Un verano aparecieron tres ingleses por el barrio, ni siquiera estoy segura de si eran realmente ingleses o si sólo eran tres extranjeros de cabello rubio y piel blanca con acento extranjero.
A veces los ingleses se paraban junto a nosotros, solía ser por la noche, cuando regresaban de algún lugar donde daban clases de español. Se pasaban un rato hablando en castellano y riéndose cada vez que pronunciaban mal una palabra y nosotros les corregíamos.
Uno de ellos, el más joven, llevaba siempre unas botas de montaña que ninguno de nosotros habíamos visto nunca, también recuerdo que tenía una sonrisa de esas que nunca se borran de la cara, y que una tarde, antes de marcharse se descalzó y me puso las dos botas encima del regazo.
— Para ti — dijo— hace mucho calor para llevar botas y cuando vuelva a casa allá será verano.
No entendí muy bien lo del verano, hasta un tiempo después no supe que cuando en el hemisferio norte hace frío en el sur hace calor, y viceversa, pero con aquel regalo sobre mí, sentada en uno de los peldaños de la escalera del portal, supuse que aquellas botas eran capaces de hacer que quien las llevara pudiera cambiar el clima y quizás el tiempo.
Le di las gracias y me puse muy colorada, mis amigos se rieron y yo, aturdida, se las regalé a uno de los chicos sin ni siquiera probármelas, alegando que eran demasiado grandes para una chica. A pesar de mi actitud el inglés no dejó de sonreír y ayudó a mi amigo a calzarse las botas, después, cuando se marchó con sus compañeros, descalzo, volvió a sonreírme.
Siempre he pensado qué hubiera sido de mi vida con las botas del inglés.
Nazaré Lascano
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