Ojalá tener una foto de Calafell, para poder ver sus ojos, por lo menos, antes de escribir sobre él.
Tomás piensa que es mejor así, sin imágenes, el pobre se piensa a sí mismo como escritor y aún conserva la idea básica de la literatura decimonónica en la que cada uno debemos tener un Calafell en la cabeza y ese es el mejor Calafell, el único posible entre los infinitos rostros de un personaje.
Pero la historia de ese hombre, un inspector de homicidios durante una guerra, está ahí fuera, flotando en el tiempo, con su propia cara, y en ese tiempo (¿en círculo, en espiral, en eterno retorno?) él tiene un rostro, no el que tú, lector, estás imaginando.
No debe ser demasiado complicado ir a un archivo histórico y tratar de encontrar una ficha con su nombre y su cara. Es algo que antes o después ocurrirá y eso hará que todo lo que escribamos (Tomás o yo misma) o no valga para nada, o tome su propio camino.
Nazaré Lacano
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