Mostrando entradas con la etiqueta Calafell. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Calafell. Mostrar todas las entradas
sábado
martes
Añicos
El mismo Calafell cambió el cristal de su despacho. El inspector era uno de esos hombres que se enorgullecen al hacer los trabajos manuales por sí mismos. Una pieza bien medida y mejor cortada, unos alicates, unas puntas minúsculas, un martillo pequeño y un poco de masilla eran suficientes para tener una ventana como nueva.
Con el trabajo acabado, Calafell sonrió como un niño mirando al exterior bajo el sol de las doce de la mañana iluminando la calle sin un sola sombra y, por un momento, tuvo la ilusión de que todo iba a salir bien.
A la mañana siguiente el cristal volvía a tener una pedrada, esta vez había quedado hecho añicos.
Nazaré Lascano
La trama
Alguien había tirado una piedra contra el cristal de la ventana del despacho de Calafell el domingo por la noche. No se había roto pero había formado una especie de tela de araña que se desplegaba a partir del lugar del impacto.
Calafell se encontró con el cristal roto cuando entró a su despacho la mañana del lunes, preguntó a los agentes y a los inspectores, pero nadie había visto ni oído nada. ¿Cómo era posible que en una comisaría de policía en el centro de Madrid y en medio de una guerra nadie hubiera visto quién apedreaba una ventana de un edificio protegido?
De pie, mirando a través de la estrella asimétrica formada por el impacto, Calafell veía a los peatones caminar con una falsa seguridad, como por las páginas de una novela con buena trama y un final mal escrito.
Nazaré Lascano
jueves
Esquivando la verdad
La mujer estaba en la cama, una vecina abrió la puerta a los dos guardias que esperaron en una galería acristalada por la que se colaba el sol.
— ¿Y el señor Joaquín Cortina?
— Salió, tenía que visitar a unos clientes.
Junto a la galería había colgadas tres jaulas con tres canarios, uno de los guardias, el mayor se acercó y les silbó.
— Me encantan los pajaritos, en el pueblo mi padre los criaba.
El otro guardia se acercó también y también les silbó, pero los animales empezaron a revolotear nerviosos.
— Les asustas. No sabes.
La puerta del pasillo se abrió y salió la vecina, con aspecto de asistenta.
— Mari Luz no puede salir, dice que se encuentra mal, que si pueden venir ustedes otro día.
Los dos guardias se miran un instante. Piensan en Calafell y en que no pueden irse de allí con las manos vacías.
— Necesitamos verla por el asunto del robo.
— Está muy asustada, compréndanlo.
Los policías no saben qué hacer.
— ¿Ha sufrido alguna agresión la señora?
— ¿Agresión?
— Sí, ¿está herida? ¿El ladrón o alguien le hizo daño?
— ¿Daño? ¿A ella?
— Sí, a ella ¿ha sufrido algún daño?
— No lo sé, sólo que está en la cama y se encuentra mal.
Los dos agentes vuelven a mirarse. Saben que aquella mujer está esquivando la verdad.
— Es necesario que la veamos un momento.
Nazaré Lascano
lunes
El ladrón
Las naranjas de la frutera llenan la oficina de un olor que aleja la pena y la incertidumbre de la guerra. También será el olor que un hombre grueso de cara picada por la viruela y ojos bovinos, al que han pillado robando esa misma mañana, asocie a partir de ese momento con la comisaría.
El gordo ha llegado escoltado por dos agentes de la Guardia de Asalto, lo han rescatado de las manos de un joyero que le había encontrado escondido en su taller a la hora de abrir el negocio.
Calafell se para a escuchar la declaración del detenido y de los dos agentes de calle.
— Si no aparecemos a tiempo el joyero le hubiera matado allí mismo.— ¿Tenía arma?— Tiene permiso, pero le estaba pegando con sus propias manos.
Calafell se fija en el gordo, en efecto tiene la cara con varias contusiones y uno de los ojos, el izquierdo, apenas puede abrirlo. El agente que le toma declaración se sonríe cuando lo ve delante de su mesa.
