Cuando entraba en una casa donde nunca había estado, Snail Girl siempre recorría con la mirada todas sus esquinas, todos sus rincones.
Veía en cada arista y en cada ángulo un mundo de posibilidades, un hábitat calentito desde donde escuchar las conversaciones familiares, sentir el run run de la tele por las noches y los ruidos de la casa cuando todos estuvieran fuera.
Cuando salíamos de una de esas casas, Snail Girl me agarraba de la mano y la movía hacia atrás y hacia adelante, como si fuera una niña sobreexcitada, a la vez que me hacía montones de preguntas:
¿Por qué no se darán cuenta esos estúpidos de todo lo que se esconde en las esquinas de su casa?
¿Por qué nadie se para a oír a las casas por las noches?
¿Por qué no se le da importancia a las palabras que retumban en los techos?
Terry Salgado
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