.

Calafell pone la mano delante del agente e invita a hablar al detenido.

—  Dinos qué quieres decir con eso.
—  Lo que oye señor guardia, esa noche la pasé con la señora porque el joyero se las pasa en una timba en la calle Barquillo.

El agente, delante de la máquina de escribir, ríe y manda callar al gordo.

—  ¡Anda ya! No te lo crees ni tú, patán.
—  Déjele hablar ¡coño! — le corta Calafell—   Continúe usted.
—  Sí señor. Verá, el joyero sale de casa todas las noches a las once y no vuelve hasta por la mañana.
—  Y tú haces compañía a su mujer.
—  Sí , señor, pero creo que eso no es delito.
—  ¿Hace cuánto que ocurre esto?
—  Desde febrero, señor.
—  Desde febrero son muchas noches ¿Qué pasó ésta?
—  Pasó que me quedé dormido y me pilló en su cama.

El grupo de agentes que se ha formado a su alrededor suelta una carcajada.

—  ¿Y que hizo el marido cuando os encontró?
—  A su mujer le sacudió un tortazo que la sacó de la cama y a mí me arrastró hasta el taller donde tenía la pistola y me quería meter un tiro en la cabeza.
—  ¿Y cómo llamaste a la policía?
—  Llamó su mujer mientras yo trataba de evitar que me matara.
—  ¿Puedes demostrar todo lo que dices?
—  Ella no dirá nada, pero pueden ver la hostia que le ha dado en la cara y que le hizo saltar dos dientes.

Nazaré Lascano

domingo

Empatados

Cerca de mi casa hay un parque, en el parque una vereda de tierra batida por donde la gente corre a diario.

Yo los veo desde mi ventana o me los encuentro cuando salgo a la calle, a veces en el propio parque donde paseo o estoy sentada en un banco, leyendo, o mirando.

Me da vergüenza, me da una sensación de injusticia que ellos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, vestidos de corto, con mallas o con chándal, estén haciendo un esfuerzo enorme, estén sofocados, cansados, asfixiados mientras yo los miro (o no) descansada desde mi banquito de madera.

Podría solucionarlo saliendo yo también a correr, o marchándome de allí, o evitando de alguna manera que corran, pero no hago nada, sólo a veces me levanto y les aplaudo. 

Ninguno de los que me ven entienden nada, si acaso les debo de dar vergüenza o una sensación de injusticia por pasar, cuerdos y sanos, delante de la loca del banco.

Estamos empatados.

Nazaré Lascano

El estribillo

Como en una escena inevitable de una película mala o como la letra de un estribillo en consonante, las miradas entre Saúl y yo acabaron encontrándose.

La interpretación fue vergonzosa, pero eficiente, él sonrió debajo de su bigote y yo me ruboricé y le saludé levantando con timidez la palma de mi mano.

A los cinco minutos me abordó junto a la máquina de café. 

—  ¿Ya tomaste café, Lascano?

Recordé por qué me parecía un ser repelente, pero aquella oportunidad no podía escaparse por culpa de la vergüenza ajena.

— Justo venía ahora ¿te apetece uno?

Sabía que ya lo había tomado, y que se había manchado de leche el bigote que yo no podía dejar de mirar, y sabía que no iba a negarse, también aquella era su oportunidad.

—  Claro, me apetece mucho, mucho.

"Me apetece mucho mucho" era un frase que merecía que me marchara de allí sin decir nada, pero aguanté, aguanté que me hablara sin parar, que me contara un tostón interminable sobre su fin de semana, sobre la belleza de la música en directo y sobre los locales que tienen un  mejor sonido. 

Daba pena ver cómo buscaba a ciegas el camino para encontrar la puerta por la que entrar en mi vida.

Nazaré Lascano


sábado

Vueltas concéntricas

Snail Girl empezó a interesarse por hacer cosas cotidianas, pero yo ignoraba qué quería decir con cotidianas y le pedí que empezara con pequeñas cosas, que subiera a un autobús, que comprar una barra de pan, que recogiera una chaqueta de la lavandería o que sacara entradas para el cine.

