Me llenaba los bolsillos de migas de pan.
A mediodía, al terminar de comer, recogía las migas del mantel y las guardaba en unas bolsas de papel del tamaño de un libro de bolsillo.
— ¡Ya recojo yo la mesa!— decía en voz alta, y mi vieja tan contenta, aunque no entendía nada.
Las guardaba en uno de los cajones de mi armario y de allí iba cogiendo un puñado o dos cada vez que salía a la calle.
Las repartía por cualquier lugar que me pareciera bueno. Por la biblioteca, sobre todo entre las biografías, en la sección de ficción desperdigadas por las estanterías de la eme a la cu, y los lunes y los viernes en la hemeroteca, sobre las mesas de lectura.
También en los bancos corridos de las iglesias, si era posible cerca de alguna figura de un santo o una santa, perfilando las ranuras de los cepillos y al lado de todo el que estuviera rezando (como si hubiera dejado allí un deseo o un pecado). En las tiendas de moda del centro, en los bolsillos de los abrigos, en el mostrador de la camisería y de forma abundante en los probadores y en la sección de ropa interior.
En las mesas de las oficinas de seguros, desperdigadas por entre los papeles, en los mostradores de mármol veteado de las ventanillas de correos y en el suelo pulido de los bancos.
Nazaré Lascano
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