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domingo
Curarse
No son héroes
También se embarcó la directora en una de las misiones del Open Arms, en la que fueron rescatadas quinientas cincuenta y una personas, en unas condiciones meteorológicas extremas y en la que murieron dos bebés.
Lo particular es que Palacios huye de homenajear a ninguna ONG. El foco no está en ellos, ni siquiera nos da a conocer el nombre de sus tripulantes ni se dedica a testimoniar su experiencia con declaraciones, son ejecutores de un rescate. No son héroes.
En este caso, el foco está en las víctimas, a las que ni siquiera conocemos y que no tienen otras opciones para intentar vivir ni derechos. En una situación de pandemia en la que nos quejamos por algunas limitaciones, no está nada mal que nos replanteemos lo que realmente significan los derechos humanos y dejemos de mirar hacia otro lado.
Neus Vallara, Cartas Mojadas (Paula Palacios. 2020)
Acudir a los miserables
De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir.
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en esta gravísima, altisonante, mínima, dulce e imaginada historia, que después que entre el famoso don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron aquellas razones que en el fin del capítulo veinte y uno quedan referidas, que don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos; venían ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie: los de a caballo, con escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y que así como Sancho Panza los vido, dijo:
—Esta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
—¿Cómo gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?
—No digo eso —respondió Sancho—, sino que es gente que por sus delitos va condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.
—En resolución —replicó don Quijote—, como quiera que ello sea, esta gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
—Así es —dijo Sancho.
—Pues, desa manera —dijo su amo—, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir.
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en esta gravísima, altisonante, mínima, dulce e imaginada historia, que después que entre el famoso don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron aquellas razones que en el fin del capítulo veinte y uno quedan referidas, que don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos; venían ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie: los de a caballo, con escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y que así como Sancho Panza los vido, dijo:
—Esta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
—¿Cómo gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?
—No digo eso —respondió Sancho—, sino que es gente que por sus delitos va condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.
—En resolución —replicó don Quijote—, como quiera que ello sea, esta gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
—Así es —dijo Sancho.
—Pues, desa manera —dijo su amo—, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, CAPÍTULO XXII
martes
Milagro
Yo mismo presencié un milagro. Fue cuando las cosas aún podían arreglarse sin ellos.
Stanislaw Jerzy Lec
sábado
Ordesa

Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números
claros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto
hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición.
Todo hombre acaba un
día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres
humanos que pueden soportarlo, yo nunca lo soportaré. Nunca lo soportaré.
Miraba la ciudad de Madrid y la irrealidad de sus
calles y de sus casas y de sus seres humanos me llagaba por todo el cuerpo. He sido un eccehomo. No entendí la vida. Las conversaciones con otros seres humanos se
volvieron aburridas, lentas, dañinas. Me dolía hablar con los demás: veía la inutilidad
de todas las conversaciones humanas que han sido y serán. Veía el olvido de las
conversaciones cuando estaban presentes.
Manuel Vilas, Ordesa
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