Varona no valoraba los libros con los registros de los delincuentes fichados, entendía que había que tenerlos ordenados y archivados igual que se guardan las palabras en una enciclopedia, pero no le encontraba utilidad real más allá de la estadística, la curiosidad y el tener entretenidas a las víctimas.
Darío estaba convencido de que ninguno de esos rostros fotografiados de frente y de perfil eran reconocibles para una víctima. La razón es que se han formado una imagen propia del delincuente en su cabeza y el que está en la foto siempre es otra persona.
Lo pensaba firmemente, pero nunca pudo decirlo y en muchas ocasiones se le podía ver con el librote lleno de fotografías encima de su mesa, viendo como los testigos o las víctimas pasaban las hojas con ansiedad y decían que los habían visto, que los conocían o que no, mientras él pensaba en otra cosa.
Nazaré Lascano
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