Me gustaba comer con Lucía y su vieja porque siempre ponían una cubertería espléndida con cubiertos brillantes y diferentes para cada plato.
Me encantaba el contraste entre las caras de tristeza eterna de las Monsalvo y la mesa preparada con tanto primor; entre la semioscuridad amarilla del comedor y los cuchillos refulgentes que te guiñaban a cada plato.
Yo me fijaba con disimulo en las dos mujeres para ver cómo había que coger las cucharas evitando que la parte cóncava distorsionara tu rostro, cómo usar los cuchillos para cortar la carne sin parecer una salvaje, y cómo pelar la fruta con elegancia, con delicadeza y con eficacia.
Y desde entonces. vaya a la mesa que vaya, repito todo lo que aprendí con aquellas locas.
Nazaré Lascano
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