Varona se presentó en mi apartamento con una bolsa grande de tela. Por un momento pensé que podía ser un regalo para mí. Le invité a sentarse en el sofá y cuando fui a la cocina fantaseé con el contenido de la bolsa y si debía sacar el vino sin decir nada o preguntarle antes.
Decidí hacer sonar el cristal de las copas, chocándolas entre sí, para que fuera él quien tuviera que hablar. No dijo nada. Saqué el corcho sin hacer ruido y me presenté con las dos copas entrecruzadas en la mano derecha y la botella en la izquierda. El inspector había sacado ya el contenido de la bolsa. Un álbum enorme, de pastas verduzcas y gastadas descansaba sobre la mesita.
— ¿Qué es eso?
— Los sospechosos.
Coloqué las dos copas junto al álbum y serví el vino con cuidado, tratando de mantener el equilibrio, el mío y el del cuello de la botella sobre la primera copa. Lo conseguí sin derramar una sola gota.
— ¿Qué sospechosos? ¿Los de la viuda Terroni?
Varona asintió y tomó su copa antes de que yo llenara la mía, le miré un instante para ver cómo bebía y derramé un par de gotas sobre el álbum.
— No pasa nada, dentro hay muchas más manchas.
Lo abrió, me senté a su lado y pasó la primera página. Un escudo enorme de la policía ocupaba el centro de la hoja. En la segunda ya aparecía el primer sospechoso, su apellido empezaba por A y me pareció que lo conocía. Me fijé un rato en sus ojos claros, en su nariz chata y en su pelo escaso. Después vi su nombre, la fecha de nacimiento y una serie de números sin sentido bajo su foto. Lo leí todo.
— Así no funciona esto señorita Lascano.
— ¿Y cómo funciona?
— Como los cromos de los niños ¿nunca coleccionó cromos?
— Me gustaban mucho los cromos.
— Pues es igual, se dice, sí, sí, sí, lo tengo, lo tengo... hasta que salta el que necesitamos y entonces decimos ¡para! ¡ese no lo tengo!, ¡lo quiero!
Nazaré Lascano
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