domingo

Rotatorio

La provocación es algo rotatorio, sorprendente y, finalmente, incontrolable.


Fernando Arrabal

sábado

Jesuitas

No fue divertido, pero volvería a hacerlo.

Recibí el encargo a través de un amigo. Jorge había estudiado conmigo con los jesuitas, sabía que me dedicaba a asuntos que la policía no sabía, no podía o no quería ocuparse. 

Después de salir del colegio habíamos coincidido un par de veces en lugares muy distintos. Reímos al recordarlo, una navidad nos encontramos en un club de alterne de la carretera de La Coruña, yo estaba buscando a alguien, supongo. Nos vimos en la barra, le conocí por su sonrisa bobalicona y a pesar de un bigotillo estúpido que se había dejado. Le acompañaba otro tipo mucho más lamentable, así que él parecía medio decente. Me conoció, me abrazó, quiso invitarme, pero no me dejé, creo que dije aquello de "estoy de servicio", y casi se cagó encima porque pensaba que era policía. Bebimos un par de copas y seguí con mi ruta, él se quedó frente a una chica con cara de asco, del asco que le daba él quiero decir.

La segunda vez nos vimos en un velatorio. Parecía otro, ya no llevaba bigote, iba trajeado y olía a perfume. No soporto a los hombres que huelen tanto a perfume ¿por qué lo hacen? Esta vez fui yo el que me acerqué, supuse que la muerta era familiar suyo, le pregunté con la mirada y me estrechó la mano compungido, pero no era nada suyo, solo había ido hasta allí a cobrar una deuda al viudo, no tenía decencia, pero se atrevió a pedirme ayuda y se la di, cuando salimos me invitó a tomar una copa y me contó su vida. La olvidé.

Ahora me había mandado al despacho, con carta de recomendación, a un tío con mala cara, un hombre mayor, pero inseguro como un niño de doce años, un imbécil que buscaba a su mujer, como hacen todos los imbéciles. Le dije que ya no me hacía cargo de casos de cuernos, pero se hizo el ofendido y me dijo que aquello no eran cuernos, que su mujer había desaparecido por un asunto de deudas y que Jorge le había dicho que yo era un buen tío y que se podía confiar en mí. Me enterneció y le pedí que se sentara. 

Aquel tipo olía como Jorge el día del entierro.


Terry Salgado


Modificaciones

En 1962, el artista Asger Jorn (1914-1973) presentó una de sus “modificaciones” pictóricas. 

Jorn era miembro de la Internacional Situacionista y sus “modificaciones” consistían en la adquisición de pinturas figurativas convencionales, que después eran alteradas al pintar encima. El resultado final deja ver la pintura original más el añadido posterior que altera completamente su significado. 

En este caso,  la pintura original representa a una niña vestida de blanco como si fuera a realizar la ceremonia de la primera comunión. Mira fijamente al espectador y sostiene una comba entre las manos. Se trata de una pintura convencional y decorativa apta para cualquier interior pequeño burgués.

viernes

Luchar contra Roma

Algunos golpes de audacia, imprudentes en sí pero sagazmente dispuestos, probaron al enemigo lo absurdo de luchar contra Roma.

Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano

Dos tragos cortos

Aquel chico tenía un problema, había idealizado tanto a una escritora madura que, ahora, al verme demasiado joven, no le gustaba.

Se llamaba Román y era un auténtico experto en su obra. Podía descubrirme sin demasiado esfuerzo, así que tenía que ser muy lista, o lograr que él fuera muy tonto si quería tenerle cerca y que no me quitara la máscara.

Pensé en el recurso fácil del alcohol, en hacerme la interesante o en hablar de literatura hasta la extenuación, provocar algo así como un coma literario que le llevara hasta mi cama. Pero enseguida pude ver que estaba lejos, como viviendo un sueño adolescente y que, paradójicamente, aquello lo colocaba fuera de mi alcance.

—Creo que tu problema es que te gustan las mujeres mayores.

Su cara se desdibujó, debía imaginarse que estaba oyendo todo aquello desde una de las mesitas redondas que se repartían sin orden por el hall del hotel. No supo cómo reaccionar así que debió decir lo primero que se le pasó por la cabeza.

—No, qué va, me parece que cualquier persona puede escribir bien sea cual sea su edad.

Como parecía más tonto de lo que pensaba tuve que volver a golpearle.

—Me refiero a que sexualmente te agradan las mujeres maduras.

