domingo

El estribillo

Como en una escena inevitable de una película mala o como la letra de un estribillo en consonante, las miradas entre Saúl y yo acabaron encontrándose.

La interpretación fue vergonzosa, pero eficiente, él sonrió debajo de su bigote y yo me ruboricé y le saludé levantando con timidez la palma de mi mano.

A los cinco minutos me abordó junto a la máquina de café. 

—  ¿Ya tomaste café, Lascano?

Recordé por qué me parecía un ser repelente, pero aquella oportunidad no podía escaparse por culpa de la vergüenza ajena.

— Justo venía ahora ¿te apetece uno?

Sabía que ya lo había tomado, y que se había manchado de leche el bigote que yo no podía dejar de mirar, y sabía que no iba a negarse, también aquella era su oportunidad.

—  Claro, me apetece mucho, mucho.

"Me apetece mucho mucho" era un frase que merecía que me marchara de allí sin decir nada, pero aguanté, aguanté que me hablara sin parar, que me contara un tostón interminable sobre su fin de semana, sobre la belleza de la música en directo y sobre los locales que tienen un  mejor sonido. 

Daba pena ver cómo buscaba a ciegas el camino para encontrar la puerta por la que entrar en mi vida.

Nazaré Lascano


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