jueves

El ángel borracho

Lorenzo me regaló dos angelitos de escayola, me dijo que los pintara y que le devolviera el que menos me gustara. 

Lo hice, compré pinturas en una tienda de arte y me pasé la noche pintando las figuras. Cuando amaneció pensé que habían quedado perfectos, los dejé secando en la cocina y me acosté.

Por la mañana los angelitos no estaban en su sitio, los busqué alterada como una mona por todas partes y cuando iba a salir a la calle me crucé con mi madre que entraba.

—¿Y los ángeles?
—¿Qué?
—Los angelitos de escayola que dejé en la cocina.
—¿Eran tuyos?

¿Que si eran míos? ¿De quién iban a ser? ¿Qué le pasaba a esa mujer?

—Claro que eran míos, mamá, ¿Qué has hecho con ellos?
—No he hecho nada, pareces una loca, Naza.

Mamá me echó a un lado y caminó hasta la cocina, llevaba dos bolsa blancas.

—¿Están ahí?
—¿Qué?

Me irritó como hacía tiempo que nadie lo hacía.

—¿Qué? ¿Sólo sabes decir qué?

Me miró compasiva. No dijo nada, entró en la cocina y la oí desde el pasillo sacar cosas de las bolsas. Corrí, entré en la cocina y vi que sacaba botes de tomate frito, de espárragos y no se cuantas latas más, me quedé mirando, simulando tranquilidad hasta que sacó la última pieza, una botella no demasiado grande de coñac.

—¿Ahora compras coñac?

Mamá no me miró, comenzó a colocar las latas en el armario y yo no pude soportar el tiempo eterno que se abría por delante hasta que terminara con su trabajo.

—¿Los has visto?
—¿El qué?
—Los angelotes de escayola mamá, ¿los has cogido tú?
—¡Qué feos son, Naza! ¿Dónde los compraste?
—Me los regaló Lorenzo.
—¿Lorenzo?

Fue la primera vez que supo que Lorenzo me regalaba algo.

—Me pidió que los pintara.
—Ahora entiendo.

Me puse colorada. Pensé que había elaborado en su cabeza una teoría que me avergonzaría sobre los angelotes, la pintura, Lorenzo y yo.

—¿Qué entiendes?
—Entiendo que sean tan feos.

Aquel comentario estúpido me hizo sentir mal, pensé en dejar aquello, dejarla con sus botes de conserva y marcharme a la calle, cuando di la vuelta para salir me agarró del brazo.

—No les ha pasado nada. Están secándose en el balcón.

Mamá los había colgado de dos alcayatas que hacía años les esperaban en una de las paredes del balcón. Tenía razón, a la luz del día eran muy feos, en especial uno de ellos al que le había quedado una expresión de borracho. Durante mucho tiempo Lorenzo lo llamó así, el ángel borracho.

Nazaré Lascano

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