Mostrando entradas con la etiqueta Lorenzo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lorenzo. Mostrar todas las entradas
miércoles
viernes
La haitación de Barba Azul
Como en la casa de Barba Azul había en el sótano una habitación cerrada a la que teníamos prohibida la entrada. Siempre que recuerdo a Lorenzo recuerdo sus habitaciones cerradas.
Lupe y yo tratamos de no pensar en ese espacio porque sólo podía ser una trampa, quizás la razón de ser de todo aquello. Al principio la táctica fue no hablar de ello, pero descubrimos que de lo que no se habla se vuelve cada día más grande y cuando estaba apunto de estallar decidimos hablarlo sin tapujos.
Lupe fantaseó con un lugar blanco muy iluminado, con una cama grande en medio y un espejo cubriendo el techo. Si le preguntaba por qué blanco, por qué una cama en medio y por qué el espejo en el techo respondía "Cosas de Lorenzo, ya sabes".
Yo no sabía, pero pensaba en lo mismo que ella aunque no se lo decía.
Nazaré Lascano
jueves
El ángel borracho
Lorenzo me regaló dos angelitos de escayola, me dijo que los pintara y que le devolviera el que menos me gustara.
Lo hice, compré pinturas en una tienda de arte y me pasé la noche pintando las figuras. Cuando amaneció pensé que habían quedado perfectos, los dejé secando en la cocina y me acosté.
Por la mañana los angelitos no estaban en su sitio, los busqué alterada como una mona por todas partes y cuando iba a salir a la calle me crucé con mi madre que entraba.
—¿Y los ángeles?—¿Qué?—Los angelitos de escayola que dejé en la cocina.—¿Eran tuyos?
¿Que si eran míos? ¿De quién iban a ser? ¿Qué le pasaba a esa mujer?
—Claro que eran míos, mamá, ¿Qué has hecho con ellos?—No he hecho nada, pareces una loca, Naza.
Mamá me echó a un lado y caminó hasta la cocina, llevaba dos bolsa blancas.
—¿Están ahí?—¿Qué?
Me irritó como hacía tiempo que nadie lo hacía.
—¿Qué? ¿Sólo sabes decir qué?
Me miró compasiva. No dijo nada, entró en la cocina y la oí desde el pasillo sacar cosas de las bolsas. Corrí, entré en la cocina y vi que sacaba botes de tomate frito, de espárragos y no se cuantas latas más, me quedé mirando, simulando tranquilidad hasta que sacó la última pieza, una botella no demasiado grande de coñac.
—¿Ahora compras coñac?
Mamá no me miró, comenzó a colocar las latas en el armario y yo no pude soportar el tiempo eterno que se abría por delante hasta que terminara con su trabajo.
—¿Los has visto?—¿El qué?—Los angelotes de escayola mamá, ¿los has cogido tú?—¡Qué feos son, Naza! ¿Dónde los compraste?—Me los regaló Lorenzo.—¿Lorenzo?
Fue la primera vez que supo que Lorenzo me regalaba algo.
—Me pidió que los pintara.—Ahora entiendo.
Me puse colorada. Pensé que había elaborado en su cabeza una teoría que me avergonzaría sobre los angelotes, la pintura, Lorenzo y yo.
—¿Qué entiendes?—Entiendo que sean tan feos.
Aquel comentario estúpido me hizo sentir mal, pensé en dejar aquello, dejarla con sus botes de conserva y marcharme a la calle, cuando di la vuelta para salir me agarró del brazo.
—No les ha pasado nada. Están secándose en el balcón.
Mamá los había colgado de dos alcayatas que hacía años les esperaban en una de las paredes del balcón. Tenía razón, a la luz del día eran muy feos, en especial uno de ellos al que le había quedado una expresión de borracho. Durante mucho tiempo Lorenzo lo llamó así, el ángel borracho.
Nazaré Lascano
Estrellas
El primer hotel al que me llevó Lorenzo tenía tres estrellas en la puerta, una lámpara enorme en el recibidor con la forma del sol de la bandera argentina y, en el cuarto de baño unos botecitos dorados con champú, acondicionador y gel con un aroma intenso a frutos del bosque.
La recepcionista era una señora mayor que no hizo ningún comentario al ver mi edad en el carné. Vestía una camisa color tostado que parecía que formaba parte de su piel y una sonrisa blanquísima que no se sabía si era suya o venía con el uniforme.
A la mañana siguiente, muy temprano, volví a casa y me crucé con mamá en la cocina, me acerqué a darle un beso y se quedó con la cara tan blanca como la dentadura de la recepcionista.
— ¿Ocurre algo?— ¿Pasaste la noche en el hotel de la lámpara con forma de sol?
Me quedé paralizada, sin saber qué responder.
— ¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo dijo?— El lobo.
No sé porqué al oírle mencionar al lobo me puse colorada.
— ¿Qué dices? ¿Qué lobo?— El que huele a frutos del bosque.
Nazaré Lascano
El primer hotel al que me llevó Lorenzo tenía tres estrellas en la puerta, una lámpara enorme en el recibidor con la forma del sol de la bandera argentina y, en el cuarto de baño unos botecitos dorados con champú, acondicionador y gel con un aroma intenso a frutos del bosque.
La recepcionista era una señora mayor que no hizo ningún comentario al ver mi edad en el carné. Vestía una camisa color tostado que parecía que formaba parte de su piel y una sonrisa blanquísima que no se sabía si era suya o venía con el uniforme.
A la mañana siguiente, muy temprano, volví a casa y me crucé con mamá en la cocina, me acerqué a darle un beso y se quedó con la cara tan blanca como la dentadura de la recepcionista.
— ¿Ocurre algo?
— ¿Pasaste la noche en el hotel de la lámpara con forma de sol?
Me quedé paralizada, sin saber qué responder.
— ¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo dijo?
— El lobo.
No sé porqué al oírle mencionar al lobo me puse colorada.
— ¿Qué dices? ¿Qué lobo?
— El que huele a frutos del bosque.
Etiquetas:
Lascano,
Lorenzo,
Ropa interior de color rojo
domingo
Imperfección
Me sorprendió que llevara agujereada la ropa interior. Pensé como una tonta que aquello era un golpe de imperfección en medio de una habitación de hotel de 1000 dólares la noche.
No dio explicaciones, no recurrió a hablar del interior o de lo importante, ni siquiera hizo bromas con aquello. Tampoco se avergonzó.
— Es así Naza, llevo estos calzoncillos desde hace tiempo y la goma se va desgastando.
Recuerdo que yo estaba descalza y que la moqueta me hacía cosquillas en la planta de los pies, que miré hacia abajo para poder pensar qué decir y vi que mis uñas estaban mal cortadas, como si alguien me las hubiera mordisqueado.
— Yo tengo unas braguitas igual.— Pero seguro que no te las pones para salir de casa.
Salté a la cama y oculté mis pies bajo bajo las sábanas.
— No, si he quedado contigo.
Lorenzo subió también a la cama, las uñas de sus pies estaban perfectamente cortadas.
Nazaré Lascano
miércoles
La mañana siguiente
La tarde que murió su madre, Lorenzo conducía de vuelta a casa. Al llegar vio desde su automóvil como la gente estaba arremolinada junto a la casa familiar, vio a sus dos tías correr desesperadas de un lado a otro y a su propio padre llorar con la cara entre sus manos, sentado, (casi tendido) en el banco de la entrada.
Lorenzo siguió de largo y estuvo conduciendo toda la noche y parte de la mañana siguiente.
Nazaré Lascano
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





