Si no hubiera sido tan ingenua me habría dado cuenta de que Saúl me miraba a la vez que yo le miraba a él.
Los espacios que se abren entre dos miradas tienen sus leyes propias, las mismas que rigen los huecos en blanco entre verso y verso, el abismo que separa los alfeizares de las ventanas del vacío o los surcos mudos que hay en un disco entre canción y canción.
De esta manera, mientras yo acumulaba segundos de espera entre mirada y mirada, Saúl aprovechaba su turno y miraba en dirección contraria, en la mía, sin que yo me diese cuenta.
Nazaré Lascano
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