Me he cruzado en el Metro con una ciega.
Era hermosa, como el recuerdo de Amparo, tenía los labios gruesos y la frente despejada, se movía con un ritmo propio, como se mueven los ciegos, pero con cierta seguridad y mucha elegancia.
Aproveché que era ciega para mirarla sin disimulo, a mi alrededor un hombre joven, con ojos oscuros y barba mal afeitada también la miraba.
La ciega escuchaba algo a través de un auricular y estaba atenta al mundo con el otro oído, a veces bajaba la mirada como hay que hacer cuando se viaja sentada en Metro, para no molestar a los demás o para que nadie fantasee contigo.
No llevaba gafas de ciega, pero sus ojos, de una azul casi transparente ocultaban lo que sentía y lo que pensaba de que alguien como yo, menos hermosa, menos hábil, menos interesante, la mirara sin vergüenza.
Nazaré Lascano
No hay comentarios:
Publicar un comentario