Debí de enfadarme, pero por entonces no me enfadaba nunca. Así que mi silencio les reforzaba y la siguiente noche llegaron dando voces y riendo mientras subían las persianas del salón haciendo un ruido horrible como el de una carraca gigante.
Yo me despertaba y ya no me quedaba dormida, les oía hablar al oro lado de la pared, sobre todo a Amparo que tenía esa risa de ciega que me hacía imaginarla peor de lo que era.
Nazaré Lascano
No hay comentarios:
Publicar un comentario