No entendió nada, no supo hacerlo y yo no supe explicarle cómo se hacen cosas normales. 

Le dije que lo olvidara y le di una llave para que entrara en casa por la puerta en vez de hacerlo por la ventana. No tendría de qué preocuparse, yo la esperaría del otro lado a una hora determinada, mirando por la mirilla. 

Quedamos en hacerlo un viernes por la tarde, ella salió hacia mi casa con la determinación de un explorador y yo la esperaba como un marido impaciente, caliente y seco en el campo base.

Pero los minutos y las horas fueron pasando, la tarde fue pasando y Snail Girl no aparecía. Yo dejé la mirilla y salí a la calle buscarla, di vueltas concéntricas, primero por la plaza, después por las calles de alrededor y luego por la avenida. 

En cada una de esas vueltas preguntaba por ella y en todas partes había alguien que la había visto con su llave pequeñita en la mano, cogiendo el autobús, comprando una barra de pan, recogiendo mi chaqueta de la lavandería o comprando las entradas para el cine.

Terry Salgado

Simulación

Simulaba que vivíamos juntos los tres.

Mientras fregaba los platos, o escribía, o escuchaba música, tenía presente que Jorge y Amparo estaban ahí y yo formaba parte de sus vidas. 

Esto era fácil mientras estaban dormidos, o cuando los pensaba desde el excel de la oficina, pero se desvanecía en cuanto salían de la cama y oía sus pies descalzos en el suelo o sus arcadas frente a la taza del váter. Su llegada hasta mí era algo sórdido, dos figuras desmadejadas que preguntaban por la cafetera y me pedían que bajara a la farmacia a suplicar ibuprofeno.

Muchas veces pensé en marcharme de allí, pero es difícil sacudirse una historia, aunque sea falsa.

Nazaré Lascano

viernes

Ocho veces

En la pared, en el lado de la cama donde dormía Jorge, había un desconchón con forma de ocho. Quizás lo había hecho él, quizás pretendiera hacer el símbolo del infinito, pero se quedó en ocho. 

Es poca cosa el ocho comparada con el infinito, pero podía no haber sido nada.

El ocho es ocho veces la nada.

Nazaré Lascano


La Cenicienta real

Por las mañanas, cuando me levantaba para ir a trabajar. tenía que recoger el vómito que salpicaba el váter, la bañera o cualquier esquina de la casa. Entonces me veía a mí misma como una chica de servicio, una criadita paleta, la Cenicienta real que se quedó a servir a su hermanastra casada con el príncipe.

En eso pensaba mientras fregaba a toda prisa las vomitonas que olían alcohol. 

Después echaba un vistazo, como si fuera una madre cuidadosa, y los veía dormir con ansia, a veces abrazados y otras cada uno en una punta del apartamento.

Nazaré Lascano

jueves

Los cuernos al sol

Lástima que las canciones infantiles mientan para tratar de ajustar la realidad.

No es que cuando salía el sol Snail Girl sacara sus cuernecitos, es que cuando sacaba sus cuernecitos salía el sol.

Terry Salgado

Echar a correr

Hacía años que no me ponía un vestido, también hacía mucho que no fumaba y que no tomaba café. 

El viernes salí de casa con el pelo peinado hacia atrás. Tomé café en un bar del centro y saqué un billete de 50 euros. No pagué, sólo lo saqué, después me levanté y salí de allí.

Al doblar la esquina eché a correr.

Sólo las mujeres saben lo estúpido y difícil que es correr con vestido.

No paré hasta que sentí que me asfixiaba, estuve jadeando un buen rato, la gente me miraba y yo les decía "disculpen" como si estuviera metiéndome en sus vidas. 

Sentí las piernas como si no fueran mías, sentí mucho calor, tuve que quitarme el abrigo, aún tenía el sabor del café en la boca y noté que me mareaba. Me senté en el peldaño de entrada de un portal y encendí un cigarrillo.

Nazaré Lascano

Deliciosas mañanas

Según la bebida de la noche anterior así era el resultado del aspecto de Amparo por la mañana. 