La palabra sexo, aún matizada por el adverbio, le golpeó en la cara que se puso colorada como la de una adolescente a la que le explican con detalle el cuento de Caperucita y el por qué del color de su ropa interior.

No respondió, primero emitió algo parecido a una risita, luego tiró de clásicos y bebió un trago largo, después, como el silencio seguía, dos tragos cortos.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



miércoles

Empastada

Lucía me enseñó una fotografía hecha con una Polaroid. Fue mucho antes de lo de su viejo y me sorprendió el color porque era la primera vez que veía una, me pareció 
irreal como si alguna fotografía no lo fuera.

—Es mi amorcito ¿Qué te parece Naza?

No me parecía nada, un muchacho normal, demasiado normal quizás, con los ojos un poco entornados, no parecía gran cosa, pero lo más sorprendente es que Lucía lo llamara mi amorcito.

— ¿Cómo hiciste esta foto?
— Con una camarita de su viejo —Lucía se puso colorada— ¿sabés algo? estuvimos tomando fotos toda la tarde.

Yo no entendía nada, ¿a que se ponía como una adolescente repipi, llena de vergüenza por tomarse unas fotografías? 

— Sus viejos no estaban y pasamos la tarde en su casa haciendo fotos.

Me pareció raro, pero nada más, pensé que se hubieran acostado y listo, pero en lugar de eso su amorcito se dedicó a retratar a Lucía con poca ropa y sin ropa. Unos meses más tarde aquellas fotos empastadas empezaron a circular por el barrio y el amorcito acabaría arrepintiéndose de aquella idea. 

Todo se olvidó cuando pasó lo del viejo de Lucía.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


jueves

Todas las casas

Lorenzo tenía una llave que abría todas las puertas.

No es una metáfora, Lorenzo no perdonaba las metáforas, era una llave real, de metal, muy fina, con unos dientecitos minúsculos en la pluma con picos, valles y mesetas que tenían permiso de todas las cerraduras de todas las puertas de todas las casas.

Nadie desconfió nunca de Lorenzo, a veces le llamaban si se dejaban las llaves en el interior de la casa, si había alguna emergencia o si se sospechaba que algún vecino solitario pudiera estar muerto dentro de su departamento.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

miércoles

Tocada

"Tocada y hundida"

Lucio usaba esta frase cuando te cruzabas con él. Había que evitarlo, desde niños sabíamos que Lucio no podía tocarte, que algo malo te ocurría si te sorprendía.

Me daba un miedo atroz que me ocurriera a mí. Durante un tiempo solo salía a a la calle si me acompañaban mis viejos y volvía del colegio corriendo, mirando a todas partes, cambiándome de acera si alguien se me parecía a Lucio.

Pero Lucio vivía en nuestro mismo portal y aquello, como todo, era cuestión de tiempo.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


martes

Maldecir

Damián estuvo metido en un agujero varias veces antes de salir de España. Los agujeros eran distintos, él también.

El primero fue en su pueblo seco, en una bodega en la que cuando aún era un niño se tenía que  esconder de su propio padre cuando volvía del campo ebrio y pagaba con él la jornada de sol a sol.

Su viejo era de los pocos que se atrevían a maldecir a Dios delante de todos, también delante del cura. No respetaba a nadie porque sabía que nadie le respetaba. Ni a padres ni a hijos, ni al cura ni al médico, ni al boticario ni a la guardia civil.

Damián lo respetaba porque nadie se le ponía delante, tampoco él. Si venía borracho lo mejor era desaparecer. Como el viejo venía de la bodega lo mejor era regresar a ella, nadie podía imaginar que se atreviera a refugiarse allí, en su propio territorio.

Damián envidiaba a los animalitos que vivían entre las maderas de los toneles, en las rendijas del suelo o en los huecos de las paredes de arenisca.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Descendente

Me regalaron una lupa. 

Era mi cumpleaños o quizás fue por alguna celebración religiosa o familiar, no lo recuerdo bien. Puede que tuviera que ver con alguna virgen de las que se celebraban siempre por la abuela.

La lupa era maravillosa. Juré que nada me gustaría más que aquel objeto mágico, nunca nada lo superaría, por los siglos. Tenía razón.

Los poros de la piel, los nudos de la madera, los granos de arroz, las migas de pan, las partículas de polvo, los pequeños arañazos de las monedas, un pétalo, una hoja, la junta infinita entre dos baldosines de la cocina.

