Amparo se quejaba cuando yo llevaba champán a casa, ya que, según sus teorías, una ciega sólo debería beber coñac, pero a mí me gustaba verla frotándose la nariz cada vez que se aproximaba la copa a la boca y las burbujas le hacían cosquillas.
También porque movía más las manos como si fuera una actriz de cine mudo, sus movimientos se hacían más torpes, sonreía sin apuntar a nadie y hablaba mezclando los tiempos y los géneros, como un escritor posmoderna.
Solíamos beber tres o cuatro botellas, siempre empezábamos por el brut más caro y acabábamos con el más dulce, imitando el postre. Las conversaciones también empezaban secas con reproches y recuerdos vergonzantes y terminaban cariñosas, incluso con Jorge quien a partir de la segunda botella o la tercera copa trataba de ser el macho dominante y acababa suplicando atención.
Nazaré Lascano
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