Si había bebido coñac tenía el aspecto de rotunda madona italiana, tumbada en la cama, con sus piernas formando una letra inventada del abecedario, su cabeza hundida en la almohada, sus orejitas enrojecidas y sus cabellos perfectamente alborotados sobre su espalda. 

Si la resaca era de vodka, su rostro apenas estaba congestionado, su tono era más pálido, casi azulado, en especial sus labios, que perdían carnalidad y ganaban una agudeza de heroína perversa en blanco y negro. 

El champán era peor, la dejaba hecha un ovillo en cualquier esquina de la casa, un rebujo feliz de carne sonrosada y pelo pegado a las mejillas, también rojizas, brillantes como una manzana.

Nazaré Lascano

miércoles

Los márgenes

Yo pensaba que a Snail Girl le gustaba pasear por la orilla del río, merendar sobre una manta de cuadros en el campo o pasar la noche en la playa mirando a las estrellas. Pero uno siempre proyecta en los demás sus propias tonterías y las hace pasar por algo sublime.

En uno de esos paseos literarios cargados de humedad que los dos hacíamos creyendo que pensábamos en el otro, se me ocurrió forzar el relato. Para ello aparté los juncos y las malezas en busca de una náyade del agua que apareciera con los cabellos mojados y la moral empapada y nos hiciera alguna pregunta trampa a cambio de un tesoro o de un deseo inmoral.

Snail Girl, alejada del agua y detenida unos pasos por detrás de mí, miraba como yo rebuscaba entre las plantas de la orilla usando una rama de un árbol. No sé cuánto tiempo estuve haciendo de aprendiz de explorador, sólo que, como si aquello fuera parte de un cuento popular, cuando miré hacia atrás ella ya no estaba. 

Días después, seco y desesperado, supe que se le había aparecido a otro hombre que (aterrorizado) buscaba ninfas en el otro margen del río.

Terry Salgado

La del vodka

Bebíamos. Desde ese día los esperaba en el salón y bebíamos juntos.

Me acostumbré a pasar por el supermercado a la salida del trabajo y comprar una botella. Al principio no sabía qué comprar y me fijaba en las más bonitas. De esa manera me aficioné al vodka que viene embotellado de forma bellísima.

Después sentí vergüenza porque los chicos del súper se dieran cuenta de que era una borracha y que me llamaran "la del vodka" y compré otras bebidas, siguiendo el mismo plan me llevé whisky y hasta una botella de coñac de aspecto imponente. Esta sí fue todo un descubrimiento y Amparo quedó encantada.

"Una ciega sólo debería tomar coñac" 

Nazaré Lascano

La nueva etapa

No me dejé ver hasta la noche en la que entraron en casa dando tumbos y vomitaron en el salón. Lo hicieron los dos, primero Jorge que siempre fue más débil y, por contagio, siguió Amparo que, desorientada, en un sitio nuevo y sin saber dónde estaba colocado cada mueble vomitó encima del sofá y salpicó el televisor.


Cuando me levanté se estaban sujetando el uno al otro, borrachos y pálidos, resbalándose en el vómito.


Yo también me resbalé y al aga
rrarme a Amparo caímos los tres al suelo. Fue así como empezó una nueva etapa de mi vida.


Nazaré Lascano


martes

La carraca

Debí de enfadarme, pero por entonces no me enfadaba nunca. Así que mi silencio les reforzaba y la siguiente noche llegaron dando voces y riendo mientras subían las persianas del salón haciendo un ruido horrible como el de una carraca gigante.

Yo me despertaba y ya no me quedaba dormida, les oía hablar al oro lado de la pared, sobre todo a Amparo que tenía esa risa de ciega que me hacía imaginarla peor de lo que era.

Nazaré Lascano

No era yo

Empecé a verme extraña en las fotos, no sólo fea o con malos pelos, empecé a verme extraña en el sentido de que no era yo. 

Le preguntaba a mi vieja "¿Sabes quien es esta?" o para disimular un poco "A ver si me encuentras en esta foto". Me encontraba, claro, y no entendía mis dudas absurdas o mis explicaciones de loca.

Pero yo sabía que pasaba algo, que esa chica de piel clara y ojos grandes estaba trasmutando, que yo no era así, que no era yo.

