martes

Atalaya de obervación

Estuve toda esa mañana de lunes levantándome de mi sitio para ir hacia el perchero y tomar ese lugar de la oficina como atalaya de observación. Desde allí podía ver a Saúl con claridad, aunque tuviera que disimular haciendo como que buscaba algo en los bolsillos de mi abrigo cada vez que algún compañero pasaba por delante.

No podía creerme la cantidad de circunstancias que se abrieron ese día al estar colocada junto al perchero. Hablé con gente, con la que no había intercambiado más allá de saludos formales en un año, que me hicieron confesiones domésticas y hasta me invitaron café en la máquina del pasillo y a tomar una cerveza esa misma tarde.

Yo resistí como un soldado en misión de reconocimiento en territorio enemigo, traté de vaciar mi cabeza de enredos laborales y fijé mi vista en mi objetivo. Conseguí tras muchos intentos fallidos ver con  nitidez el bigote de Saúl Álvarez manchado con la espuma del café con leche que en ningún momento trató de limpiarse.

Volví a mi mesa y lo anoté en mi agenda, contenta de tener algo que presentarle a Darío Varona.

Nazaré Lascano


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