Las naranjas de la frutera llenan la oficina de un olor que aleja la pena y la incertidumbre de la guerra. También será el olor que un hombre grueso de cara picada por la viruela y ojos bovinos, al que han pillado robando esa misma mañana, asocie a partir de ese momento con la comisaría.
El gordo ha llegado escoltado por dos agentes de la Guardia de Asalto, lo han rescatado de las manos de un joyero que le había encontrado escondido en su taller a la hora de abrir el negocio.
Calafell se para a escuchar la declaración del detenido y de los dos agentes de calle.
— Si no aparecemos a tiempo el joyero le hubiera matado allí mismo.
— ¿Tenía arma?
— Tiene permiso, pero le estaba pegando con sus propias manos.
Calafell se fija en el gordo, en efecto tiene la cara con varias contusiones y uno de los ojos, el izquierdo, apenas puede abrirlo. El agente que le toma declaración se sonríe cuando lo ve delante de su mesa.
— ¿Qué ha pasado, amigo? ¿te pilló el joyero con las manos en la masa?
— Yo no soy un ladrón.
— ¿Ah no? — pregunta con sorna el agente— ¿Qué hacías entonces en casa del joyero? ¿Le estabas preparando el desayuno?
— El desayuno ya me lo preparó su mujer.
En la comisaría se hizo el silencio por un instante.
— Tú eres un sinvergüenza, deja a la mujer y dinos qué hacías en la joyería.
Calafell pone la mano delante del agente e invita a hablar al detenido.
— Dinos qué quieres decir con eso.
— Lo que oye señor guardia, esa noche la pasé con la señora porque el joyero se las pasa en una timba en la calle Barquillo.
El agente, delante de la máquina de escribir, ríe y manda callar al gordo.
— ¡Anda ya! No te lo crees ni tú, patán.
— Déjele hablar ¡coño! — le corta Calafell— Continúe usted.
— Sí señor. Verá, el joyero sale de casa todas las noches a las once y no vuelve hasta por la mañana.
— Y tú haces compañía a su mujer.
— Sí , señor, pero creo que eso no es delito.
— ¿Hace cuánto que ocurre esto?
— Desde febrero, señor.
— Desde febrero son muchas noches ¿Qué pasó ésta?
— Pasó que me quedé dormido y me pilló en su cama.
El grupo de agentes que se ha formado a su alrededor suelta una carcajada.
— ¿Y que hizo el marido cuando os encontró?
— A su mujer le sacudió un tortazo que la sacó de la cama y a mí me arrastró hasta el taller donde tenía la pistola y me quería meter un tiro en la cabeza.
— ¿Y cómo llamaste a la policía?
— Llamó su mujer mientras yo trataba de evitar que me matara.
— ¿Puedes demostrar todo lo que dices?
— Ella no dirá nada, pero pueden ver la hostia que le ha dado en la cara y que le hizo saltar dos dientes.
Nazaré Lascano
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