Y tenía razón, me la dieron mucho después, pero esa no era yo.

Nazaré Lascano

lunes

Los monólogos de Jorge

Las noches que Jorge volvía borracho entraba hablando solo por el pasillo, primero se oía la llave que tintineaba en el descansillo, después un monólogo denso y repetitivo como una noria de madera bajo la lluvia.

Cuando terminaba su discurso caía en la cama como un saco y yo, entre sueños, lo apartaba y me preguntaba qué coño hacía yo allí, pero lo soportaba porque enseguida se quedaba dormido y al día siguiente seguía en la misma posición o, a veces, cuando volvía de trabajar ya no estaba en casa.

Pero una noche sonaron las llaves en el descansillo y le oí hablar, como hacía siempre, pero noté que esa vez algo era distinto. 

Tardé en darme cuenta de que no era un monólogo sino un diálogo. Venía con Amparo.

Fue la primera noche que trajo a la ciega a casa.

Nazaré Lascano

Pliego de descargos

Varona descubrió que el asesino no tenía método, y ese es el peor descubrimiento que puede hacer un inspector, porque si no hay método para el crimen tampoco lo hay para descubrirlo y, por extensión, no lo habrá para escribirlo. 

Esa es mi excusa. No me juzguen.

Nazaré Lascano

domingo

Señalar la puerta de salida

Hay momentos en que se tiene la tentación de desaparecer. 

Ir poco a poco yéndose, sin dejar mucho rastro, como si se pudieran descender unas escaleras y se llegara cada vez más abajo y fuera posible fundirse en la hierba del campo o en la tierra del jardín. Cada vez ser menos, más transparente, con poco peso ya en el mundo, como si fuera una maniobra de distracción para regresar más adelante, quizá, con nuevos bríos o con esperanza. 

Pero la sensación que manda es la de derrota, algo salió mal, algo se torció, toca la retirada, pero una retirada silenciosa, realmente no quedan fuerzas, cuanto me rodea se ha vuelto extraño y ya decir cualquier cosa es como tirar unas palabras sobre una mesa en la que los demás las ven con una distancia escéptica, como calderilla que ya nada aporta.

Incluso alguien, en esas circunstancias, podría levantar la cabeza, estirar un brazo y señalar la puerta de salida. Se acabó.

José Andrés Rojo, La tentación de desaparecer, El País 20/02/2026

sábado

La Torre de Babel

Darío Varona descubrió que Lorenzo y Joana no se protegían, pero se complementaban. Entre los dos iban construyendo por separado una historia inverosímil pero firme, un buen edificio hecho con materiales de derribo.

Darío tenía dos opciones, o quizás tres, realizar un careo entre los dos, continuar como hasta ahora para ver hasta donde llegaba la torre de babel que estaban construyendo o, si deseaba acabar con todo aquello, buscar a testigos nuevos que abrieran una brecha en aquella mentira.

Darío tenía que pensar si deseaba acabar con todo aquello.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


El chico más grande

Claro que aquel marido fue Lucio, claro que por entonces me parecía agradable, excitante que mi boda fuera con el chico más grande de la calle. 

Por entonces yo sólo sabía ver sus cosas buenas, las manos grandes, los ojos grandes, casi desbocados, la boca grande que llenaba con una sonrisa que nunca se me hubiera ocurrido pensar que era la de un simple, un bobo.

Después supe por qué me dejaron con él. A mí sólo me enorgullecía, aunque aún no conociera esa palabra, ser la esposa del chico más grande, pero a los demás sólo les provocaba risas a escondidas.

Cuando me di cuenta de quién era Lucio ya era tarde, no había posibilidad de cambio, ni de huida, él no me iba a olvidar.

Nazaré Lascano

Propósitos

¿Era posible que el bosque de pelos duros como alambres sobre el labio superior de Saúl fuera una prueba creíble con la que acusarle de ser el hombre que entró en casa de la viuda Terroni? 

¿Bastaría con esto para pensar que era un asesino?

No lo sé, pero ese era mi propósito y esa era mi misión, que debía cumplir con un sentido del deber que hacía años que no sentía en el estómago.