Todo era nuevo, distinto, infinito en una escala descendente, eternamente descendente.
Descubrí que lo mínimo era inmenso, que nada tiene fin.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

lunes

Leche, galletas y a ti

 

La niña pregunta: mamá,

¿qué es lo que comen las brujas?

Ella le responderá, seria pero con dulzura,

Leche, galletas y a ti,

Leche, galletas y a ti corazón mío,

A ti, a ti, anoche vi

Que una hambrienta se aproxima aquí,

Creo que viene a por ti,

Que lo que comen son

Leche, galletas y a ti, corazón.


Nacho Vegas, Lo que comen las brujas

Billetes falsos

Aunque no sabía qué significaba, Tomás siguió tratando de ser un actor de verdad.

Caminó con un arma cargada por la calle.
Salió un fin de semana completo vestido de mujer.
Se subió a un poste de teléfono y se quedó encaramado tres días y tres noches como un estilita.
Se coló por la ventana en casa de sus vecinos.
Se tumbó en mitad de una calle como si fuera un moribundo.
Sedujo a una mujer mayor que compraba en el mercado.
Se hizo pasar por detective privado.
Pasó billetes de 500 pesos falsos.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

domingo

Verdaderamente

En realidad nunca hice feliz a nadie, 
verdaderamente feliz quiero decir.


Amé, claro, pero no me entregué a nadie, 
verdaderamente entregada, quiero decir.


Hubo celos
hubo carne
hubo pasión.


Pero tendría que pensar si realmente fueron verdaderos
los celos,
la carne, 
la pasión.


En realidad nunca hice feliz a nadie
y nunca me hicieron verdaderamente feliz.


Nazaré Lascano, Cuentos de parque Chas



sábado

Libera a una escritora

Fantaseé muchos titulares de periódicos.

Poéticos: "Las escritoras mueren en agosto" 
Descriptivos: "Escritora argentina encontrada muerta en la habitación de su hotel"
Misteriosos: "Los falsos escritores desaparecen en Madrid" 
Crípticos: "Literatura y muerte en la habitación 711"

No era más que el alcohol en el que mi subconsciente nadó durante toda la noche.

En algo parecido a un sueño pude ver a la escritora hikikomori en su casita de Buenos Aires con una expresión de felicidad, avergonzada por alegrarse de mi muerte que era la suya y que la liberaba al fin.

Por la mañana vomité los titulares en la taza del váter. 

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


viernes

Gálatas

Lo que menos soportaba de Jorge era las manchas de humedad que tenía en su departamento. Yo no podía dejar de mirar aquellas formas negras en las que él no veía nada a pesar de tener, cada una de ellas, cuerpo y rostro.


Una de las manchas, junto a la ventana del living, tenía la forma de una cabeza de San Pablo barroca y recién cortada. Si me quedaba alguna vez sola en la casa, la cabeza me hablaba. Me llenaba de reproches al estilo de sus cartas a los gálatas, era una cabeza puritana y me insultaba por tener relaciones con dos hombres.


Pablo de Tarso era el tercer hombre.


Eso no era lo peor, lo peor era el rapto de las sabinas que tenía en el techo del dormitorio.


Nazaré Lascano, Cuentos de parque Chas

jueves

Un detective sin pasado

 — Cuando los detectives están sin trabajo vienen al depósito como el historiador ocioso entra en un archivo lleno de legajos.

Darío estaba borracho, empapado de aquella luz, de aquel olor, de aquel eco metálico. Esa embriaguez le hacía hablar más de lo debido, pero sabía que Tomás no le causaría ningún problema. No lo despreciaba, pero le parecía un detective sin pasado y los detectives necesitan traumas a los que agarrarse.

— ¿Alguna vez viniste a por trabajo al depósito?

A Darío le dieron ganas de contar muchas historias, pero la mayoría no tenían final feliz y no quería parecer un detective de novela barata.

— Alguna vez vine, de muy joven, cuando no me mandaban casos y quería solucionar asuntos que me dieran fama y consideración. Después en épocas malas, para distraerme o por placer.

— ¿Buscabas casos por placer?
— ¿Tú aún no lo has hecho?

Tomás se avergonzó, al parecer un buen detective investiga por placer, pero el no era un buen detective, solo era un actor y debía buscar una respuesta que nadie le había escrito en su texto.

— Me temo que aún no soy un buen detective.
— No importa, los primeros años confórmate con sobrevivir. 

