La cabeza del escritor
Tomás escribió durante varios años, entre cuatro y cinco, sobre cómo las representaciones teatrales matan a la obra.
En una de sus muchas conclusiones sostenía que las obras más puras son aquellas que no se representan nunca. En el capítulo treinta y dos, Tomás teorizaba sobre si los ensayos teatrales también pervertían la obra o si por el contrario la hacían más humana.
No llegaba a ninguna conclusión vinculante, pero en el artículo sesenta y tres demostraba que la mejor obra es la que queda en el cuaderno del dramaturgo.
Años después, siendo ya director, se avergonzó de lo que había escrito, ahora sabía que la mejor obra es la que nunca salió de la cabeza del escritor y, por tanto, envidiaba a cada persona anónima con la que se encontraba y que nunca había escrito (ni siquiera pensado) un solo diálogo de ficción.
Nazaré Lascano
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