Corría muchos peligros con aquel encargo policial, el menor era que me descubriera, porque siempre podía pasar por una loca y mi imagen en la oficina no debía estar muy lejana. 

El mayor peligro era que Saúl confundiera mis propósitos y pensara que en realidad me interesaba ese cepillo recortado con forma de corchete, que creyera, en definitiva, que en vez de querer meterle en la cárcel quería meterlo en mi cama.


Nazaré Lascano

viernes

Las parejas

Entre los juegos infantiles siempre estaba presente el de las bodas, podía darse en cualquier época del año, aunque, al contario de las bodas de verdad, se jugaba más en invierno, en épocas frías y lluviosas lo que demuestra que los chicos son más inteligentes que los adultos.

Yo me casé varias veces, aunque siempre con el mismo chico. Era una norma no escrita en la que el primer niño con el que te casabas la primera vez, tenía que ser tu novio en los sucesivos juegos, siempre.

Nunca se permitía cambiar de marido o de esposa y si tu pareja no estaba ese día o, incluso, si se había ido del barrio, no podías volver a jugar y te quedabas viuda para siempre.

Nazaré Lascano

Las leyes propias de los asuntos mínimos

Si no hubiera sido tan ingenua me habría dado cuenta de que Saúl me miraba a la vez que yo le miraba a él. 

Los espacios que se abren entre dos miradas tienen sus leyes propias, las mismas que rigen los huecos en blanco entre verso y verso, el abismo que separa los alfeizares de las ventanas del vacío o los surcos mudos que hay en un disco entre canción y canción.

De esta manera, mientras yo acumulaba segundos de espera entre mirada y mirada, Saúl aprovechaba su turno y miraba en dirección contraria, en la mía, sin que yo me diese cuenta.

Nazaré Lascano


Saturnales

Enrique tuvo una educación muy distinta al resto de los niños de la época. 

En lugar de los números aprendió los distintos tipos de plantas en medio de un jardín con un gran laberinto. 

En lugar de las letras aprendió a reconocer rocas por su textura. 

En lugar de historia aprendió de memoria todos los satélites de Saturno cuando aún estaban descubiertos 146.

Nazaré Lascano


jueves

El ángel borracho

Lorenzo me regaló dos angelitos de escayola, me dijo que los pintara y que le devolviera el que menos me gustara. 

Lo hice, compré pinturas en una tienda de arte y me pasé la noche pintando las figuras. Cuando amaneció pensé que habían quedado perfectos, los dejé secando en la cocina y me acosté.

Por la mañana los angelitos no estaban en su sitio, los busqué alterada como una mona por todas partes y cuando iba a salir a la calle me crucé con mi madre que entraba.

—¿Y los ángeles?
—¿Qué?
—Los angelitos de escayola que dejé en la cocina.
—¿Eran tuyos?

¿Que si eran míos? ¿De quién iban a ser? ¿Qué le pasaba a esa mujer?

—Claro que eran míos, mamá, ¿Qué has hecho con ellos?
—No he hecho nada, pareces una loca, Naza.

Mamá me echó a un lado y caminó hasta la cocina, llevaba dos bolsa blancas.

—¿Están ahí?
—¿Qué?

Me irritó como hacía tiempo que nadie lo hacía.

—¿Qué? ¿Sólo sabes decir qué?

Me miró compasiva. No dijo nada, entró en la cocina y la oí desde el pasillo sacar cosas de las bolsas. Corrí, entré en la cocina y vi que sacaba botes de tomate frito, de espárragos y no se cuantas latas más, me quedé mirando, simulando tranquilidad hasta que sacó la última pieza, una botella no demasiado grande de coñac.

—¿Ahora compras coñac?

Mamá no me miró, comenzó a colocar las latas en el armario y yo no pude soportar el tiempo eterno que se abría por delante hasta que terminara con su trabajo.

—¿Los has visto?
—¿El qué?
—Los angelotes de escayola mamá, ¿los has cogido tú?
—¡Qué feos son, Naza! ¿Dónde los compraste?
—Me los regaló Lorenzo.
—¿Lorenzo?