Mientras hablaban Darío se paseaba entre las cámaras frigoríficas como un bibliófilo en una biblioteca llena de incunables. Por fin abrió una.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

miércoles

Lecciones

Nadie está preparado para ver a un ahogado.

Por primera vez, Tomás deseó no haber aceptado aquel trabajo, no haber tenido el deseo desde niño de ser actor, no haber sido siempre tan tímido para necesitar ser actor.
Ser otro es estupendo hasta que el otro desea volver atrás y ya no puede o, lo que es peor, no se acuerda.


Al ver a la ahogada Tomás olvidó que él era otro, que no estaba investigando nada, que no tenía porqué estar allí.


La piel reblandecida se había secado y había adquirido un aspecto de materia cuarteada. La ahogada era una muñeca cuarteada de un color inventado entre el ocre y el azul cielo.
Darío se sintió satisfecho de ver a su colega realmente trastornado, quiso dar una vuelta más a la escena y movió el cadáver para que Tomás pudiera ver los orificios que los ganchos de los hombres rana habían provocado en el cuerpo de la ahogada.


— Deberían prohibir estos métodos, son inhumanos ¿no crees?


La mujer quedó con la mirada clavada en Tomás o en el infinito, tanto da. Era una mirada vacía, con las pupilas perdidas en algún lugar del alma.
Tomás apartó la vista. Darío trató de sonreír, pero solo le salió un reproche.


— ¿Te da miedo la ahogada?


Volvió a colocar el cuerpo en su sitio, la luz era tan blanca que al reflejarse en la piel le daba un aspecto lunar. Todo era de otro mundo, pero aquel cuerpo había estado vivo tan solo una semana atrás. 


— ¿Se sabe quién es?
— Nadie la ha reclamado, podría ser una de las chicas que buscamos.
— ¿Las chicas del sótano? Este cuerpo parece de una mujer mayor.
— Todos los ahogados ganan peso y años debajo del agua. Este cuerpo no tiene más de veinticinco años.
— ¿Veinticinco? No puede ser.


Y Darío decidió darle una lección de anatomía al actor sin memoria.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

martes

Una gran responsabilidad

Lo descubrí de muy pequeña.

Si caminas por la calle y te metes entre dos personas que vienen de frente les cambias la vida.

Lo hice muchas veces, era fácil. De niña era muy fácil. Las parejas, aunque fueran agarradas de la mano, se separaban un momento y se sonreían ante la niñita que se cruzaba en medio de sus vidas.

Después fue más complicado.
 
Ver a una quinceañera pasando por el medio de dos personas era extraño, algunos se paraban, se hacían fuertes, me dieron algún empujón, me insultaron.

— ¿Estás loca? ¿No te enseñaron educación? 

Recomiendo los semáforos.
En los pasos de peatones es más fácil, la gente cruza deprisa, hay aglomeraciones. un grupo que va y otro que viene. Es un buen momento, te cuelas por el medio, se apartan, están perdidos, o ganados, el caso es que su vida cambió para siempre.

Sigo haciéndolo. Solo en los pasos de cebra, aunque a veces me da pena la pareja que viene hacia mí y en el último momento cambio de dirección. Otras veces los busco y hago todo lo posible por colarme en sus vidas.

Aunque ellos no lo saben, yo siento una gran responsabilidad.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

lunes

Huecos y silencios

El arte de expresar cosas a partir de huecos y silencios es algo que descubrí tarde y que decidí trabajar en contraposición al barroquismo efectista que lucían mis discos más antiguos.

Toteking, Búnker

domingo

Muñeca china

No estaba acostumbrada a los vestidos.

Y menos a estos que ahora usaba, como un uniforme de escritora pirada, con estampados imposibles, cintura estrecha y doce centímetros por encima de las rodillas. 

En sus referencias biográficas mi escritora decía que esos doce centímetros eran la medida perfecta. Y yo estaba para representarla hasta la estupidez. 

Por las mañanas me enfundaba en uno de esos horribles vestidos de muñeca china almidonada y contenía la respiración hasta que me lo sacaba por la noche y lo tiraba contra la pared de mi habitación.

Algún imbécil me confundía con alguno de los personajes de sus novelas, con los más estúpidos. Otros, para que todos vieran que habían leído mis libros, hacían preguntas que creían inteligentes.

— ¿Vemos que viste como sus personajes, es debido a que es usted misma el personaje de sus novelas?

Hacer esa pregunta a una escritora es como preguntar a un futbolista que si juega al fútbol gracias a que tiene dos piernas.

