Simulaba que vivíamos juntos los tres.
Mientras fregaba los platos, o escribía, o escuchaba música, tenía presente que Jorge y Amparo estaban ahí y yo formaba parte de sus vidas.
Esto era fácil mientras estaban dormidos, o cuando los pensaba desde el excel de la oficina, pero se desvanecía en cuanto salían de la cama y oía sus pies descalzos en el suelo o sus arcadas frente a la taza del váter. Su llegada hasta mí era algo sórdido, dos figuras desmadejadas que preguntaban por la cafetera y me pedían que bajara a la farmacia a suplicar ibuprofeno.
Muchas veces pensé en marcharme de allí, pero es difícil sacudirse una historia, aunque sea falsa.
Nazaré Lascano
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