domingo

La montañita

La inspección de la cocina fue aún más entretenida.


Los billetes guardados en bolsas de plástico en la nevera no fue lo más llamativo que encontramos. En uno de los armarios había un bote de cristal de unos cincuenta centímetros lleno hasta arriba, demasiado lleno. 

En otro armario gemelo había un bote de azúcar exactamente igual.


Descubrí el primero, abrí la tapa, metí los dedos índice y corazón y me llevé unos granos a la boca.


— Sólo es sal.


Darío que estaba mirando el armario de la izquierda miró con un interés que yo pensé que sólo era pose de inspector.


— ¿Sólo? Aquí hay uno con azúcar.
— Azúcar y sal.
— Es raro que no ponga lo que es en los botes.
— Bueno, están separados, simplemente sabía que el azúcar estaba a la izquierda y la sal a la derecha.

Cuando lo dije me di cuenta de lo que me cuesta ponerle género masculino al azúcar.

Darío Varona abrió la tapa de cristal del bote de azúcar y lo vació en la mesa de la cocina. Al hacerlo algo chocó contra la madera. Era un reloj de pulsera, con sus dos agujas moviéndose de forma imperceptible. Estaba lleno de granitos, Darío lo sacudió con delicadeza y miró la esfera que retrasaba una hora exactamente.


Cuando terminó me pidió el tarro con la sal, lo vació encima de la montañita de azúcar sobre la que cayó un segundo reloj, igual que el primero con la diferencia de que este marcaba una hora más de la oficial y dos más que su compañero del azúcar.


Nazaré Lascano



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