— Si de refiere a estos vestidos tan incómodos, solo lo hago para provocar.

Había risas, pero nadie sabía qué quería decir realmente. 

— Pero viste como la protagonista japonesa de su novela para hacerle un homenaje o es que realmente usted se pone estos vestidos en Buenos Aires.

— En Buenos Aires ahora mismo es invierno. Lo bueno de los personajes literarios es que no pasan frío, es por eso que a la japonesa la visto tan corta.

Algunos salían noqueados o despistados, como emergiendo de una after, otros no soltaban la presa.

— ¿Aquí en Madrid es más fácil vestir a su modo?
— Solo le puedo decir que estoy deseando llegar al hotel para quitarme la ropa.

Descubrí que cuanto más hablaba de boludeces de ese tipo creaba más atención, tenía más ojos sobre mí  y tenía que hablar menos de literatura.

Lo que sea por no hablar de literatura.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


sábado

Reflejos

[ … ] recordando que los filósofos se complacen en preguntar qué es lo real y en indagar sobre  la diferencia entre apariencia y realidad, se advierte que Ferrater solía fotografiar reflejos en el agua, reflejos en los espejos, incluso reflejos en los anteojos, de modo que la fotografía contiene a la vez un objeto y la imagen del objeto.

viernes

Recordar de pronto

 y que el mar recordó ¡de pronto!


 los nombres de todos sus ahogados.


Federico García Lorca, «Fábula y rueda de tres amigos», Poeta en Nueva York

miércoles

Fruto de su imaginación

Fingir es fácil.

Fingir en la cama es muy fácil.

Un hombre se creerá lo que sea y, cuanto más ego tenga más fácil será hacer una función en la que él pensará que en la pista ha habido trapecistas, juegos malabares y fuegos artificiales.
Jamás sabrá, ni se le pasará por la cabeza, que todo fue fruto de su imaginación.

Yo lo he hecho muchas veces, las primeras porque no lograba concentrarme, estaba como ausente, me daba la sensación de que veía la escena desde otro lugar y parecía que si no hacía algo me quedaba fuera de la fiesta. Después me acostumbré a aquellos shows que me montaba en la cabeza y si no conseguía armar una buena función ya no disfrutaba. 

Durante mucho tiempo no le conté nada a nadie, me daba vergüenza y pensaba que estaba haciendo algo malo, pero varias mujeres, unas amigas y otras menos amigas, me dijeron con naturalidad que ellas también lo hacían.

— ¿Tú les engañas Naza?

¿Cómo podía reconocer algo que solo yo sabía y que me montaba en mi cabeza como si fuera el escenario de un cabaret?

— Yo no engaño nunca.
— ¿Cómo logras entonces que no se sientan unos desgraciados?

¿Desgraciados? No lo entendía bien, yo lo hacía por no sentirme yo una desgraciada, nunca había pensado que ellos pudieran serlo.

— No tienen por qué sentirse desgraciados, el sexo es para disfrutar.
— Entonces...¿No actúas nunca?

No podía disimular más.


Naaré Lascano, Cuentos de parque Chas



martes

Lo inmenso y lo minúsculo

Cuando tomaba demasiado podía darle por lo inmenso o por lo minúsculo.
No sé qué era peor.

Si le daba por lo inmenso se podía tirar en medio de la calle con los brazos abiertos, echar a correr sin dirección o hacer unos aspavientos estrafalarios que imaginaba movimientos de algún tipo de arte marcial que solo él conocía.

Si le daba por lo minúsculo podía diseccionar cada frase, cada palabra y cada pensamiento hasta lo ridículo o hasta lo sublime.

Tanto da.


Nazará Lacascano, Cuentos de Parque Chas

Solo fue divertido

Siempre se me dio bien ser otra. Pudiera parecer, entonces, que hacer de doble de aquella escritora oculta sería fácil. 


No fue fácil, solo fue divertido.


Nazaré Lascano, Cuentos de parque Chas

Usar un taladro

Corría el año 2007 y vivía de alquiler en Sevilla; mi piso tenía dos espacios: un salón-cocina y un cuarto de baño con azulejos celestes cuya ventana daba a la placita de San Julián. 

Dormía en el salón sobre un colchón tirado en el suelo. No sabía usar un taladro ni enmarcar una lámina, así que estropeaba pósteres caros clavándolos a la pared con chinchetas. Nunca conseguía colocarlos rectos y esta asimetría me atormentaba.

