Le hubiera pagado a Darío Varona lo que me hubiera pedido por aquel álbum de fotos.
Hubiera pasado la noche y la vida con cada uno de aquellos tipos que me miraban desde las páginas de aquel catálogo. Sus vidas ya estaban asaltando mi cabeza, si me dejaba estudiarlos su historia sería la mía, su pasado, o lo que sea que tuvieran dentro, se desparramaría por mi cabeza como la lluvia.
Cada imagen, pero también cada letra del abecedario, cada fecha de nacimiento, cada medida y cada ciudad de origen eran un terremoto en mi imaginación.
Me acerqué a Darío Varona todo lo que el pudor me permitió, se lo pedí por favor, le ofrecí más vino, le hablé con mi voz más grave y me insinué como nunca lo había hecho.
Varona se sintió halagado, avergonzado e incómodo, se agarraba a su copa como a una figura de una virgencita negra salvadora. Yo sólo esperaba una oportunidad y, si sabes esperar y estás atenta, las oportunidades siempre llegan, aunque sean mínimas, estúpidas o fugaces.
Y llegó cuando Darío Varona fue al baño y me dejó sola.
Nazaré Lascano
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