Me obsesioné con la idea de que aquellos policías pudieran entrar en mi apartamento y, aunque no tengo nada de valor, me resultaba inquietante imaginármelos revolviendo mis cosas, leyendo mis papeles u observándome mientras dormía.
Leí que poner harina en el suelo servía para saber si alguien había entrado en casa, pero como no tenía esparcí azúcar blanco delante de la puerta de la calle.
Cuando acabé fui a dormir.
A las dos horas oí como alguien estaba entrando en casa por la puerta, primero lo dejé pasar porque aquella escena se mezcló con la escena que estaba soñando. Después oí crujir los granos de azúcar bajo el zapato del intruso.
Nazaré Lascano
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