Toteking, Búnker

domingo

Cerrar los ojos

Mamá siempre salía en las fotos con los ojos cerrados. Para parecerme a ella yo los cerraba a propósito en el momento en el que el fotógrafo disparaba.


Nunca conseguí cerrarlos a tiempo.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Las diez

Jorge dibujaba, no era mentira aunque yo estuviese convencida de que solo lo hacía para hacerse el interesante. Además era un mentiroso y los mentirosos suelen apropiarse de los méritos y de las opiniones de los demás.

Suponía que los dibujos de desnudos que colgaban de las paredes de su casa no eran suyos.

Por alguna razón me excitaba lo de aquella mentira, me imaginaba desnuda en el salón, rodeada de botes con pinceles y lápices, y a Jorge delante del lienzo inventando una historia inverosímil para explicar por qué ese día no era capaz de dibujarme.

Así que me dejé engañar, accedí a posar para él un sábado por la mañana. Antes de subir a su departamento paré en una cafetería con la idea de comprar unos croissants. Me senté a una mesa y pedí un café con leche. Aún no eran las diez de la mañana, pero allí dentro había un ambiente festivo, un grupo de chicos y de chicas desayunaban haciendo mucho ruido. Me fijé en ellos, no parecían borrachos, ni que salieran de una fiesta, no armaban jaleo, ni molestaban a nadie, solo vivían a las diez de la mañana como si fueran las diez de la noche. 

Cuando una de las chicas pasó junto a mi mesa la llamé. Lo hice sin pensar.

— Disculpa ¿podrías decirme la hora?

La chica se volvió hacia mí, tenía aspecto de universitaria, aunque llevaba un vestido demasiado corto y lindo para esa hora, miró su reloj de pulsera y sonrió.

— Van a ser las diez.
— ¿De la mañana o de la noche?

No se extrañó de la pregunta, pero volvió a sonreír.

— Disculpa  —traté de no parecer una estúpida— trabajo de noche y no sé en qué hora vivo.
— ¿En qué trabajas?
— Soy modelo.

A la chica se le iluminaron los ojos.

— ¡Qué bueno! Nunca conocí a una modelo.
— Ya, bueno, como ves somos muy normales.
— ¡Qué va! Se te ve algo especial.

Me ruboricé, nunca me habían dicho algo así.

— Gracias, vos también, el fabricante de ese vestido debería verte.

Rio. Miró su reflejo en el escaparate. Dio una vuelta sobre sí misma, como una bailarina. Se lo tomó como una broma y siguió preguntándome.

— ¿Eres modelo publicitaria?
— No, modelo de arte.
— ¡Oh, perdona!
— Ahora entro a trabajar.
— ¿Ahora?
— Si son las diez de la mañana sí.
— Sí, si que lo son.

Me levanté lentamente, en el fondo de la cafetería sus amigos seguían riendo, la chica no se movía, al fin le hablé.

— ¿Te gustaría venir?

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



sábado

Personajes de ficción

— A menudo sus personajes hacen cosas porque sí.


Estaba de acuerdo, los personajes eran poderosos, pero actuaban como personajes, por impulsos, porque lo decía su autora, porque sí.


— ¿Vos no haces cosas porque sí?
— Puede ser, pero yo soy real, tengo ese derecho.


Me pintaba por haberme puesto a defender lo indefendible, por arrastrada, por estómago agradecido.


— Estoy de acuerdo.
— ¿Está de acuerdo en que sus personajes no tienen razones para hacer lo que hacen?
— Trato de darles una realidad que a menudo no merecen —hice una larga pausa— y eso provoca que acaben actuando de manera ilógica o se salgan del esquema. Sinceramente, es un defecto que no sé si podré corregir.


Las preguntas venían de una chica muy joven, llevaba lentes, era flaca y se agarraba a un bolígrafo para hablar. Se sonrió ante mi última frase.


— No digo que estén mal escritos, de hecho hay varios personajes que me los llevaría para casa, lo que ocurre es que me descolocan sus decisiones cuando no obedecen a nada.


Me gustaba aquella flaca.


— Ten cuidado.
— ¿Cuidado? ¿Con las decisiones que no llevan a nada?
— Con mis personajes, ¿los dejaste solos en casa?


