Algunos días almorzaba en su casa.
Era una casa blanca, inmaculada, con rayitos de sol que se colaban a través de los cristales de una galería llena de macetas con plantas colocadas por especies, tamaños y colores. Las persianas, de un color verde magníficamente desvaído, le daban un tono que pudiera haber pintado Remedios Varo.
Yo avanzaba por aquel pasillo como una reina, apenas flotando sobre las baldosas dibujadas con geometrías repetidas que hubieran hecho de mí una persona distinta si hubiera podido vivir allí mi infancia, como ella, que allí, en la casa familiar, me iba desvelando secretos que, paradójicamente, la hacían más misteriosa.
Nazaré Lascano
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