En la adolescencia fui consciente de muchas cosas que antes no sabía y después he olvidado, entre esos descubrimientos destacaba el misterio de la oscuridad densa de los dormitorios, de las alcobas donde duerme alguien.
Muchas noches esperaba a que mis viejos se quedaran dormidos. Después de acostarnos, esperaba, me levantaba sin hacer un solo ruido y me colocaba junto a la puerta de su cuarto, escuchando su respiración. Cuando los ronquidos del viejo y la respiración acompasada de mamá me indicaban que estaban dormidos me introducía como un animal nocturno en la habitación, sin hacer un solo ruido me quedaba en medio y trataba de ver, en la penumbra, cada mueble, cada objeto, sus cuerpos tendidos como dos muertos, el crucifijo vertical sobre la cama, el despertador con sus números (3, 6, 9 y 12) y sus rayitas estúpidas, verdes-fluorescentes.
El tiempo no pasaba en la alcoba, mis piernas desnudas, como dos columnas, se quedaban clavadas al suelo sobre mis pies descalzos, helados pero firmes. Sin ningún canasancio o desaliento.
Cuando mis pupilas, abiertas como dos ojos de gata, se acostumbraban a la oscuridad y era capaz de ver cada forma, cada contorno y cada figura, todo perdía interés y me volvía a la cama.
A veces mamá me insinuaba algo sobre mis vistas nocturnas, pero no insistía porque no estaba segura y le daba vergüenza hablar sobre rarezas.
Nazaré Lascano
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