Fue la primera vez que supo que Lorenzo me regalaba algo.

—Me pidió que los pintara.
—Ahora entiendo.

Me puse colorada. Pensé que había elaborado en su cabeza una teoría que me avergonzaría sobre los angelotes, la pintura, Lorenzo y yo.

—¿Qué entiendes?
—Entiendo que sean tan feos.

Aquel comentario estúpido me hizo sentir mal, pensé en dejar aquello, dejarla con sus botes de conserva y marcharme a la calle, cuando di la vuelta para salir me agarró del brazo.

—No les ha pasado nada. Están secándose en el balcón.

Mamá los había colgado de dos alcayatas que hacía años les esperaban en una de las paredes del balcón. Tenía razón, a la luz del día eran muy feos, en especial uno de ellos al que le había quedado una expresión de borracho. Durante mucho tiempo Lorenzo lo llamó así, el ángel borracho.

Nazaré Lascano

Entenderlo todo

Aunque esté mal visto por los puristas, Snail Girl disfrutaba de la arquitectura barroca. 

Le encantaban, por ejemplo, las columnas salomónicas, las pilastras tronco-piramidales invertidas o las bóvedas que trascienden el espacio que ocupan.

Yo, que siempre he tendido a la introversión del románico, no entendía de qué me hablaba cuando, emocionada, me explicaba de la trascendencia del claroscuro o de la ruptura de las normas espaciales.

Hasta que una tarde de verano, a la hora de la siesta, con la luz del sol colándose por las rendijas de las persianas, comenzó a dibujarme cada rayo de luz solar sobre mi cuerpo y a experimentar sobre él (sobre mí) la ruptura de las leyes geométricas.

Terry Salgado


La lluvia a los dieciséis

Había tardes de lluvia en las que el barrio alcanzaba otra forma, no sólo eran distintas las plazas, las calles o los bancos del parque, también cambiaban las conversaciones y hasta las decisiones.

No era raro, a mis dieciséis años, pasarme la tarde en mi cuarto y salir afuera en cuanto la lluvia se hacía intensa y el paisaje que se veía desde mi ventana estaba lo suficientemente emborronado. 

Había traseras, descampados y paredes agrietadas espléndidas para una tarde lluviosa, en esos lugares no hacía falta encontrarse con nadie, o sí, en realidad lo importante era la calle mojada, el ambiente húmedo, los vecinos resguardados en casa y el agua repiqueteando en la acera y rehaciendo cada esquina.

Cuando la tarde caía y se encendían las primeras luces, que por entonces eran amarillas, todo era aún mejor, la temperatura bajaba y a veces era necesario moverse y pasear hasta la avenida, hasta que el barrio se acababa, y decidir si continuar o parar bajo la lluvia.

Nazaré Lascano


miércoles

La alegría

Darío Varona no descubrió el sótano porque todo era tan literario que no fue capaz de encajar las piezas, y porque por aquella época ya había agotado su mejor facultad, la alegría.

Nazaré Lascano

Estúpido Pigamalión

Snail Girl confundía los amaneceres con  las puestas de sol, las playas con los desiertos, la tristeza con la melancolía, febrero con abril.

Cuando trataba de explicárselo me miraba sonriendo y con cierta condescendencia seguro que pensaba "Aún no sabes que son lo mismo", pero no me decía nada para no herirme, para que yo siguiera creyéndome una especie de estúpido Pigmalión.

Terry Salgado


Tomás 1:1

Cuando Tomás consigue para su obra una actriz en una escala 1:1 con el personaje la trampa es perfecta, la representación de la realidad se confunde con la propia realidad, y esto es lo más falso que puede conseguir.


Es así como consiguió encontrar el sótano, escondiendo a dos actrices en un hoyo prefabricado y cavando hoyos falsos por toda la ciudad.


Nazaré Lascano


martes

El plan B

¿Qué pensaría Darío Varona cuando intentó salir del cuarto de baño y vio que la puerta no se abría?

Estoy segura de que no gritó, ni llamó, ni dio voces porque un inspector de policía no se queda encerrado en un baño. Puede quedarse en un ascensor averiado o tener un accidente con el coche, pero no poder abrir una puerta de un baño es algo que no se puede permitir alguien con autoridad y un arma.

