Aunque esté mal visto por los puristas, Snail Girl disfrutaba de la arquitectura barroca.
Le encantaban, por ejemplo, las columnas salomónicas, las pilastras tronco-piramidales invertidas o las bóvedas que trascienden el espacio que ocupan.
Yo, que siempre he tendido a la introversión del románico, no entendía de qué me hablaba cuando, emocionada, me explicaba de la trascendencia del claroscuro o de la ruptura de las normas espaciales.
Hasta que una tarde de verano, a la hora de la siesta, con la luz del sol colándose por las rendijas de las persianas, comenzó a dibujarme cada rayo de luz solar sobre mi cuerpo y a experimentar sobre él (sobre mí) la ruptura de las leyes geométricas.
Terry Salgado
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