jueves

El adjetivo exquisito

En casa, cuando vivía con mis viejos, siempre había una jarra de cristal llena de agua con unos cubitos de hielo. Estaba en la cocina, en una esquina de la encimera cerca del fregadero. Nunca se vaciaba porque alguien, que no era yo ni era mi padre, se encargaba de que siempre tuviera agua y siempre tuviera hielos.

Estaba exquisita, si es que ese adjetivo puede usarse para el agua. 

En todas las casas donde he estado, incluso en las que no eran mi casa y estaba de forma eventual, compraba una jarra, la llenaba a diario y la mantenía fresca echándole cubitos. 

No hay nada que me gustara más de niña que el hielo flotando en el agua.

Hoy, en mi apartamento, tengo una jarra muy parecida, el agua no es la misma y soy yo la que la tiene que lavar, rellenar y sacar las piezas de hielo del congelador, pero cuando salgo de casa bebo un vaso de agua con la misma pasión y recogimiento con que un católico se santigua, aunque ya no puedo usar el adjetivo exquisito.

Nazaré Lascano

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