Calafell tiene la mesa de su despacho llena de papeles. En realidad no es un despacho sino un rincón, un buen rincón junto a una ventana orientación sur en la comisaría del Cuerpo de Investigación y Vigilancia.
Desde hace unos días, desde que todos son conscientes de que lo que están viviendo es una guerra, hay una luz distinta sobre Madrid, un sol como de agua, como de principios de primavera a pesar de que el verano está llegando a su fin.
Debajo de su ventana pasa todas las mañanas una mujer con una caja de naranjas en la cadera, canturrea una canción que Calafell desconoce, pero con un tono fácil y pegadizo. Casi todos sus compañeros se asoman cuando la oyen pasar, es joven, lleva un vestido claro, de manga corta, y la llaman la frutera.
Algunos días, los viernes sobre todo, la frutera se para junto a las ventanas de la comisaría y les lanza naranjas a los policías. Calafell lo observa desde su mesa, ve a sus compañeros, algunos muy jóvenes, dar gritos, y a la frutera reír a carcajadas.
— ¿No te asomas Manuel?
Calafell no se asoma por timidez y por una especie de sentido de la responsabilidad. Para evadirse hunde su mirada en los informes, en los nombres sin cara de una víctima y dos testigos, de una calle, un día y una hora. Después oye como una naranja rompe un cristal y vuelve al mundo.
Nazaré Lascano
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