Me gustaba cuando me decían que tenía pelos de loca, aún me gusta aunque casi nunca me lo dicen.
Estuve durante toda la infancia y parte de la adolescencia con una melenita lisa, recortadita y bien cuidada, que me impedía saltar, gritar y moverme como los demás niños. Sólo cuando, tras varios engaños, conseguí que mi madre se olvidara de mi melena pude empezar a moverme como si fuera otra.
Fue ella, mi vieja, la primera que me lo dijo al verme volver del instituto "Tienes pelos de loca, Naza". Y aquello fue como un triunfo, un subidón íntimo de niña buena, una oportunidad para que Caperucita se desviara por el bosque, se comiera el tarro de miel de la cesta y olvidara que la esperaba su abuelita.
Nazaré Lascano
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