domingo

Un gramo de culpa

Entonces Jorge, o lo que quedaba de él disuelto entre el olor a tabaco y el sabor a alcohol, iba recorriendo la casa con movimientos de patoso, encendiendo y apagando luces a pesar de que la luz del día ya se colaba por las ventanas, dejando por tanto ese ambiente amarillo, forzado e irreal de la iluminación eléctrica innecesaria.

Por fin aparecía en el dormitorio y se acostaba a mi lado, a veces vestido o a medio desvestir, y acercaba su mano para tocar el bulto de sábanas bajo el que  yo había tratado de recuperar los desperdicios que él y la ciega habían dejado hacía ya tanto tiempo que parecía otro día, otra ciega, otro mundo. 

Y si no estaba demasiado borracho, o demasiado cansado, buscaba con sus manos mi cuerpo que lo sentía como un desconocido, manos de un borracho cualquiera, de cualquier marido volviendo de madrugada encorchado por el alcohol y sin un gramo de culpa en la yema de los dedos.

Nazaré Lascano

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