Claro que aquel marido fue Lucio, claro que por entonces me parecía agradable, excitante que mi boda fuera con el chico más grande de la calle.
Por entonces yo sólo sabía ver sus cosas buenas, las manos grandes, los ojos grandes, casi desbocados, la boca grande que llenaba con una sonrisa que nunca se me hubiera ocurrido pensar que era la de un simple, un bobo.
Después supe por qué me dejaron con él. A mí sólo me enorgullecía, aunque aún no conociera esa palabra, ser la esposa del chico más grande, pero a los demás sólo les provocaba risas a escondidas.
Cuando me di cuenta de quién era Lucio ya era tarde, no había posibilidad de cambio, ni de huida, él no me iba a olvidar.
Nazaré Lascano
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