jueves

La lluvia a los dieciséis

Había tardes de lluvia en las que el barrio alcanzaba otra forma, no sólo eran distintas las plazas, las calles o los bancos del parque, también cambiaban las conversaciones y hasta las decisiones.

No era raro, a mis dieciséis años, pasarme la tarde en mi cuarto y salir afuera en cuanto la lluvia se hacía intensa y el paisaje que se veía desde mi ventana estaba lo suficientemente emborronado. 

Había traseras, descampados y paredes agrietadas espléndidas para una tarde lluviosa, en esos lugares no hacía falta encontrarse con nadie, o sí, en realidad lo importante era la calle mojada, el ambiente húmedo, los vecinos resguardados en casa y el agua repiqueteando en la acera y rehaciendo cada esquina.

Cuando la tarde caía y se encendían las primeras luces, que por entonces eran amarillas, todo era aún mejor, la temperatura bajaba y a veces era necesario moverse y pasear hasta la avenida, hasta que el barrio se acababa, y decidir si continuar o parar bajo la lluvia.

Nazaré Lascano


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