lunes

Hábitat culpable

Otras veces, por las tardes, al volver de trabajar encontraba la casa vacía y la cama fría, con la ropa revuelta en montañas de sábanas arrebujadas y valles profundos donde estaban marcadas las huellas de Amparo y de Jorge. 

Antes de comer me quitaba mi ropa de oficinista, me desnudaba y me acostaba sobre aquel paisaje, me envolvía entre aquellas formas que mantenían el recuerdo de sus cuerpos, como figuras estáticas a las que yo, a través de mi piel, recuperaba el sentido. 

Y permanecía allí, moviéndome con lentitud, arrastrándome como un reptil seseante que va dándole calor a su hábitat. Hasta que calmaba mi excitación, o me dormía, o me sobresaltaba como una adolescente culpable, al oír cómo Jorge metía la llave en la cerradura de casa.

Nazaré Lascano

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