La flaca se ruborizó, mordisqueó el bolígrafo e hizo como que apuntaba algo. Hubiera sido estupendo que ella o yo hubiéramos hecho algo ilógico, porque sí. Pero no podíamos, a esas alturas ya éramos ficción.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


jueves

Vergüenza en compañía

Mucha gente tomaba en el barrio.

Mis viejos también, yo no sabía hasta qué punto hasta que los vi una noche regresando de un espectáculo con las caras aborrajadas, hablando alto y riéndose a carcajadas.

Encontrarme con el viejo mamado no me producía ningún efecto, pero ver a mamá trabarse con las erres, repetir las cosas mil veces o sonreírse como una estúpida me hacía sentir rara, como un personaje de la tele, una huerfanita desgraciada o algo así.

Supongo que no era agradable ver que las madres también tienen otras personalidades dentro, y que la voz de esas personas no es clara y sus reflexiones son una mierda.

Una tarde vacié las botellas del mueble bar en el lavabo y las rellené con agua del grifo. Según lo hacía sabía que me iba a meter en un lío y que con eso no arreglaba nada, pero no pude por menos, hice aquello como una autómata, como si me viera desde fuera.

Se enfadaron claro, pero también se rieron, se habían preparado dos gin tonics magníficos en unas copas grandes adornadas con rodajas de limón y, cuando los probaron, pusieron una cara extraña, entre la incredulidad, la desilusión y la alegría triste de la vergüenza en compañía.

Ahora, a veces, yo pongo esa cara también.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas




miércoles

Arrastrar

¿Por qué se habían vuelto locas?
¿Fueron las primeras en perder un ser querido?

Mi teoría es que ni Lucía ni su madre aceptaron el destino de su padre. Y no me refiero a esa estupidez del destino marcado o escrito. No. 

Me refiero al destino que él había escogido, el de apostar lo que no tenía, el de arriesgar de forma suicida hasta que encontró lo que buscaba.

Le faltó decencia o generosidad o lo quiera que le debiera a su familia y le sobró humildad.

¿Se dejó ganar? No lo creo, se dejó arrastrar.

Lo consiguió.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


Los pies del gigante

Recuerdo pocos cuentos infantiles.

Recuerdo, sobre todo, uno terrorífico que me contaron en la escuela siendo muy pequeña.

Trataba sobre un gigante muy grande que vivía en un país muy pequeño, el gigante no era malo, pero al ser tan grande no podía evitar destruir todo lo que tuviera cerca. Las casas, los árboles, la gente, todo lo que estaba cerca de aquel ser acababa roto, pisoteado, destruido. Y, claro, el gigante se sentía muy solo.

Hasta que apareció una princesita y el gigante se enamoró y, después de que él consiguiera rescatarla de unos hombres muy malos ella también se enamoró y entonces el gigante tomó un tamaño normal.
Yo no entendía nada. ¿Por que adquirió un tamaño normal? ¿Cómo lo hizo? ¿Por qué la princesita no se hizo gigante? Años después pensé en si el que lo escribió quería dar una explicación freudiana y todo aquello tenía que ver con el sexo o algo así.

Creo que, a pesar de todo, yo misma hubiera soñado con ser aquella princesita de no ser por las ilustraciones del libro.

En la última página, cuando la princesa y el gigante, ahora de estatura normal, se alejaban de espaldas al lector con sus galas de recién casados, uno de los pies del gigante levantado, dejaba ver la suela y, pegados a esta, aún podían verse pequeños cuerpecitos, los cadáveres minúsculos de las personas que un día fueron pisoteadas y que habían menguado junto al gigante.

Nazaré Lascano Cuentos de Parque Chas 


martes

Hormiga descubre a los humanos

En el taller de teatro Tomás aprendió a representar cualquier personaje. Le gustaban los más complicados y cuando la profesora les daba una terna para que eligieran él siempre elegía el que pensaba que le supondría mayor dificultad.


Fue así como se hizo detective. Fue así también como fue "mujer madura irresponsable", "vendedor de afrodisiacos", "arquero desahuciado" y, entre los seres extraordinarios, "campeón de lucha libre que salva al país de la bancarrota", "inventor de una máquina para fabricar agua" y "hormiga que descubre a los humanos".


La representación de la hormiga vació a Tomás, le hizo replantearse su vida y su propia humanidad. Vestido, que no disfrazado, como hormiga deambuló cuarenta días y cuarenta noches por Buenos Aires.


Le robaron, le arrojaron al mar y le exhibieron en una feria.


