Yo pensaba que a Snail Girl le gustaba pasear por la orilla del río, merendar sobre una manta de cuadros en el campo o pasar la noche en la playa mirando a las estrellas. Pero uno siempre proyecta en los demás sus propias tonterías y las hace pasar por algo sublime.
En uno de esos paseos literarios cargados de humedad que los dos hacíamos creyendo que pensábamos en el otro, se me ocurrió forzar el relato. Para ello aparté los juncos y las malezas en busca de una náyade del agua que apareciera con los cabellos mojados y la moral empapada y nos hiciera alguna pregunta trampa a cambio de un tesoro o de un deseo inmoral.
Snail Girl, alejada del agua y detenida unos pasos por detrás de mí, miraba como yo rebuscaba entre las plantas de la orilla usando una rama de un árbol. No sé cuánto tiempo estuve haciendo de aprendiz de explorador, sólo que, como si aquello fuera parte de un cuento popular, cuando miré hacia atrás ella ya no estaba.
Días después, seco y desesperado, supe que se le había aparecido a otro hombre que (aterrorizado) buscaba ninfas en el otro margen del río.
Terry Salgado
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