Esperó, lo intentó de forma silenciosa, miró a su alrededor buscando algo que le sirviera para forzar la puerta, abrió el armario y, seguro, encontró unas pinzas con las que forzar la puerta. No hubo manera.

Finalmente miró hacia la ventana, se asomó al patio de luces y vio que era posible pasar a la ventana contigua, la de mi dormitorio. Si no conseguía abrir en menos de cinco minutos tendría que tomar el plan B. 

Mientras tanto yo copiaba a toda velocidad los datos de los presuntos delincuentes.

Nazaré Lascano



Atalaya de obervación

Estuve toda esa mañana de lunes levantándome de mi sitio para ir hacia el perchero y tomar ese lugar de la oficina como atalaya de observación. Desde allí podía ver a Saúl con claridad, aunque tuviera que disimular haciendo como que buscaba algo en los bolsillos de mi abrigo cada vez que algún compañero pasaba por delante.

No podía creerme la cantidad de circunstancias que se abrieron ese día al estar colocada junto al perchero. Hablé con gente, con la que no había intercambiado más allá de saludos formales en un año, que me hicieron confesiones domésticas y hasta me invitaron café en la máquina del pasillo y a tomar una cerveza esa misma tarde.

Yo resistí como un soldado en misión de reconocimiento en territorio enemigo, traté de vaciar mi cabeza de enredos laborales y fijé mi vista en mi objetivo. Conseguí tras muchos intentos fallidos ver con  nitidez el bigote de Saúl Álvarez manchado con la espuma del café con leche que en ningún momento trató de limpiarse.

Volví a mi mesa y lo anoté en mi agenda, contenta de tener algo que presentarle a Darío Varona.

Nazaré Lascano


Teoría de la obra

Para ser perfecta, l
a idea de tirar el escenario en cada representación sólo podía tener lugar en lo teórico, por eso cuando se planteó la posibilidad de hacerla real Tomás tuvo un problema de conciencia.


Enseguida cayó en la idea simplista de que no podía dejar escapar una ocasión como esa y se decidió a montar la obra como si fuera algo posible e irremediable.


Pero la obra, herida desde el primer momento por el juego de palabras (obra como trabajo de construcción y obra teatral) supuso un reto de montaje más que de ideas, y aunque era todo un acontecimiento el hecho de derribar el escenario en cada función, es decir, el polvo acumulado en el patio de butacas fue más trascendente que una trama en la que había que esforzarse por darle un sentido a aquella proeza mecánica.


Las dos primeras funciones fueron un éxito, la primera por la novedad, la segunda porque nadie esperaba que aquello tuviera sentido más allá de la propia novedad. Sin embargo el escenario reconstruido a toda prisa durante la madrugada tenía un cariz, quizás una personalidad aún más teatral en esa segunda representación y el éxito fue descomunal.


Tomás estaba entre entusiasmado y defraudado, porque sabía que aquello sólo tenía que haber triunfado en lo teórico, como las grandes ideas económicas, y el hecho de que resultara factible en la puesta en escena le descolocaba y en cierto modo suponía un fracaso.


Tenía que hacer lo posible porque aquella maquinaria parara, pero no le fue fácil.


Nazaré Lascano

lunes

El lunes siguiente

El siguiente lunes entré en la oficina como el que entra en una biblioteca esperando que el libro con el que lleva fantaseando todo el fin de semana siga allí.

El libro era Saúl Álvarez y el capítulo en el que deseaba pararme era su bigote.

Ya estaba allí, sentado detrás de su mesa, frente a su ordenador, con un vaso de café en una esquina.

Nunca lo hago, pero es lunes dejé mi abrigo en el perchero porque me permitía pasar unos instantes en un lugar desde el que poder fijarme en Saúl.

Miré, con mi mano derecha aún sujetando el cuello del abrigo, con mis ojos disimulando entre el puesto de Saúl y el infinito. No se movía, parecía parte del mobiliario, quizás todos parecíamos parte del mobiliario.