Una noche en la que le habían obligado a bailar y beber durante horas, una mujer, creyéndole un loco, se apiadó de él y le llevó a su departamento. Eso y no la hormiga fue lo que le cambió la vida.


Nazaré Lascano, Cuentos de parque Chas

lunes

Los artistas

Odio a los artistas, por cierto. Sobre todo a los obsesionados con permanecer: aquellos que sueñan con que sus obras vivan más allá de los límites del cáncer.


Toteking, Búnker


Más sobre los hoyos

Las ideas sobre el espacio y el tiempo que deseo mostrarles hoy descansan en el suelo firme de la física experimental, en la cual yace su fuerza. 

Son ideas radicales. Por lo tanto, el espacio y el tiempo por separado están destinados a desvanecerse entre las sombras y tan solo una unión de ambos puede representar la realidad.

Hermann Minkowski, Discurso en la 80ª Asamblea de Científicos Naturales y Médicos Alemanes (1908)

El hilo del placer


En varias ocasiones me preguntaron sobre religión.

Yo me sobrecogía. Como una beata entregada o como una mística posmoderna. 
Se me erizaba la piel, me excitaba sexualmente.

Creo que se me notaba porque sacaba la lengua y me la pasaba por los labios, me di cuenta después, viéndome en algunos vídeos, era patética y hermosa como una virgen del barroco.

Lo hacían por mi supuesto apellido, que en realidad era un doble engaño y una doble trampa. Evidentemente yo no era yo, pero es que además la escritora a la que representaba utilizaba un nombre falso, no un seudónimo, un auténtico nombre falso que le permitía escapar de alguien y a la vez vender más libros.

Identificarla entonces con una religión determinada por su apellido era una estupidez, también doble.

Pero aquello me ponía a cien.

— Sí, escribo desde la religión, pero como escribo desde la ensalada de aguacate que comí para almorzar, desde mis suspensos en matemáticas en primaria, desde mi incapacidad para dormir antes de las tres de la mañana, desde los traspiés que doy constantemente en las aceras, desde el aliento que me echan los pasajeros en el subte, desde los informes de lectura que hice durante seis años, desde los ratos que paso sentada en la taza del váter tras el café del desayuno, desde las conversaciones con el mesero de la plaza de mi barrio, desde el terror a oír lo que dicen a mis espaldas, desde el tacto de las manos que tocaron mi sexo, desde todo lo que recuerdo y es mentira.

Aquello podía no tener fin. 

A veces oía toses nerviosas o el moderador me pasaba una notita manuscrita pidiéndome que parara y que yo leía en público. Paraba cuando me quedaba sin aire o se me secaba tanto la garganta que tenía que agarrarme a la botellita de agua y abrirla como si abriera champaña, y al descorcharla se me iba el hilo, y paraba, y se oían suspiros o risitas, pero también a gente con la respiración contenida y los ojos muy abiertos esperando que yo tragase y continuase, pero para entonces yo ya había alcanzado el clímax y había perdido el hilo del placer o lo que fuese aquello que acaba de pasar.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

domingo

Rojo sandía

— Sus cuentos están llenos de hoyos ¿podría explicarnos por qué?

— No son ninguna metáfora o símil de la vagina, ni del acto sexual.

Hubo un murmullo en el patio de butacas parecido al de un estadio cuando el delantero local falla un penal.

 — Ni las braguitas rojas son una metáfora de la virginidad, por si era esa la siguiente pregunta.

 —¿Tienen esas figuras entonces un significado concreto o son aleatorias?

Creo que la pregunta me ofendió, como si realmente fuera la autora.

— ¿Aleatorias? Todo tiene un significado, nada es aleatorio.

Pensé que los editores podrían estar satisfechos con aquellas frases supuestamente ingeniosas que no decían nada, sin duda debía comprometerme un poco más.

— ¿Qué significado pueden tener, o tienen, entonces?

— Les daré algunas pistas, cuando encuentren ropa interior en una novela es posible que la autora hace tiempo que no se cambia de bragas. 

El murmullo era ahora más intenso, pero más apagado, si el olor a sudor tuviera sonido sería aquel murmullo. El periodista que me interrogaba se creció.

— ¿Y, entonces, los hoyos?

— Los hoyos nunca son un buen augurio. Los últimos auguraron un descenso en las ventas, por eso es que me han visto la cara al fin y he venido a España.

No me hizo falta mirar de nuevo a mis jefes, su caras rojo sandía, daban un fulgor que iluminaba el escenario. 

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas