Snail Girl empezó a interesarse por hacer cosas cotidianas, pero yo ignoraba qué quería decir con cotidianas y le pedí que empezara con pequeñas cosas, que subiera a un autobús, que comprar una barra de pan, que recogiera una chaqueta de la lavandería o que sacara entradas para el cine.
No entendió nada, no supo hacerlo y yo no supe explicarle cómo se hacen cosas normales.
Le dije que lo olvidara y le di una llave para que entrara en casa por la puerta en vez de hacerlo por la ventana. No tendría de qué preocuparse, yo la esperaría del otro lado a una hora determinada, mirando por la mirilla.
Quedamos en hacerlo un viernes por la tarde, ella salió hacia mi casa con la determinación de un explorador y yo la esperaba como un marido impaciente, caliente y seco en el campo base.
Pero los minutos y las horas fueron pasando, la tarde fue pasando y Snail Girl no aparecía. Yo dejé la mirilla y salí a la calle buscarla, di vueltas concéntricas, primero por la plaza, después por las calles de alrededor y luego por la avenida.
En cada una de esas vueltas preguntaba por ella y en todas partes había alguien que la había visto con su llave pequeñita en la mano, cogiendo el autobús, comprando una barra de pan, recogiendo mi chaqueta de la lavandería o comprando las entradas para el cine.
Terry Salgado
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