— ¿Qué ha pasado, amigo? ¿te pilló el joyero con las manos en la masa?— Yo no soy un ladrón.— ¿Ah no? — pregunta con sorna el agente— ¿Qué hacías entonces en casa del joyero? ¿Le estabas preparando el desayuno?— El desayuno ya me lo preparó su mujer.
En la comisaría se hizo el silencio por un instante.
— Tú eres un sinvergüenza, deja a la mujer y dinos qué hacías en la joyería.
Calafell pone la mano delante del agente e invita a hablar al detenido.
— Dinos qué quieres decir con eso.— Lo que oye señor guardia, esa noche la pasé con la señora porque el joyero se las pasa en una timba en la calle Barquillo.
El agente, delante de la máquina de escribir, ríe y manda callar al gordo.
— ¡Anda ya! No te lo crees ni tú, patán.— Déjele hablar ¡coño! — le corta Calafell— Continúe usted.— Sí señor. Verá, el joyero sale de casa todas las noches a las once y no vuelve hasta por la mañana.— Y tú haces compañía a su mujer.— Sí , señor, pero creo que eso no es delito.— ¿Hace cuánto que ocurre esto?— Desde febrero, señor.— Desde febrero son muchas noches ¿Qué pasó ésta?— Pasó que me quedé dormido y me pilló en su cama.
El grupo de agentes que se ha formado a su alrededor suelta una carcajada.
— ¿Y que hizo el marido cuando os encontró?— A su mujer le sacudió un tortazo que la sacó de la cama y a mí me arrastró hasta el taller donde tenía la pistola y me quería meter un tiro en la cabeza.— ¿Y cómo llamaste a la policía?— Llamó su mujer mientras yo trataba de evitar que me matara.— ¿Puedes demostrar todo lo que dices?— Ella no dirá nada, pero pueden ver la hostia que le ha dado en la cara y que le hizo saltar dos dientes.
Nazaré Lascano
sábado
Sentido de la responsabilidad
Calafell tiene la mesa de su despacho llena de papeles. En realidad no es un despacho sino un rincón, un buen rincón junto a una ventana orientación sur en la comisaría del Cuerpo de Investigación y Vigilancia.
Desde hace unos días, desde que todos son conscientes de que lo que están viviendo es una guerra, hay una luz distinta sobre Madrid, un sol como de agua, como de principios de primavera a pesar de que el verano está llegando a su fin.
Debajo de su ventana pasa todas las mañanas una mujer con una caja de naranjas en la cadera, canturrea una canción que Calafell desconoce, pero con un tono fácil y pegadizo. Casi todos sus compañeros se asoman cuando la oyen pasar, es joven, lleva un vestido claro, de manga corta, y la llaman la frutera.
Algunos días, los viernes sobre todo, la frutera se para junto a las ventanas de la comisaría y les lanza naranjas a los policías. Calafell lo observa desde su mesa, ve a sus compañeros, algunos muy jóvenes, dar gritos, y a la frutera reír a carcajadas.
— ¿No te asomas Manuel?
Calafell no se asoma por timidez y por una especie de sentido de la responsabilidad. Para evadirse hunde su mirada en los informes, en los nombres sin cara de una víctima y dos testigos, de una calle, un día y una hora. Después oye como una naranja rompe un cristal y vuelve al mundo.
Nazaré Lascano
viernes
La foto de Calafell
Ojalá tener una foto de Calafell, para poder ver sus ojos, por lo menos, antes de escribir sobre él.
Tomás piensa que es mejor así, sin imágenes, el pobre se piensa a sí mismo como escritor y aún conserva la idea básica de la literatura decimonónica en la que cada uno debemos tener un Calafell en la cabeza y ese es el mejor Calafell, el único posible entre los infinitos rostros de un personaje.
Pero la historia de ese hombre, un inspector de homicidios durante una guerra, está ahí fuera, flotando en el tiempo, con su propia cara, y en ese tiempo (¿en círculo, en espiral, en eterno retorno?) él tiene un rostro, no el que tú, lector, estás imaginando.
No debe ser demasiado complicado ir a un archivo histórico y tratar de encontrar una ficha con su nombre y su cara. Es algo que antes o después ocurrirá y eso hará que todo lo que escribamos (Tomás o yo misma) o no valga para nada, o tome su propio camino.
Nazaré Lacano
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






