Una noche mi viejo trajo una trucha viva a casa.
Se la habían regalado o la había ganado jugando al póker en una timba que se hacía los jueves en un reservado del restaurante chino. Sólo me acuerdo de ver por la mañana a un pez enorme nadando con torpeza y con furia en la bañera.
Ese día, antes de ir al colegio estuve un rato sentada en el váter, aterrorizada, mirando cómo la trucha daba bandazos y salpicaba todo echando agua fuera de la bañera. Me prometí no volver a entrar al cuarto de baño hasta que aquel pez no saliera de allí.
No pude cumplir mi promesa.
Fueron tres días terribles, por la noche me la pasaba oyendo a la trucha nadando en la oscuridad y apenas podía dormir, y por el día tenía que entrar corriendo a lavarme las manos o a hacer pis sin quitarle ojo. Recuerdo a mamá bromeando al ver que le tenía miedo a la trucha y decirme que iba a prepararla para la cena.
La noche que murió soñé que la trucha entraba en mi cuarto, deslizándose, con mucha elegancia, y que me llamaba por mi nombre, y que tenía una voz de mujer muy bonita, como la de las actrices que doblan las películas americanas.
No recuerdo nada de lo que me dijo, sólo que no me preocupara, que no me iba a molestar más.
Por la mañana estaba flotando, boca a arriba, mirando al techo.
Nazaré Lascano
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