Alguien tocó mi brazo.

—  ¿Todo bien, cariño?

Me fascina la gente que es capaz de transmitir afecto. Eugenia, era mi favorita entre todos los compañeros de la oficina, le sonreí.

—  Todo bien ¿Qué tal tu finde?

—  Llovió y salimos a la calle para que los críos se mojaran.

Me imaginé una escena de película americana en tecnicolor con Eugenia regando a sus dos niños con una regadera enorme de color verde. Lo imaginé de forma tan clara que no supe qué decirle.

—  No sé qué decirte.

—  Es normal, el próximo día que llueva sal a la calle a mojarte con nosotras.

Sonreí de nuevo y volví la mirada hacia la mesa de Saúl que ya no estaba en su sitio.

Nazaré Lascano

Los rincones de las casas

Cuando entraba en una casa donde nunca había estado, Snail Girl siempre recorría con la mirada todas sus esquinas, todos sus rincones. 

Veía en cada arista y en cada ángulo un mundo de posibilidades, un hábitat calentito desde donde escuchar las conversaciones familiares, sentir el run run de la tele por las noches y los ruidos de la casa cuando todos estuvieran fuera.

Cuando salíamos de una de esas casas, Snail Girl me agarraba de la mano y la movía hacia atrás y hacia adelante, como si fuera una niña sobreexcitada, a la vez que me hacía montones de preguntas:

¿Por qué no se darán cuenta esos estúpidos de todo lo que se esconde en las esquinas de su casa?

¿Por qué nadie se para a oír a las casas por las noches?

¿Por qué no se le da importancia a las palabras que retumban en los techos?

Terry Salgado



Puntos de encuentro

Manuela y Luis G. se encuentran a primera hora de la mañana o última de la noche, lo hacen sin citarse, sin pretenderlo, en ocasiones sin acordarse siquiera.

Su punto de encuentro es la ducha de la pensión, pero el acercamiento no tiene lugar al mismo tiempo, a veces ocurre en horas distintas, (uno acude a las ocho de la mañana y la otra a las ocho de la tarde) otras en días o en semanas diferentes. 

La ducha es un punto de confluencia donde los dos encuentran sus cuerpos, se acarician, se besan y se derriten entre el agua caliente.

Cuando al mediodía se cruzan en el comedor a penas se miran, avergonzados.

Nazaré Lascano

domingo

Empezar a funcionar

Las actrices, y en menor medida los actores, constituían un problema para Tomás. Encontrar el rostro del personaje, su voz y sus gestos era para él más complicado que escribir la obra.

A menudo los castings eran un sacrificio lleno de frustraciones en el que no era capaz de encontrar a la persona que necesitaba. Esto alargaba el comienzo de los ensayos y, en ocasiones, le llevaba a suspender el montaje de la obra.

En otras ocasiones la situación se daba la vuelta y Tomás encontraba a las actrices de sus personajes caminando por la calle, en el Metro o en un ascensor, entonces se apresuraba a hablarles, y a contarles su proyecto y todo empezaba a funcionar.

Nazaré Lascano

El comienzo

Encerré a Darío Varona en mi cuarto de baño. 

Cuando lo hice supe que aquello, además de un problema legal con un inspector de policía, sería un magnífico comienzo para una carrera literaria. 

Todo debía partir de ese hecho absurdo, pero con un fin muy claro, quedarme con el álbum de los delincuentes o, por lo menos, tener tiempo para copiarlo.

Nazaré Lascano

sábado

La promesa de la alegría

Tomás escribió su mayor obra dramática cuando consiguió que se realizaran cientos de agujeros por toda la ciudad para buscar el sótano oculto.

Cada hoyo cavado era una escena única.

Siguiendo las pistas que iba descubriendo día a día, y que iba comunicando a través de la prensa, la gente comenzó a perforar con picos, palas, con azadas o con sus propias manos sus patios y jardines, los parques públicos, los márgenes del río y hasta sus propios sótanos en busca de las dos muchachas presas.

El premio no importaba, como siempre importaba el hecho de cavar la tierra húmeda y la promesa de la alegría del descubrimiento.

Nazaré Lascano